La maldad y la inteligencia
Se ha dicho que la maldad es una manifestación de la inteligencia, y el pueblo parece corroborarlo cuando dice de alguien con pocas luces que «es un alma de Dios». Sobre esto, doctores tiene la Iglesia, supongo que algo tendrán que decir los especialistas, aunque me niego a creer que sea así porque sería tanto como afirmar que las grandes mentes son una fuente de maldad, y sabemos de personas inteligentes que objetivamente son buenas personas. Esa teoría de relacionar la maldad con la inteligencia se ha ido aposentando en la sociedad sobre todo después de que se hayan popularizado esos asesinos en serie que aparecen en libros y películas. Son ficción, y su inteligencia que funciona como un reloj suizo viene a ser fruto de la maestría narrativa de quien escribe el libro o el guión de la película. Ahora se aplica lo mismo a la colectividad, y he escuchado en una radio que en estas sociedades avanzadas es donde se dan los crímenes más horrendos. Es cierto que hemos vistos cosas terribles sucedidas en Estados Unidos, Finlandia y la racionalísima Viena, abusos espeluznantes y masacres disparatadas. Pero ¿qué me dicen de las matanzas en Africa o Pakistán? Lo cierto es que la maldad existe, todos la hemos visto, pero quiero creer que no está relacionada con la inteligencia, porque también he visto malos muy tontos.
La catástrofe de Lorca ha sucedido cuando ningún adivino la había anunciado, mientras se entretenían en vociferar sobre otras ciudades, que siempre tienen cancha porque están en el ADN de nuestra civilización. Roma no es una ciudad más, es «la ciudad» sobre la que se profetiza porque es el centro de una religión multitudinaria. Lorca, sin embargo es un punto en el mapa, como tantas ciudades que suelen ser nombradas solo los domingos y en Carrusel Deportivo porque tienen un equipo de fútbol aunque sea en Segunda B. España es solar de poblaciones muy importantes, que quedaron relegadas casi al olvido cuando a mitad de siglo XIX el país fue dividido en provincias y se dio protagonismo a las capitales. De esta quema de memoria apenas se han salvado Vigo, Santiago, Gijón, La laguna y poco más, y se ha recuperado recientemente Mérida, pero en la Historia grande de España hay docenas de ciudades que fueron las que crearon la columna vertebral de un Estado y que hoy apenas si son conocidas: Astorga, Calatayud, Úbeda, Ciudad Rodrígo, Burgo de Osma, Plasencia, Tudela, Zafra, Cartagena, Antequera, Betancuria, Seu de Urgel, Medinaceli, Toro, Baeza… Lorca es una de esas ciudades que han construido nuestra historia. Dicen los responsables culturales que buena parte del patrimonio destruido por el terremoto es irrecuperable. Una lástima, pero ninguna tan grande como la vida de las personas que se ha llevado la fuerza desatada de la naturaleza. También es una lástima que Lorca entre en el mapa por una desgracia.