Publicado el

El terremoto de los pobres

El terremoto de Haití vuelve a poner sobre la mesa las desigualdades de este planeta. Es verdad que a veces las desgracias se producen en lugares pobres, como el Tsunami de hace cinco años en el Indico, y también es cierto que contra fuerzas de la naturaleza como esa o como un volcán tremendo nada puede hacerse. No es el caso de los terremotos, cuyo daño es siempre directamente proporcional a la calidad de las infraestructuras. Raro es el año en el que Japón no sufre seísmos de 7 grados, y todo queda en algunos destrozos, pero no se convierte en una catástrofe de magnitudes bíblicas.
zImage58[1].JPGEsto sucede porque la pobreza también está en las infraestructuras. Cuando el terremoto de Managua hace más de treinta años ocurrió lo mismo, pero curiosamente los edificios oficiales, los hoteles de lujo y las mansiones se mantuvieron en pie. Es terrible que sucedan estas cosas en uno de los países más pobres del mundo, nadie puede evitar que la tierra tiemble, pero sí que los daños sean tan grandes. Con esta desgracia volvemos a tener constancia de que los embates de la naturaleza enfurecida pueden amortiguarse con dinero, pues solo basta ver la forma de construcción que hay en Japón o en California, donde los seísmos son frecuentes. Si mañana la tierra temblara en Los Angeles, tengan por seguro que los muertos y el apocalipsis estarán en los barrios hispanos, y en Beverly Hills como mucho se romperán algunos cristales. Qué pena Haití, ahora más pobreza y me temo que más corrupción cuando haya que administrar las ayudas, como sucedió en Managua.

Publicado el

El desprestigio injusto de los funcionarios

Sé que este post no va a ser muy popular, pero es que aparece en los medios una información de agencia en la que se dice el número de funcionarios por cada mil ciudadanos ocupados, y resulta que en Canarias son 170, es decir, el 17%. Dicho así suena mal, porque el funcionariado es una clase que sufre el desprestigio, es objeto de todos los chistes y existe la impresión de que cobran sin dar un palo al agua. Siempre se les imagina detrás de una ventanilla, puteando al ciudadano y colgando el cartelito que desde tiempos de Larra reza «Vuelva usted mañana».
Pero hay que señalar varias cosas. Como en todas las profesiones, supongo que entre el funcionariado de mesa y ventanilla habrá de todo, como en botica, pero lo cierto es que finalmente todo funciona, supongo yo que no será por milagro y que algo tendrán que ver los denostados funcionarios. Por otra parte, ese funcionario de chiste de Forges que está detrás de una mesa es la gran minoría, porque en ese 17% de empleados públicos entran los servicios básicos de la comunidad: Seguridad, Defensa, Justicia, Enseñanza, Investigación y Sanidad, entre otros. Hay comunidades en las que el porcentaje es menor, sencillamente porque hay más enseñanza privada, y en un archipiélago como Canarias muchos servicios públicos se duplican por la insularidad. En ese 17% canario está todo el personal sanitario, docentes, bomberos, personal de justicia, policía y fuerzas armadas. Es decir, no parece que importe que un cabildo entregue un millón de euros a un equipo de fútbol (entidad privada, por cierto), pero molesta que un bombero, un médico de urgencias o un profesor cobren su salario.
Por otra parte, al ser unos colectivos que suelen tener un puesto de trabajo estable (aunque casi siempre peor pagado que en la empresa privada) son una fuente de dinamización de la economía, con lo que ese dinero público que cobran va en buena parte a mover la economía general. Exigimos profesores para nuestros hijos, médicos cuando estamos enfermos, ayuda de la policía, bomberos cuando hay problemas, etc… Y estas personas, que trabajan para la colectividad, también comen tres veces al día y es normal que cobren un salario. De manera que ya resulta cansado que siempre demonicen a los funcionarios y que los metan a todos en el mismo saco, sin pararse a pensar que esos servicios básicos son el chasis de cualquier sociedad.

Publicado el

Otra vez los cuernos Robinson

Parecía que el mundo había cambiado pero todo sigue igual. Por lo visto, como en la Edad Media, como en el Barroco y como en el duelista siglo XIX, el honor de los maridos sigue residiendo en la virtud de su esposa. El Ministro Principal del Ulster se ve abocado al desastre político porque ha perdido credibilidad, dicen, al saberse que su esposa le ha sido infiel de manera continuada. El hombre, encima de ser la víctima de la infidelidad, ahora resulta que eso le cuesta el cargo, porque seguimos en la vieja creencia de que si no tiene autoridad en su matrimonio menos la tiene para presidir un gobierno.
Es verdad que ella hizo algunos trapicheos políticoeconómicos en favor de su amante, pero creo que es cosa de ella, que responda de sus irregularidades, pero no entiendo por qué el marido ha de pagar el pato. Es decir, machismo estúpido, porque en lo concerniente a la infidelidad el asunto debieran dirimirlo los implicados, es asunto privado. Las corrupciones de ella en su cargo de concejala son cosa de ella, ya que por lo visto no tenía mucha conexión con el marido. Para más escarnio, la señora, de 60 años, ha tenido su último desliz con un joven de 20, olé por ella, pero eso recuerda a aquella película de los años sesenta, El Graduado, en la que se daba esta misma situación. La coña llega a límites casi proféticos si tenemos en cuenta el apellido de esta pareja, Robinson, nada más y nada menos, justo el apellido de los personajes del mentado largometraje dirigido por Mike Nichols. Y claro, en todas las emisoras de radio adornan la noticia con la canción que para El Graduado hicieron Simon & Garfunkel. A veces la vida imita al arte, y casi siempre con muy mala leche.