75 años después, ya es hora
Hoy hace 75 años de aquel maldito 18 de julio de 1936, que se alargó en ríos de sangre durante tres años, en nieblas de intolerancia durante 39 y que parece que nunca va a dejar que el aire limpio de la convivencia circule por esta España nuestra que cantaran Machado, Blas de Otero, Rafael Alberti o la cantautora Cecilia.
A nuestra ciudad de Las Palmas de Gran Canaria le cabe el triste privilegio de haber sido el trampolín desde el que el odio fue lanzado hacia un futuro demasiado largo. Pérez Minik decía que había dos cosas que no perdonaba a los canarios, haber dejado salir a Franco y no haber dejado entrar a Nelson. Un error por capital, para estar parejos, aunque no estoy seguro de qué habría pasado si hoy fuésemos ingleses a medias como Gibraltar. Ya es hora de enterrar a los muertos, de mirar hacia adelante, de que nuestro hijos vivan como una página del pasado las dos Españas de Machado. Ya es hora, y lo digo a quienes siguen hurgando en las heridas que creíamos cicatrizadas. Estamos en el siglo XXI, dejen de cultivar el odio y hagan que las nuevas generaciones vivan en paz. Queremos todos vivir en paz. La memoria es importante para no repetir los errores, no sirve para echar a la cara la sangre del pasado. Para eso sí vale la memoria. Han pasado tres cuartos de siglo, y ya es hora de que termine la guerra en todos los frentes.
Pero ellos siguen empeñados en que la homosexualidad se puede curar. Para empezar, sólo son suceptibles de curación las enfermedades, y por lo visto no se han enterado de que hasta un organismo tan lento como la OMS hace años que estableció que ser gay no es una enfermedad. Es una opción sexual, cultural si se quiere, o biológica, qué más da, pues es el individuo quien libremente decide cómo y con quién realiza sus relaciones sexuales, y por supuesto también es muy dueño de ser célibe porque es libre. Tratar de curar la homosexualidad es como hacer terapias para que deje de gustarte la música de Mozart, que en vez de las morenas te gusten las pelirrojas o que te conviertas en un opositor militante de los macarrones con tomate. Creo que hay cosas que sí se pueden curar, como la avaricia, el abuso de poder o la hipocresía, pero nunca he visto que La Iglesia haya organizado cursillos para ello. Normalmente suele ocurrir lo contrario, pues la jerarquía, rodeada de un boato espectacular y carísimo, suele estar cerca del poder absoluto y abusivo y proclama hipócritamente lo contrario de lo que dice.Y fíjense que digo la jerarquía, porque los católicos y buena parte de los sacerdotes están muy lejos de eso, y desde luego merecen todo el respeto. Ellos sí.