Sobre el dolor
Diez días después del accidente de Barajas, no acabamos de salir del estupor que provocó la tragedia a toda nuestra sociedad. Cada uno reacciona de manera distinta, y a unos el horror los mueve a escribir sobre ello tratando de explicar y explicarse algo tan intangible como la línea que separa la vida de la muerte. A otros, la tragedia los deja sin palabras, porque no entienden cómo y por qué el destino decreta quiénes han de cruzar esa línea.
Yo me cuento entre los segundos, porque confieso que siempre he tenido una muy mala relación con la muerte. No la entiendo, no me entra en la cabeza, y al mismo tiempo sé que es una ley biológica. Pero el destino debería permitir al menos que se cumpiera ese recorrido, y no ponerse en medio a segar vidas en su plenitud, o incluso apenas empezadas. Eso es lo que no entiendo.
En cuanto a los comportamientos públicos, una cosa es la solidaridad y otra sacar partido del dolor ajeno. No hace falta comentarios, ya se han retratado unos para bien y otros para mal. El dolor es estar entre los rápidos de un río, en un remolino personal en el que lo único que podemos hacer los demás es hacer notar a quienes sufren que estamos en la orilla esperando a que lleguen. Eso es todo lo que podemos hacer, pero hay que hacerlo.

