El valor supremo del dinero
Anoche lo dejaba bien claro José Luis Sampedro en una entrevista televisada: Occidente está en decadencia porque ha antepuesto el beneficio económico de unos pocos a los valores fundamentales que hicieron grande nuestra civilización. Los gobiernos se han convertido en títeres de los poderes finacieros, y aunque en teoría pueden meter mano y racionalizar el sistema, tienen las manos atadas porque en la trastienda son los grandes poderes financieros los que mandan. Para que eso sea posible ha tendido que pasar algo terrible: que Europa abdique de los valores que siempre defendió y permita situaciones como las de Palestina o El Sahara, y que en Estados Unidos el capitalismo, en manos de los halcones, haga de la guerra un negocio. Lo que nos vendieron como globalización ha sido la puntilla, y los avances tecnológicos sólo están sirviendo para idiotizar a la gente. La crisis ha sido provocada por la voracidad de una cúpula que está pasando por encima de la democracia, y la prueba es que ni el mismísimo Obama ha podido resolver un asunto que teóricamente podría atajar de un plumazo; me refiero a Guantánamo, y ahora nos venden como gran logro democrático la ejecución extrajudicial de Bin Laden. Ya ni siquiera guardan las formas, como hacían hace cincuenta años, cuando de forma parecida mataron a Patricio Lumumba. Occidente se desmorona, y a quienes como Sampedro hablan claro los medios afines a los poderes fácticos los llaman hippies visionarios. El ultracapitalismo está acabando con una forma de vida que ha costado siglos conseguir.
Hace unos días estuve en Valsequillo para dialogar con el alumnado del instituto sobre mi novela La mitad de un Credo, que tiene como protagonista a un personaje trasunto de Juan García el Corredera, que caminó por aquellas tierras, desde el Valle de los Nueve a los Picachos de Tenteniguada. Fue un día de reencuentros. Por un lado el de la mítica figura del personaje con los lugares reales por donde recibió la solidaridad del pueblo llano, y también la mía con una época en la que fui profesor en ese precioso lugar. Ha pasado el tiempo, el aspecto físico del centro urbano del municipio ha cambiado, pero sigue siendo igual la sencillez y la nobleza de unas gentes que son los que realmente dan personalidad a un enclave que todos admiramos por la belleza de su paisaje. Valsequillo es un pueblo de memoria y de futuro, y siempre es muy grato volver, sobre todo cuando en el fondo nunca nos hemos ido.