La degradación del pueblo haitiano
Las consecuencias del terremoto del día 12 en Haití alcanzan proporciones bíblicas. Sin comunicaciones, sin agua, sin alimentos, sin techos, sin hospitales. La ayuda llega a duras penas porque es muy difícil acceder primero a la isla y luego a los lugares destrozados. Se puede llevar ayuda a la Repúlica Dominicana, que es la misma isla, pero moverla por Haití es casi imposible.
Es terrible que esto sucede en el país más pobre de América y uno de los más míseros del mundo. O tal vez la catástrofe es tan grande debido a esa pobreza previa. Pero Haití no es un país cualquiera, y en el recorrido de la libertad es un pionero. Fue el primer lugar del mundo en el que fue abolida la esclavitud, y ello debido a la lucha de sus habitantes, que protagonizaron la llamada Revolución Haitiana. También fue el primer estado americano, después de Estados Unidos, en lograr la independencia, y siempre luchando, pues derrotó al ejército francés de 1904, que era uno de los mejor preparados de entonces.
Nada se le ha dado, todo lo consiguió por sus medios, pero la nefasta dictadura de Duvalier en la segunda mitad del siglo XX destruyó el Estado y la conciencia nacional. Se promovió el analfabetismo y la miseria, y una y otra vez fracasa cualquier intento de reconstrucción. Haití es hoy un estado fallido y después del terremoto un enrome solar de 27.000 kilómetros cuadrados en el que deambulan 10 millones de personas. Es en tamaño como la Comunidad Valenciana pero con el doble de personas y sin una sola infraestructura en pie. Tal vez sea el momento, partiendo de cero, en que la comunidad internacional tome cartas en el asunto y haga que crezca un estado. Puede hacerlo si se lo propone, aunque me temo que en unos meses empezarán a mirar para otro lado.