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Miedo a que sepan y miedo a saber

Dicen algunos psicólogos que los seres humanos tienden siempre a ocultar lo más íntimo, incluso quienes se desnudan en público. Me refiero a esa intimidad que no está en la piel, y es por eso que las personas se ponen muy nerviosas cuando acuden a la consulta de un dentista o de un ginecólogo, porque es como si fueran a permitir que alguien descubra cosas que ni ellos mismos conocen.
resmag[1].jpgSuele suceder también cuando la gente se hace análisis de sangre, y no es miedo al pinchazo, sino a lo que pueden descubrir a través de su sangre. También es miedo a saber algo que tal vez preferirían ignorar. Y esto sucede también cuando alguien entra en el tubo en el que se realizan las resonancias magnéticas. Muchas veces es claustrofobia lo que agobia al paciente, pero otras es ese miedo inconsciente a que se descubra algo que probablemente no le guste.
Y no es claustrofobia en muchas ocasiones porque sucede que la persona que entra en la máquina trabaja en espacios muy cerrados, es un deportista que explora recónditas grutas submarinas o se mete a resolver un problema técnico en tubos aún más estrechos que los de la resonancia. Es el miedo a que sepan y sobre todo el miedo a saber.

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Setenta años y nunca más

Disculpen que hoy esta nota sea más larga de lo habitual, pero es que se cumplen 70 años del final oficial de la Guerra Civil española, y digo oficial porque, a partir de entonces y durante muchos años, siguió habiendo guerra, pero entonces sólo había un bando que mataba y otro que moría. Durante décadas, el 1 de abril fue celebrado por los vencedores como Día de la Victoria contra el gobierno legítimo de la II República, y no entiendo esa palabra cuando quedan atrás un país arrasado y un millón de muertos.
picasso_guernica[1].jpgMucha gente puede pensar que aquella guerra entre compatriotas fue un caso aislado en la Historia de España. Lamentablemente no es así, y enumerar las guerras civiles habidas en este país desde el siglo XV, que es cuando se conforma algo parecido a lo que hoy es España, necesitaría un espacio muy largo. En cada siglo hubo al menos tres, y en algunos más. Si a eso le sumamos otras que hubo contra estados extranjeros, podría decirse que no hubo generación que no luchase en una. Es decir, una guerra cada 20 años de media. Esa es nuestra historia negra.
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Este espíritu guerracivilista es genético, y permanece, lo vemos todos los días, no sólo en el terrorismo de ETA (que algunos llaman la IV guerra Carlista), en cómo tira Cataluña de la cuerda o en las soflamas de algunas emisoras y medios que no nombro para no tener que buscar abogado y procurador. Y la jerarquía eclesiástica siempre en medio (no confundir con los católicos). Tal vez estamos llegando a la madurez y ya somos capaces de no llegar a las armas de forma generalizada, y por ello tenemos que celebrar estos setenta años, porque es el período más largo de nuestra historia en la que no ha habido una guerra civil declarada.
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Guerras sí que ha habido; la hubo en Ifni y también en El Sahara, aunque esta se ocultó y aún se sigue ocultando en parte, pero todavía hay quien está sufriendo las secuelas de aquellos hechos. Y si nos descuidamos, el 23 de febrero de 1981 nos habrían metido en otra, porque el reloj biológico del fratricidio parecía imponer otro enfrentamiento. No es raro por lo tanto que se escuche decir a personas muy mayores que aquí está haciendo falta una guerra. Es la costumbre.
Pero no hace falta ninguna guerra, y para eso tenemos que tratar cada día de arañar un poco más de democracia, la única vacuna contra el guerracivilismo. No la habrá, y hoy podemos decir que mi generación es la primera de la Historia de España que no vivió una guerra civil y la última que sufrió una guerra. Cuando hay problemas, matar gente no los resuelve, es tan evidente que uno no se explica el por qué de tantas guerras. Y todavía hay quien no entiende por qué salimos todos a la calle cuando nos metieron de paquete en la guerra de Irak (Ah, claro es que ya tocaba entrar en una).

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Ecologismo de salón

El sábado hubo un apagón en el que cada uno hizo lo que pudo, porque ha habido quien llevado por el entusiasmo ecológico ha bajado la palanca para que quedasen fuera de servicio la nevera, el termo y todos los pilotitos rojos que ponen debajo stand by. La cuestión es que el asunto ha coincidido con el día en que se cambia la hora, y entre una cosa y otra se ha pasado el domingo poniendo en hora los relojes, actualizando los ajustes del sintonizador del vídeo (que se quedaron en el 1 de enero de 2000 cuando bajó la palanca) y reactivando un ordenador, que, no se sabe por qué, no arranca desde que también dejó de funcionar el pilotito de la regleta.
kl.JPGY es que para ser ecologista hay que ser un entendido en electrónica, mecánica, física y no sé cuántas cosas más, porque ya no sabe uno si apagando esto se ahorra, o si dejando encendido lo otro se ahorra más energía porque volver a arrancarlo desde cero es más costoso. Lo que sí queda claro es que nos hemos hecho dependientes de la energía, porque el sábado, durante el apagón voluntario, no pude escribir porque el ordenador estaba dormido, me quedé sin música por lo mismo, no podía ver una película y tampoco leer porque necesitaba luz. Decidí hacerme un café, pero tampoco pude porque mi cocina va con electricidad. Y la verdad, creo que puedo seguir siendo ecologista mientras me sirvan café caliente en el bar de la esquina y siga abierto el ciber de debajo de casa, que son unos tíos terribles que nunca cierran y van a acabar con este planeta.