¿Qué vida queremos vivir?
Dice el aforismo popular que hay que tener cuidado con lo que se desea porque a veces ese deseo se cumple. Más de una vez hemos escuchado de otros o de nosotros mismos la expresión admirada de la vida supuestamente fascinante que tiene una persona que conocemos o de un gran personaje, cabeza de serie en lo suyo. No nos paramos a pensar que para vivir la vida de otro tendríamos que tener sus mismos gustos, amar a las misma personas que él ama y, en definitiva, calzarnos sus zapatos. Puede que entonces no nos gustara tanto, y si nos clonamos a ese personaje seríamos él, como lo cual estaríamos como antes. Vaya como ilustración esta fábula:
En el extremo oriental de Europa había tres hermanas. La mayor deseaba levantar un gran casa que fuese admirada por quienes la contemplaran, y se puso a ello, día tras día, semana tras semana, y así durante años. A la segunda no le movía ningún gran proyecto, quería pasar desapercibida en el anonimato y a eso dedicó sus días, sin complicaciones ni angustias. La menor de las hermanas quería hacer el Camino de Santiago, echó a andar, vivió mil peripecias, pasó frío, calor, alegría, cansancio y llegó por fin a Compostela. Henchida de gozo, realizó el camino de regreso, y cuando volvió a su país, encontró a sus dos hermanas tan plenas como ella. Las tres desearon en algún momento vivir la aventura, la constancia o el remanso de otra de sus hermanas, pero siguió cada una su camino. Si hubieran intercambiado los papeles, alguna de las tres -o todas-, probablemente se habrían sentido frustradas, porque al final lo más decepcionante es no vivir la propia vida. Por eso desear la vida de otra persona puede no ser una buena idea.