Lo del agua es ya una humillación
Si ya estamos viendo que la política parlamentaria va a ser cosa de ricos que pueden permitirse no cobrar salario, en Canarias el agua lleva el mismo camino. De todas las partidas presupuestarias del mundo, incluso antes que Educación, Sanidad y Servicios Sociales, la última que se le ocurriría tocar a quien tenga dos dedos de frente es la de la subvención a las desaladoras. El agua es como el aire, sin ella no hay vida ni es posible todo lo demás. Tener agua a precios altísimos generará un desastre en cadena que afectará a todo, y a lo primero a esas tres áreas básicas de lo que soñábamos como Estado del Bienestar. Nombrar el agua en Canarias es mencionar al diablo, porque siempre ha sido una constante que ha determinado el decurso de nuestra historia. Con la eclosión turística y el pelotazo demográfico que Canaria ha experimentado en las últimas décadas, el agua potabilizada no es un lujo sino una necesidad. Pensemos en islas como Fuerteventura y Lanzarote, secas por definición, o en una población como Las Palmas de Gran Canaria, que necesita agua a todas horas. No sé qué pretenden quienes hacen estos presupuestos, pero negarle el agua a la gente de un territorio es la mayor humillación que puede cometerse. Se ducharán quienes puedan pagar enormes facturas de las compañías, y llevaremos la camisa sucia por imposibilidad de pagar el recibo. Además, me temo que con la ausencia de las subvenciones a las desaladoras se pierde un mecanismo de control indirecto de los precios, con lo que la cuenta subirá más de lo debido. He buscado en el diccionario de sinónimos un adjetivo para calificar esta cacicada y ninguno sirve para dar una imagen real de la brutalidad inhumana que tal medida supone.
Lo que sí se rechaza es una determinada forma de hacer política, anquilosada, profesionalizada en el peor sentido de la palabra e inúltil para el servicio ciudadano, que vive a remolque de fuerzas de dudoso ADN democrático. La meta de la política no es alcanzar el poder y quedarse ahí, es alcanzarlo para buscar soluciones e inventar el futuro. Y cada vez está más claro que el actual sistema se ha quedado viejo, si es que alguna vez sirvió para algo. La regeneración tiene que ser sí o sí, o de lo contrario el sistema se devorará a sí mismo, como de hecho está pasando. Pero los partidos políticos, con sus estructuras decimonónicas y poco democráticas, siguen aferrados a la inercia, pero ya casi no hay empuje. Por eso están haciendo apuestas temerarias, predican llegar a un punto pero no tienen ni idea de cuál es el siguiente paso. Hacen una especie de campaña electoral, pero no se trata de buscar votos sino soluciones. Esa política de ceguera colectiva es la que se rechaza. Es el momento de que aparezcan los estadistas con temple, fuerza, liderazgo y capacidad de ilusionar, pero eso no se consigue haciendo concursos de a ver quién dice la cancaburrada más grande. Los diputados están consternados; pues mira que han tardado, porque este sonsonete está en la calle hace año y medio. Pero su confusión no quiere decir que han tomado nota, indica que siguen sin enterarse qué momento histórico vivimos y qué les toca hacer. Si lo ve hasta el Rey, que ya lo ha advertido, y ha acertado, aunque tampoco es una gran referencia, porque hasta un reloj parado acierta la hora dos veces al día.
El 21 de septiembre es el Día Mundial del Alzheimer, y la pregunta que siempre nos hacemos es quién cuida al cuidador, porque estar pendiente de un enfermo así es tremendo. Y aunque técnicamente no puedan ser diagnosticadas como Alzheimer, hay otras enfermedades que hacen desparecer la memoria, y da igual cómo se llamen, porque el resultado siempre es el mismo, la destrucción de la identidad. En el siglo XXI, cuando nos hablan de gigas de memoria en el ordenador, pensemos en lo importante que es recordar algo tan básico cómo atarse los zapatos. Y curiosamente, muchos de estos enfermos, que no responden a estímulos externos, a veces responden a un abrazo (*). Pues eso, un abrazo.