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Maldiciones y otros desvaríos

 

Cada territorio tiene sus mitologías, que en la mayoría de los casos se van componiendo boca a boca y atraviesan siglos. Como materia etnográfica, las leyendas, las historias truculentas y otros relatos que están en la frontera de lo irracional suelen dar mucha información velada sobre comunidades de otro tiempo y que los estudiosos tratan de explicar como elementos anejos a la historia, si es que no forman parte de ella.

 

 

Por nuestras islas circula mucho material mitológico, que tiene sus características especiales en cada una, pues no es lo mismo la Leyenda de Ico en Lanzarote que la de la nativa herreña que reveló el secreto del árbol del Garoé a los conquistadores de Jean de Bethencourt, porque se enamoró (¡ay, el amor!) de un apuesto soldado normando, o la idea de que en Fuerteventura hay valiosos tesoros enterrados. El origen de cada uno de estos mitos tiene que ver con hechos puntuales, que en la distancia son interpretados como la traición a causa de un enamoramiento pasional con un invasor o la escasez de todo, que hacen soñar con tesoros a un pueblo muy pobre.

 

Dentro de estas mitologías ocupan un lugar destacado las maldiciones, que, por repetición, hay quien acaba creyendo, como la causa de aridez de Fuerteventura, atribuida a la maldición de Laurinaga. Cuentan que un gobernador de la isla en el siglo XV, tiempos del Señorío de Canarias, era un depredador sexual, que tuvo catorce hijos legítimos e incontables repartidos por toda la isla. Uno de sus hijos legítimos, ya adulto, trató de forzar a una joven campesina, y acudió en ayuda de esta otro joven del lugar. De repente, apareció a caballo el Gobernador, que mató al muchacho que defendía a la chica. Atraída por los gritos, acudió la madre del muerto, Laurinaga, que, años antes, había sido una de las indígenas violadas por el gobernador, al que descubrió que acababa de matar a uno de sus hijos desperdigados por la isla a causa de sus violentas correrías sexuales, y lanzó una maldición a la tierra que pisaba. Dice la maldición que, desde entonces, Fuerteventura se convertiría en un desierto sin árboles ni flores y que acabaría desapareciendo. Y hay quien lo cree, sin valorar que en aquel momento la isla era ya muy árida, y sin duda desaparecerá dentro de millones de años porque los tiempos geológicos son muy largos.

 

Así, hay maldiciones por todas las islas, que tienen una explicación lógica o simplemente no se han cumplido porque no tienen ni pies ni cabeza. Por supuesto, el volcán que ahora mismo asola La Palma también da pie a especulaciones esotéricas. Son bien conocidas las Endechas a la muerte de Guillén Peraza, que era el joven hijo del Señor de Canarias Hernán Peraza. También a mediados del siglo XV, el heredero del Señorío de Canarias, desembarcó en La Palma, precisamente por el cantón de Tajuya, por donde hoy ruge y arrasa el volcán, a capturar esclavos para luego venderlos y seguir financiando las conquistas de su padre. Guillén Peraza murió de una pedrada que lanzaron los aborígenes defensores.

 

Esa muerte, tan sentida entre los castellanos, dio lugar a las mencionadas endechas, que son cuatro estrofas; algunos vienen a decir que la segunda, y sobre todo la tercera (“Tus campos rompan tristes volcanes, / no vean placeres sino pesares, / cubran tus flores los arenales”) son una maldición que pesa sobre La Palma, especialmente sobre la parte sur, donde ha habido unas cuantas erupciones desde el siglo XV hasta ahora. Y todo por haber matado en defensa de su libertad a alguien que, en resumidas cuentas, era un esclavizador. Lo curioso es que esa idea surge de creencias populares, porque excelentes investigadores literarios de las famosas endechas, desde Menéndez Pelayo y Pérez Vidal a Maximiano Trapero y Paz Díez Taboada, dan a esos versos un valor metafórico, hijo del dolor por la pérdida de una vida muy valorada. Es eso, nada más.

 

Vayamos a los hechos y no empecemos a desvariar. La Palma fue conquistada medio siglo después de este episodio (no con juego limpio, todo sea dicho), y por las venas de su población corre sangre aborigen pero también castellana, con lo cual la maldición recae también sobre quienes la lanzaron. Es decir, un disparate. ¿Quién maldijo a Lanzarote, al Hierro o a Tenerife, y a todas las Islas Canarias, que han emergido del océano por erupciones volcánicas en los últimos 20 millones de años? Lo de la Palma es una gran catástrofe, pero es parte de un proceso natural a larguísimo plazo y que nada tiene que ver con Guillén Peraza, sus endechas y sus intérpretes. Convertir hechos científicos en evocaciones mágicas no es serio; hay demasiada angustia para, encima, añadir especulaciones sobrenaturales. El volcán es terrible y destructivo, pero no es una maldición, es un cataclismo geológico. Y, por supuesto, sigo siendo un palmero más.

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Inteligencia emocional y arquetipos

 

Un arquetipo es un modelo que se va configurando popularmente por sí mismo o por repetición, ya sea en los medios o en la calle. Los modelos son muy peligrosos porque marcan conductas y rasgos psicológicos. Parecen inofensivos, pero algunos -la mayoría- son tremendamente dañinos porque no solo conforman ideas aceptadas colectivamente, sino que -y esto es lo más grave- a menudo determinan comportamientos individuales, y son más duros en la infancia porque algunos de estos rasgos se graban de por vida.

 

 

Los paradigmas sociales tienen que ver con conceptos que muchas veces  andan cerca del racismo, la aporafobia, el machismo y otras líneas de relación humana que, juntas son un instrumento muy cruel y que generalmente pasa desapercibido a pesar de que está presente en todas las manifestaciones de la vida. La belleza física se convierte en un valor y a ser posible los más ricos son rubios y lo pobres morenos, y otros valores pasan a segundo término.

 

Eso lo han vivido en su propia carne muchas generaciones, y el ejemplo es el Belén viviente o una representación teatral de la Navidad en muchos colegios, especialmente religiosos. La Virgen María siempre era una niña guapa, rubia y de una melena lacia lo más larga posible, y según status y presencia se iban repartiendo los papeles, de manera que el alumnado  menos premiado por la Naturaleza (que era la mayoría) se tenía que conformar con ser pastorcillas, panaderos, lavanderas o labriegos. Los papeles más lucidos, como el ángel anunciador, San José y los Reyes Mayos estaban cogidos siempre, salvo que le dieran el rol de Baltasar a alguien con la piel oscura, que tampoco era fácil. Por supuesto, María era la estrella de show. Así, mucha gente crece, madura y envejece creyéndose pastorcilla o emperador de China.

 

Sé de casos en los que los papeles de la mula y el buey fueron asignado a niños, y si la cosa era grandiosa, parte del alumnado se transformaba en ovejas, corderos y burros tirando de un carro. Eso queda grabado en las mentes infantiles y a menudo se perpetúan caracteres que asumen el fracaso, la fealdad o la poca brillantez intelectual aunque no sean feos, tontos o estén predestinados al fracaso.

 

Los arquetipos que colectivamente asignamos o nos asignan, especialmente en la infancia, hacen mucho daño y están en el centro de eso que Goleman llamó inteligencia emocional.  Así que, este es un asunto muy delicado que determina el curso de muchas vidas, y casi nunca lo tenemos en cuenta.

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El gusto por el poder

 

El gusto por el poder es un concepto muy difícil de explicar. Se puede entender -no compartir- que un rey absoluto o un tirano cualquiera, sea de la antigua Roma, de la Alemania Nazi o de nuestro mundo actual, puede disfrutar del poder absoluto que posee, metido en una burbuja que se parece mucho a la psicopatía, si es que no lo es con todas las letras. Como su mente necesita demostrarse en todo momento que posee todos lo hilos del poder, los utiliza a su antojo, porque ese poder es una mesa de tres patas: su propia locura, el fanatismo de sus fieles y el miedo de quien esté al alcance de su brazo.

 

Así, reputados psiquiatras y psicólogos vienen a determinar en distintos estudios que personajes como Alejandro Magno, Julio César, Gengis Khan, Calígula y una larga lista de personajes con poder absoluto, padecían distintas disfunciones psicológicas que, en la práctica, los convirtió en psicópatas, y ya digo que, en su lógica enfermiza, ejercieron el poder casi siempre para destruir, porque eso afianzaba el fanatismo en los suyos y el miedo en los demás.

 

Lo que resulta más difícil de entender es ese afán por ocupar cargos con poder en las sociedades contemporáneas, en las que realmente el poder es teórico, porque está sujeto, no solo al control democrático de los parlamentos, con más o menos buena fe, sino que es zarandeado y presionado por poderes económicos que son los que realmente influyen en las sociedades. Y más perteneciendo a un ente como la Unión Europea, que, por ejemplo, impide que un gobierno como el español (o de cualquier país miembro) pueda tomar medidas efectivas en la galopante subida de la energía, porque seguramente incide en los beneficios inmensos que acaparan las grandes corporaciones financieras, de comunicación y de toda índole, entre ellas, las eléctricas.

 

Llevado al terreno personal, gobernar es un desgaste que se vuelve visible en las figuras de la política, que van pintando en canas y ojeras el cansancio y las presiones que reciben. Y esta obsesión por llegar o mantenerse en el poder es la que no entiendo, porque nunca llegan a tener poder real, pues dependen de sus partidos, a menudo de los pactos con otros, de las fuerzas progresistas que tiran hacia la izquierda y de las conservadoras que quieren que todo siga igual, cuando no tienen que pactar con los demonios extremos, que llevan sus discursos y pretensiones hasta la irracionalidad.

 

Es verdad que hace falta que las sociedades tengan liderazgos que encaucen los deseos y las necesidades de todos. Pero luego aparecen los intereses de quienes ya tienen mucha parte del pastel y no quieren perderlo o incluso pretenden aumentarlo, los que quieren pillar y otros tantos que entran en danza y que finalmente son quienes determinan los poderes, y ya un primer ministro o un alcalde no tienen la última palabra, aunque tengan mayoría absoluta en los órganos que los sostienen.

 

¿De qué pasta hay que ser para querer volver a ser elegido presidente de una comunidad autónoma, después de incendios terribles, calimas paralizantes, pandemias incontrolables y volcanes devastadores? ¿Qué hay en la mente de un hombre que preside el gobierno del Estado en medio de grandes dificultades que se mantienen en el tiempo y que afianza su poder en pactos que a veces parecen terremotos?

 

Sin embargo, quiere seguir y volver a ocupar La Moncloa en la próxima legislatura, que eso es lo que ha decidido su partido en el congreso de la semana pasada. Se me ocurre que la mayoría de la gente pensaría en largarse en cuanto pudiera, y que los presentes desastres o los próximos (ya solo falta que se estrelle un asteroide contra La Tierra o que nos invadan los extraterrestres) los toreen otros. Mucho tiene que gustar el poder para querer estar al frente de un gobierno cuando pintan bastos (muchos, muchísimos bastos), pero ese es uno de los misterios del espíritu humano que tal vez nunca llegue a comprender.