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Santa Gúdula (*), nuestra futura patrona

 

 

Este año se han mezclado en Las Palmas de Gran Canaria, como casi siempre, el día de Canarias y la Feria del Libro. También como siempre, hay voces que claman por esto o por lo otro, pero lo cierto es que se mueve dinero público en Cultura y en Deporte, pero no pasa nada, pero cuando alguna institución pone encima de la mesa para algo cercano a la literatura la centésima parte del dinero que aportan para otros eventos culturales o deportivos, se arma el lío. Se habla de irresponsabilidad y de tirar el dinero público, pero si se hace un magno festival de lo que sea o un evento deportivo, no hay problema. Es obvio que esta sociedad tiene una alergia tremenda a todo lo que huela a libro.

 

 

Es una idea muy extendida que la cultura nunca es negocio, y el estereotipo del poeta hambriento y manteniendo el tipo con un traje de segunda mano es casi un icono. Pero no es así, o al menos no lo es siempre, porque la cultura, como casi todo, depende del mercado. Los grandes pintores, poetas, bufones y músicos medraban en las cortes europeas y estos escogidos vivieron bien, e incluso algunos llegaron a ser inmensamente ricos. En el siglo XXI la cultura también es negocio de una forma general, es un nicho de empresas y un surtidor de puestos de trabajo. Pero las cosas funcionan de otra manera, o al menos deberían hacerlo, porque hay experiencia en el mercado de la cultura. Y este mercado es cada vez más globalizado, controlado a menudo por multinacionales o, en el caso de España, por grandes empresas que a su vez son tributarias de otras de mayor calado.

 

Por eso es tan precario el mercado cultural canario, controlado desde muy lejos, en el que a los productos de aquí se les arrincona o simplemente no se les da espacio. Para que sea así, tiene que convencer primero a los controladores estatales del libro y la edición. Este año, al menos, han dado el Premio Canarias de Literatura, y esta vez a la gran poeta Elsa López. Por eso, la negación de nuestra cultura también está creando paro, y se puede estimular cualquier tipo de actividad, pero hacerlo en el campo del libro es un vade retro. ¡Ah! Sí, como es Día de Canarias, en los discursos se citan un par de versos de algún poeta insular -muerto, por supuesto- y así se salva el expediente.

 

La cultura es algo muy amplio, no solo libros. Entiendo que es bueno recordar muestras tradiciones, y conservarlas en la medida de lo posible, que sepamos cómo vivían nuestros antepasados, rememorar la trilla, el chinchorro y las descamisadas de piñas. Todo muy rural y marinero, y eso es lo que se promociona en los festejos alrededor del Día de Canarias. Pero Canarias tiene un presente y debe mirar al futuro, y lo actual no existe para las instituciones. El timple es grandioso, pero también hay guitarras eléctricas y violines clásicos; La Perejila y Nijota fueron dos grandes poetas populares, pero hay otra poesía, que sobrevive escondida. El pasado rural, marinero y costumbrista está ahí, pero es que parece que tratan de que volvamos a él.

 

Es tremendo ver cómo lo que en realidad nos debiera interesar del pasado se va destruyendo día a día. La agricultura es un sector que fue crucial en nuestra supervivencia, pero se ahoga y va desapareciendo porque el mercado lo marcan los grandes proveedores que traen productos de fuera. Esa es la parte del pasado que debiéramos cuidar mirando al futuro. Y por lo visto, el Día de Canarias consiste en vestirse de mago y comer sancocho (¡pero si dentro de unos años no va a haber cherne salado ni papas del país!) Tendremos que hacer el sancocho con Bacalao de Terranova en salazón y papas de Chipre; de hecho, el supuesto «gofio canario» se hace moliendo millo importado. Se van muriendo las industrias conserveras de pescado y la plantación de papas. Las de millo hace tiempo que no existen. Dicen que es que hay unas normativas españolas y europeas que no permiten ciertas cosas; pues entonces no entiendo para qué sirve una supuesta autonomía con Parlamento, Gobierno y hasta Diputado del Común.

 

Llevamos casi cuatro décadas de autonomía, donde la presencia nacionalista ha sido notoria, y esto se parece cada vez menos a lo que sería una Canarias con capacidad de decisión. Se decía que la pandemia era una oportunidad para diversificar los sectores de producción, pero yo lo único que veo es seguir agarrados al turismo, que está bien, pero de lo hablado nada, y eso que sabemos ya lo terrible que es poner todos los huevos en el mismo cesto. Cualquier día, una normativa europea liquidará a las vírgenes morenitas de cada isla y nos colocarán como Patrona de Canarias a una santa europea de pura raza aria. Es que me parece que siguen mandando quienes nunca se han sometido a las urnas. ¿Y los políticos? Sobreviven. En este galimatías político, mediático y jurídico nuestras instituciones son cada vez más iconos inoperantes. Y sus altos cargos acabarán luciendo fajín, mantilla, cachorro y justillo en la futura romería de Santa Gúdula (*).

 

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(*)Santa Gúdula es patrona solo de la ciudad de Bruselas… de momento. Es muy conocida en Europa, con dos hermanas y un hermano también santos, y su madre también ingresó en un convento y recibió el velo nada menos que de manos de San Auberto, que eso por lo visto le da más peso a la santidad. (Habría que ver quién fue San Auberto, pero ya abandono).

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La guerra y la solidaridad

 

Pocas cosas se me ocurren que sean más absurdas e inútiles que la guerra. Vemos que hay problemas de todo tipo que mueve a muchas personas  de buena voluntad para atajarlas, sean enfermedades, hambrunas  o catástrofes naturales. Al mismo tiempo, el ser humano se esmera en crear artefactos destructivo, y los usa para aniquilar a otras personas.  Creo que en esto hay acuerdo mayoritario, pero sigue existiendo la guerra.

 

 

Esta vez sucede en suelo ucraniano, aunque las consecuencias indirectas llegan a todo el mundo. Por eso hay ONGs que tratan de paliar tanto daño, y personas que no se preguntan las razones de unos y de otros y ponen su mirada y su esfuerzo en quienes sufren.

 

Esto sucede con con cinco premios Canarias de Artes plásticas Maribel Nazco, Cristino de Vera, Pepe Dámaso, Paco Sánchez y Fernando Álamo, impulsor de la iniciativa. Han donado una obra que se reproduce en 75 carpetas junto a un texto del escritor, también Premio Canarias, Juan Cruz. Es una oferta valiosa e interesante y lo que se recaude irá a socorrer a ucranianos enfermos de cáncer. Será presentado el proyecto el próximo jueves día 2 de junio en la Casa de Colón a las 19:30.  Es importante reconocer la colaboración de La Caixa, la Asociación Española de la lucha contra el Cáncer y las entidades culturales Casa de Colón y Fundación Cristino de Vera.

 

A quienes quieren ser solidarios les sobran debates políticos, se ayuda a seres humanos que sufren, que es la luminosa otra cara de la moneda de la guerra, a cuyos causantes no califico porque no encuentro las palabras que se acomoden a tanta crueldad.

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El Sahara y el cuento de La Lechera

 

 

Por muchas vueltas que le doy, no acierto a entender qué argumentos históricos esgrime Marruecos para acreditar sus derechos territoriales sobre el Sahara Occidental. Mucho menos entiendo esa supuesta jugada del envío de la carta de Pedro Sánchez al rey Mohamed VI, que se muestra no se sabe muy bien si como brillante movimiento de España, pero que enseguida se ve que todo sigue igual y que en realidad es otra inexplicable claudicación ante Rabat.

 

 

Ahora, el pueblo saharaui se encuentra detenido en la zona de Tinduf, donde ocupa campos de refugiados que son su casa provisional desde que, en 1975, tuvieron que dejar su territorio. Después del Acuerdo tripartito de Madrid entre España, Marruecos y Mauritania, España incumplió el punto fundamental, que era permanecer como potencia administradora junto a los otros dos países fronterizos al Sahara Occidental hasta la celebración de un referéndum. España estaba entonces centrada en su propia evolución desde un régimen autoritario a una democracia, y el desierto le caía muy lejos.

 

Después de mucha sangre, demasiadas lágrimas y mucho esfuerzo, se mantiene la esperanza de los saharauis, pero siempre en el filo de la navaja, porque los intereses de las grandes potencias propician la existencia de regímenes autoritarios allí donde haya materias primas, sea petróleo, gas natural o fosfato, y en el Sahara hay de todo eso, además de tener una costa con uno de los bancos pesqueros más ricos del planeta.

 

España fue potencia administradora del antiguo Sahara Español, que es un territorio de 266.000 km2 que ocupa una franja costera del Atlántico en la parte más occidental del gran desierto del Sahara. Las pretensiones marroquíes carecen de cualquier base histórica, porque puestos a ser imperialistas, España tuvo soberanía sobre el territorio desde 1509, Portugal le reconoció el derecho a ocuparlo. Se sabe que Uad Nun fue tributario de Castilla y en Tarudan residía un representante de la monarquía. Más tarde, en 1545, José Sáenz de Urraca fue enviado como Comisario Regio para evitar que los ingleses de Tarfaya establecieran una factoría. O sea, que por historia que no quede, y encima, en 1957, España concedió al territorio el rango de provincia.

 

África fue triste cuando la Guerra de Marruecos, que conocemos en toda su dimensión gracias al novelista Arturo Barea, y mítica cuando los soldados del franquismo iban a hacer la mili a aquel lugar que era el certificado de que España era en verdad un imperio. Y ese aire de África imperial llegó a ser tan español como el Cid Campeador, que, en versos de Pemán, entonces cabalgaba con camisa azul por el cielo ibérico, desde El Pardo hasta Meirás, desde Ayete hasta la empantanada inauguración de Entrepeñas y Buendía. Franco, al revés que Primo de Rivera, nunca cerró una guerra, pero acabó con África, la de los cantares de gesta con gorra azul de regulares o carta blanca sangrienta a los Tercios de la Legión, más suya que de Millán Astray. Mientras Franco agonizaba entre salvajes cuidados, el poder civil se impuso a pesar de su interesada irracionalidad, y la indignidad de unos no pudo arrastrar consigo la entereza de otros.  Unos meses después, el 28 de febrero de 1976, cuando las últimas barcazas militares abandonaron Cabeza de Playa en la costa sahariana de Cabrerizas, el Sol, quizás por última vez, besó la frente del soldado imperial que, disciplinado, digno como soldado pero sabiéndose hombre fugitivo, abandonaba, sin el motín que la rabia exigía, el último suelo que pudo parecer un imperio. Cuando pase aún más tiempo y se agrande desproporcionadamente la Historia, conoceremos si el drama del pueblo saharaui tiene un final honesto, o si para siempre la vergüenza española sigue dando la espalda al sol.

 

Para mayor deuda histórica, hay que recordar que, en 1960, la XV Asamblea General de la ONU aprobó la declaración sobre la concesión de independencia a los países y pueblos colonizados, y en 1966 el Comité de Descolonización plantea la independencia del Sahara Occidental. Un año después, España accedió a organizar un referéndum para la autonomía de la zona, pero el asunto se canceló por las disputas entre Marruecos y Mauritania.

 

Por lo tanto, la zona está abocada a una permanencia de la situación, en la que pierden tanto los saharauis como el pueblo marroquí. A España sólo le quedaría la vergüenza torera de presionar para que no se sigan amontonando planes que van desde Pérez de Cuéllar hasta James Baker, y finalmente todos conducen al mismo sitio: al inhumano e injusto destierro del pueblo saharaui. Pero ahora, tal vez para salvar torpezas circunstanciales, Madrid saca una carta nueva de la bocamanga, una carta que, ya lo estamos viendo, no consigue aminorar los conflictos que se plantean en el argumentario. Si alguien te engaña, es culpa suya, pero si lo hace nuevamente (por enésima vez), es culpa tuya por fiarte de palabras sin solidez, porque, encima, no hay una sola firma de por medio. Vamos, el cuento de La Lechera, mientras Canarias sigue festejando.