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He caído en la trampa

Siempre he procurado que el 22 de diciembre no me pille hablando del sorteo de la lotería de Navidad, porque ya es una obviedad ese sonsonete mañanero que siempre deja los millones en otro lugar (ojalá este año los deje aquí), y los telediarios abriendo con un grupo de personas enardecidas delante de una administración de loterías y brindando con cava, champán, sidra y lo que se tercie, mientras agentes bancarios tratan de que depositen los décimos a su caja fuerte.
a1806-944-540[1].JPGPero este año he caído, porque es un gran montaje en el que todos participamos. Cada año nos decimos que el siguiente vamos a jugar un solo número, porque el gordo siempre es uno, y si la suerte está a favor con uno basta. Pero luego vienen los intercambios, el número del trabajo, el de la parroquia, el sindicato y el amigo que vive en Cartagena, que te manda un décimo y tienes que corresponder. Al final, si empatas ya es un triunfo. Y a veces me da pena al ver la decepción de la mayoría, porque por cada premiado hay miles sin premio, a quienes el sorteo no les ha dado ni el reintegro. Y es que el Estado recauda mucho dinero cada día con todo tipo de sorteos, que finalmente son una leve esperanza de cambio que suele devanecerse cuando empiezan a caer la bolitas. Pero también es cierto que alguna vez la suerte puede mirarnos a los ojos; el azar no es científico pero tiene su ecuación matemática, con lo cual, por cálculo de probabilidades, pudiera ser que una vez en la vida sonara la flauta. Y, como dice Serrat, «uno de mi calle tiene un amigo que dice conocer a un tipo que un día fue feliz». Le habría tocado la lotería. No perdamos la esperanza,

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Premio, medallas, diplomas

A unos les dan la flor de no sé qué; a otros la medalla de nosecuántos, el premio de tal o cual, el Oscar, el Globo, el Oso o la Espiga, la orden de la cacharrería o el guante, la bota o el balón de oro. Todos son personajes famosos en lo suyo y más allá, generalmente bien cubiertos y sin necesidad de más trastos que no saben dónde guardar. essspum.JPGHace unos días le robaron al tenista retirado Peter Sampras un montón de copas y medallas, que tenía guadadas en un almacén de Los Angeles porque en su casa no le cabían, o le molestaban. Por lo visto, obtener uno de esos trofeos o reconocimientos no vale tanto en sí mismo como que te lo den a ti y no a otro. Y luego viene la consiguiente pregunta: ¿Es que ya no se hacen las cosas por el mero placer de hacerlas? Todo tiene que venir corroborado con un premio, una medalla o un galardón que nada añade a lo que se ha hecho, pero, claro, no se trata de tenerlo, sino de que no lo tenga el otro. Luego los guardan en el trastero o un almacén, porque ya son chatarra. ¿Que habrá hecho Jack Nicholson con sus estatuillas de los Oscars, Federer con sus copas o Vargas Llosa con las medallas y los pergaminos que lo acreditan como ganador de incontables premios? Alguien me decía que a los ganadores de Roland Garrós y Wimbledon les dan una copa muy celebrada y a los finalistas una bandeja, que recogen a regañadientes y por lo visto pocos guardan porque esa bandeja es la constancia material de que perdieron la final. Vanidad, espuma, burbujas y no otra cosa. Hacer bien algo ya debería ser suficiente satisfacción.

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Discapacidades

Como hoy los ciegos celebran su fiesta, es un día perfecto para acordarse de quienes sufren alguna discapacidad, porque esta sociedad se parece cada día más a la Esparta clásica, donde arrojaban a los inválidos por un despeñadero porque decían que eran una carga para una sociedad hecha para la guerra. Algo así, aunque de manera más sofisticada, hacían los nazis, y estas prácticas nacen de la estupidez humana, porque nadie está a salvo de que mañana pueda ser un discapacitado. Hace unos años tuve que llevar durante un mes un pie escayolado, y me di cuenta de las dificultades que tienen nuestras ciudades para que los discapacitados se muevan en ellas. Dije entonces -y digo ahora- que debería ser obligatorio que cada cierto tiempo a las personas sin problemas físicos les escayolasen una pierna durante una semana (no hace falta rompérsela). Así tomarían conciencia de lo que otros padecen habitualmente.
ajjjo.JPGEn cuanto a las discapacidades psíquicas o mentales, desde la literatura picaresca han sido objeto de chanza, porque la sociedad colectivamente es cruel y burletera. Cualquier definición acaba convirtiéndose en un insulto. Cuando yo era niño, a este tipo de persona se le llamaba el tonto del pueblo. Como tonto se volvió insulto, empezaron a usar la palabra subnormal. También se transformó en ofensiva, y entonces se empezaron a usar otros eufemismos consecutivos, que poco a poco devienen en dardo injurioso: disminuido, discapacitado, o cualquiera de las siglas que definen técnicamente una situación. No debemos olvidar insultos como bobo, tonto o imbécil, fueron en su día palabras técnicas para definir una discapacidad. Por eso da igual que a los ciegos los llamen invidentes y a los parapléjicos discapacitados. Y si no fíjense en las risas que levantan los chistes de tartamudos y el cachondeo cotidiano cuando se sabe que alguien padece sordera.