Perder el tren
Dicen que para que el cerebro no envejezca hay que estar al día, no perder ningún tren. Pero son muchos los trenes que pasan y al final acabamos perdiendo algunos, seguramente los que consideramos de menor importancia. Un escritor está al loro de lo que se escribe, un pintor de lo que se pinta y la gente en general está al día en lo que le gusta. Y eso es importante, porque finalmente tienes que ser selectivo para no perder los trenes que realmente son importantes.
Recuerdo haber hablado con el insigne médico y pintor don José Gómez Bosch, cuando contaba 102 años, y seguía pintando con un pulso envidiable. Me asombró que estuviera interesado en la última versión de Windows, porque a su edad había entrado en el mundo de la informática. Eso es admirable. Pero hay trenes de menor calado que uno pierde casi a conciencia. En los años sesenta yo estaba al día de cantantes y canciones, y entrando en los ochenta seguí la pista de muchos, pero llegó un momento en que me perdí. Es evidente que figurones como Sting en la música extranjera o Amaral en la española también son mis músicas, pero me pierdo entre tanto nombre de cantantes y grupos, y es casi como que no quiero saber. Y me sorprendo cuando nombran a una cantante de mucho éxito, que ha conseguido no sé cuántos premios y vendido millones de discos, y yo la percibo por primera vez. Está claro, he perdido ese tren a conciencia, porque me interesa subirme a otros, y como dijo aquel conocido político canario aficionado a la música: «Respecto a la música moderna, yo me quedé en Pinck Floyd»
Dos citas históricas circulan estos días por Internet como la pólvora, pero por si alguien aún no se topado con ellas, las reflejo aquí. Una proviene del muy conocido párrafo de la carta que el presidente norteamericano Thomas Jefferson envió en 1802 a su Secretario del Tesoro:
Por si esto fuera poco, un amigo me recordó hace unos días uno de los pasajes oratorios de Marco Tulio Cicerón, datado hacia el año 55 a. de C.
Hubo un grupo grande de personas, entre los que me cuento, que vivimos el renacimiento del Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria apenas este bajó de La Isleta de la mano de Manolo García. Fueron unos años memorables en los que la ciudad se disparataba en La Plaza de Santa Ana, en Schamann, en Guanarteme y en todas partes. Se generaron tradiciones como la verbena de la sábana o la noche dedicada al cine (recuerdo a Juan Rodríguez Doreste disfrazado de Greta Garbo o de Fred Astaire bailando claqué como es debido).