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Tiempo atípico

 

A pesar de la velocidad de los contagios en esta sexta ola de la pandemia, resulta curioso cómo hay una especie de rebeldía a que nos corten las alas, y ese impulso se suele imponer a consideraciones razonadas sobre las consecuencias de la enfermedad, la saturación sanitaria o incluso a jugar a la ruleta rusa con la propia vida y la de los demás. El pánico que se apoderó de la mayoría en la época del confinamiento, ha pasado a ser la crítica a las restricciones y a romper cualquier norma que se haya impuesto.

 

 

Ello me lleva a recordar a un perro bardino que tuve cuando era niño, un animal tranquilo, pero que podía ser peligroso, por su tamaño y su fuerza. Por ello siempre estaba en un espacio limitado por una verja que impedía que saliera al camino. Había mucho espacio, un huerto arbolado de durazneros y hasta pasaba una acequia por la que siempre discurría agua, pero el perro se pasaba el día intentando abrir o saltar la verja, hasta que un día alguien la dejó abierta y el perro se tumbó y no salió al camino. Así fue a partir de entonces, bastaba con que cerraras la verja para que el animal se pusiera en actitud agresiva; quería estar donde estaba, pero por propia voluntad no porque alguien se lo impidiera.

 

Ni los discursos conspiranoicos que tratan de transmitir que el virus en realidad no existe, o que al menos no es más peligroso que otras enfermedades con las convivimos sin rechistar, ni la evidencia de las cifras que cada día nos inundan en los medios, ni cualquier otra medida de prevención o amenaza ha logrado sacar de la cabeza de la gente la idea de que diciembre y enero son meses de calle, compras, rebajas y aglomeraciones, que en Nochebuena hay que cenar en familia, que en Nochevieja  hay que brindar con los amigos por el Nuevo año o que en Reyes los niños han de tener su cabalgata para ver pasar a los magos de Oriente. Es como un mandato ancestral que está por encima de cualquier otra consideración.

 

Me pregunto si será como cuando le cerraban la verja al perro bardino, pero no me cuadra del todo, porque también ocurre que, en los lugares en los que no hay restricciones, un alto porcentaje de la ciudadanía se echa al camino y reduce, cuando no anula, las precauciones, mientras que otro sector de la población se recluye por voluntad propia, presa del miedo al contagio. De manera que vivimos entre el miedo y la temeridad. Y al fondo, siempre aparece la palabra “libertad”. Por otra parte, hay para dar o quitar la razón a todos, pues la pandemia va por barrios; tanto en comunidades en las que son estrictos, como en las que hay gran laxitud, ha habido y hay contagios galopantes o números tolerables, así que los éxitos y los fracasos en el control de la pandemia pueden argumentarse a favor y en contra.

 

Este es un tiempo atípico. Nada es igual que siempre, pues hasta el clima se empeña en llevar la contraria a la costumbre. Y el tratamiento de la pandemia es como un gran teatro. Como en toda representación, lo importante es el efectismo escénico, lo que se vea desde el patio de butacas, no lo que realmente ocurre. Por una parte, hay tornados de indignación que piden la cadena perpetua o incluso la pena de muerte para según qué delitos, ligados siempre a sucesos de la actualidad, cuya consecuencia mediática tiene fecha de caducidad, hasta que surge otro asunto. Pero la pandemia es un tema permanente desde hace casi dos años. Y los dirigentes no ayudan mucho, porque hablan de salvaguardar ante todo la salud pública y luego se enredan en medidas que tratan de proteger la economía, por eso nunca sabemos realmente cuál es su propósito cuando fijan normas de horarios, aforos y otras variables que ya no sabemos cómo explicar, porque si cierras el ocio nocturno, ese gen de libertad que anda suelto siempre inventará botellones, y la avaricia de algunos organizará fiestas privadas clandestinas para hacerse de oro.

 

Posiblemente lo que hace falta es que haya transparencia, porque un periodista pregunta a la ministra de Sanidad y su respuesta es ambigua, aparte de que las normas que rigen en Albacete no son las misma que en Asturias. Son demasiados mensajes contradictorios, y muchos firmados por eminentes científicos, que van desde los que usan el alarmismo más apocalíptico hasta los que dicen con todas las letras que la variante Ómicron es el principio del fin de la pandemia. ¿A quién creer?

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CIAO, 2021.

 

SEXTILLAS RIMADAS A LO MARTÍN FIERRO PARA

DESPEDIR AL INFAUSTO 2021 Y ADVERTIR A 2022.

 

Como hiciera Martín Fierro,

aquí me pongo a cantar,

para al infierno mandar

a este año puñetero,

estafador, traicionero,

un año para olvidar.

*

El año empezó chafado,

pero estaba la esperanza,

con las vacunas en danza,

Ya no hubo confinamiento.

Había llegado el momento

de recuperar confianza.

*

Después de olas y vacunas,

pinchadas dos o tres veces,

hubo más ruido que nueces,

y el optimismo nos pilla,

ya vamos sin mascarilla,

pero el virus crece y crece.

*

Economía: desastre,

políticos y consultos,

solo utilizan insultos,

la confusión es la marca

del sin rumbo de esta barca,

y las personas son bultos.

*

Por mar llegan en cayucos

miles de personas yertas,

algunas arriban muertas,

y no hay manos suficientes

para asumir tanta gente

que están llamado a la puerta.

*

Si todo esto fuera poco,

un volcán surge en La Palma,

arrasa cuerpos y almas,

rompe casas y cosechas,

miles de vidas desechas,

que ya no encuentran la calma.

*

Aunque suene a egolatría,

hablo de lo personal;

no ha sido un año triunfal,

harto estoy de muchos males

de pruebas y de hospitales,

miedos y Lorazepam.

*

No hay control, quienes dirigen

dejan que sea la suerte

la que juegue a vida o muerte,

y lanzan una moneda:

¡aquí sálvese quien pueda,

que sobreviva el más fuerte!

*

Cabrón, dos mil veintiuno,

esfúmate presuroso,

has sido muy angustioso

y se acabó mi paciencia;

exijo a tu descendencia

un tiempo más venturoso.

*

Dos mil veintidós, escucha,

no pido nada especial,

tráenos normalidad,

no des más vueltas de tuerca,

deja la puerta entreabierta

a soñar felicidad.

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Alaridos de Tarzán

 

No estoy capacitado para definir la nueva variante de la covid, bautizada Ómicron. Como ha venido sucediendo durante toda la pandemia, las supuestas informaciones se entrecruzan y puedes leer una teoría o la contraria, ambas firmadas por prestigiosas lumbreras de la ciencia. El caso es que los contagios se han disparado, hasta el punto de que el organismo dedicado a hacer el seguimiento de las personas infectadas está casi en situación de bloqueo, y no lo digo porque lo haya oído a alguien, sino porque sé de un caso cercano en Tenerife que dio positivo en un test de antígenos en un laboratorio el día 22 de diciembre, se puso en contacto -después de mucha espera con el auricular en la mano- con el número telefónico destinado a ello. Le dijeron que en 24 horas se le llamaría para hacer el PCR, que llamase a su doctora de cabecera, y, por supuesto, que se confinase. En ese momento se desmoronaron sus proyectos de salir de la isla para pasar la Nochebuena y la Navidad con su familia y se quedó aislado.

 

 

Al salir del laboratorio, antes de conocer su positivo en la pantalla del móvil, pensando en que su nevera estaba vacía porque no había hecho compra ya que al día siguiente tomaría un avión, pasó por el supermercado y se aprovisionó, porque estaba solo, ya que su círculo de amigos y conocidos estaba de vacaciones, de viaje o también con covid. Siguiendo las instrucciones, se encerró en su casa, y llamó a su centro de salud en vano. Por mucho que esperase no cogían el teléfono.

 

Pasó el día 23 esperando la llamada al móvil del servicio que tendría que hacerle el seguimiento y llamaba con el fijo (para dejar la línea del móvil libre) una y otra vez a su doctora de cabecera, según le habían indicado. Imposible. Así que pensó ponerse mascarilla doble y presentarse en el centro de salud, pero antes consultó telefónicamente con un conocido que también estaba confinado, y este le hizo abandonar la idea porque le contó que él pasaba por lo mismo y, harto de no tener control médico y de llamar sin respuesta, se presentó en el centro de salud. Allí, cuando contó su historia, el securitas lo echó a la calle con cajas destempladas en medio de amenazas de multa por romper el confinamiento. Así que desistió, y como luego llegó Nochebuena, Navidad y domingo, se armó de paciencia y a esperar. Sí que logró hablar con el servicio covid y le dijeron que lo agilizarían, pero el lunes 27 (que es cuando escribo) no ha sido contactado, no le han hecho PCR y le han dicho a una persona enviada al centro de salud que lo llamarán el martes 28.

 

Menos mal que los síntomas no son graves, pero este caso no debe ser único, a juzgar por las cifras de contagios (especialmente en Tenerife), que no sé cómo las contabilizan, si es cuando el laboratorio lo comunica a los servicios de Sanidad, cuando la persona infectada hace lo propio una vez conocido el resultado o cuando hay PCR “oficial”. Si no tienen controlado al propio infectado, menos lo estarán sus contactos cercanos, que él comunicó en su momento, y ha sido él quien les ha advertido para que se hagan la prueba. Sin contar la ansiedad y la incertidumbre por las que pasan las personas que se quedan solas y aisladas, especialmente en estas fechas, está claro que esta sexta ola la pandemia se le ha ido de las manos al gobierno central y al de Canarias (veo por lo noticiarios que las cosas no andan mejor en las demás comunidades autónomas). Es que ni siquiera se percibe que lo hayan intentado.

 

Lo más triste es que los responsables se dedican a hacer política con minúsculas, culpando siempre a otros. Un ejemplo de ello es la presidenta Ayuso de Madrid, que no se ha quedado blanca ni colorada para echar la culpa a los sanitarios, acusándolos con otras palabras de negligentes. Si un ciudadano corriente lo veía venir desde el Black Friday, el puente de la Constitución y las compras multitudinarias de diciembre (mucho más desde que apareció la Ómicron), la pregunta es por qué a los gobiernos les dio lo mismo, y a vueltas con el ocio nocturno, como si el virus tuviera horario. Digo yo que tocaba prevenir a la población, reforzar los servicios sanitarios, procurar que hubiera test de antígenos en las farmacias y recordar machaconamente que podría venir esta sexta ola. Más política con minúsculas.

 

Es ahora, cuando los contagios se desbocan, se suspenden vuelos porque la pandemia también alcanza a los pilotos de líneas aéreas y el sistema sanitario está contra las cuerdas, cuando se hace una reunión en Madrid que solo manda usar mascarillas en exteriores. Nuestros dirigentes apuestan claramente por la economía y no por la salud y ni se preguntan por qué son tan contundentes en Europa. ¿Es que no se dan cuenta de que sin salud no hay economía? Ya se está viendo con las cancelaciones turísticas. Ahora vienen con el pasaporte covid, que al final de poco sirve porque los vacunados también contagian, y mientras tanto, no se sonrojan al dar alaridos de Tarzán porque el volcán palmero parece que acabó. Ni que lo hubieran apagado ellos.