No juzguez y…
Hay una gran propensión a juzgar a los demás sin mayores argumentos, o con los mínimos, que a menudo son parciales y fruto de la propia manera de ver la vida. Es decir, se mide a los demás por criterios propios, lo cual no es bueno pero que no sería tan grave si se entrase en profundidad, pero es que la sentencia proviene después de valorar cosas tan leves como una forma de vestir o una opinión concreta, que puede afectar a una parte y no al todo. Por ejemplo, si vas en vaqueros y no usas corbata ni en los actos solemnes, eres un rojo; si das una opinión negativa sobre la jerarquía católica o sobre un hecho determinado relativo al cristianismo, eres ateo. Y se quedan tan anchos, no van más allá. Presuponen muchas cosas que la mayoría de las veces distan mucho de ser ciertas. Y eso me molesta enormemente, porque hay quien se cree poseedor de verdades absolutas en cualquier asunto, y como discrepes lo más mínimo es como una gran ofensa, y de paso te cuelgan una etiqueta temeraria, la que sea. No se puede clasificar a la gente por una opinión, por llevarnos la contraria o por su forma de vestir. Pero eso pasa continuamente. Antes de juzgar a los demás debiéramos mirarnos en el espejo. Pero eso ya está escrito en textos muy antiguos.
Hace unos días estuve en Valsequillo para dialogar con el alumnado del instituto sobre mi novela La mitad de un Credo, que tiene como protagonista a un personaje trasunto de Juan García el Corredera, que caminó por aquellas tierras, desde el Valle de los Nueve a los Picachos de Tenteniguada. Fue un día de reencuentros. Por un lado el de la mítica figura del personaje con los lugares reales por donde recibió la solidaridad del pueblo llano, y también la mía con una época en la que fui profesor en ese precioso lugar. Ha pasado el tiempo, el aspecto físico del centro urbano del municipio ha cambiado, pero sigue siendo igual la sencillez y la nobleza de unas gentes que son los que realmente dan personalidad a un enclave que todos admiramos por la belleza de su paisaje. Valsequillo es un pueblo de memoria y de futuro, y siempre es muy grato volver, sobre todo cuando en el fondo nunca nos hemos ido.