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El síndrome de Estocolmo

zhkDSCN4139.JPGA estas alturas de la película, no estoy seguro de casi nada, y con los datos que tengo, que son los que salen en lo medios, no puedo saber si esta crisis fue desencadenada a propósito para tirar de las bridas, o si se produjo por acumulación de errores no deseados, o se veía venir la curva y nadie apretó el freno. Yo creo que es un poco de todo, pero lo más grave es que, sin querer o queriéndolo, el sistema ha conseguido a través del miedo que la gente se paralice. Y cuando una sociedad se detiene empiezan a derrumbarse los principios por lo que se rige. Ahora mismo, quien tenga trabajo con contrato fijo procura no decirlo en público, porque se ha conseguido crear una especie de complejo de culpabilidad frente a los desempleados. Y no digamos si el trabajador en cuestión cobra un salario no ya alto, sino simplemente decoroso, que lo acompleja frente a los salarios bajísimos que abundan en quienes tienen trabajo aunque sea eventual. Lo siguiente será que los pensionistas encuentren lógico que no se les atienda debidamente, que aplaudamos el copago en Sanidad y que entendamos que solo accedan a carreras universitarias con beca los pobres cuyas capacidades sean estratosféricas. Los demás serán mulas de carga, y ya empiezan a escucharse comentarios como «en mi época sólo estudiaban unos pocos». Es decir, lo malo no es que quieran quitarnos nuestros derechos, eso es lo normal, quien tiene la sartén por el mango siempre trata de imponerse, lo verdaderamente grave es que a muchísima gente empieza a darle igual o incluso se vuelven conversos de un liberalcapitalismo que los ha puesto a los pies de los caballos. Ese es el mayor peligro, una especie de síndrome de Estocolmo.

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¿Qué vida queremos vivir?

Dice el aforismo popular que hay que tener cuidado con lo que se desea porque a veces ese deseo se cumple. Más de una vez hemos escuchado de otros o de nosotros mismos la expresión admirada de la vida supuestamente fascinante que tiene una persona que conocemos o de un gran personaje, cabeza de serie en lo suyo. No nos paramos a pensar que para vivir la vida de otro tendríamos que tener sus mismos gustos, amar a las misma personas que él ama y, en definitiva, calzarnos sus zapatos. zzapatitoscristal.JPGPuede que entonces no nos gustara tanto, y si nos clonamos a ese personaje seríamos él, como lo cual estaríamos como antes. Vaya como ilustración esta fábula:
En el extremo oriental de Europa había tres hermanas. La mayor deseaba levantar un gran casa que fuese admirada por quienes la contemplaran, y se puso a ello, día tras día, semana tras semana, y así durante años. A la segunda no le movía ningún gran proyecto, quería pasar desapercibida en el anonimato y a eso dedicó sus días, sin complicaciones ni angustias. La menor de las hermanas quería hacer el Camino de Santiago, echó a andar, vivió mil peripecias, pasó frío, calor, alegría, cansancio y llegó por fin a Compostela. Henchida de gozo, realizó el camino de regreso, y cuando volvió a su país, encontró a sus dos hermanas tan plenas como ella. Las tres desearon en algún momento vivir la aventura, la constancia o el remanso de otra de sus hermanas, pero siguió cada una su camino. Si hubieran intercambiado los papeles, alguna de las tres -o todas-, probablemente se habrían sentido frustradas, porque al final lo más decepcionante es no vivir la propia vida. Por eso desear la vida de otra persona puede no ser una buena idea.