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¡Viva Dante!

 

 

Esta entrada al nuevo curso (escolar, político, judicial, deportivo…) es, como todos los septiembres, una especie de principio de año, y casi todos los procesos suelen ir a caballo de dos años, porque el pase de diciembre a enero no es más que hacer saldo cuentas y punto y seguido. De cada septiembre se espera algo distinto, que al menos sea el principio de un cambio a mejor, que se arregle lo del Poder Judicial, que se camine hacia un consenso educativo que no cambie las leyes y el sistema cada vez que cambia el partido gobernante, que La UD Las Palmas y el Tenerife asciendan a Primera División, que nuestros representantes parlamentarios y el gobierno y la oposición que las urnas (sobre todo los pactos) determinen se dediquen a poner en marcha los puntos que importan al interés general, que…

 La Puerta del Infierno (Auguste Rodin y Camile Claudel)

 

Este septiembre se ha encargado, como en La Divina Comedia de Dante, de que nos fijemos desde el principio en la leyenda que está escrita en el dintel de la puerta del infierno (Perded toda esperanza). Nada va a cambiar, los responsables de que las cosas funcionen de manera lo más justa posible parecen no haberse enterado de nada, o bien se saben demasiado bien la lección y hacen exactamente lo que dice el catón que ha imperado desde que el ser humano se hizo sedentario y necesitó organizar el mundo que nacía y que es el que llega hasta nosotros. Es obvio que, en miles de años, la única organización que se ha conseguido es la lucha por el poder y la riqueza, y como contrapartida la esclavitud, el feudalismo y la pobreza. Y todo ello, frecuentemente bien especiado de dolor y regado con sangre. Vamos, lo normal.

 

Es como si septiembre hubiera aparecido con una pancarta en la que está escrita la sentencia de Dante. Ya se iba agosto cerrando la primera hoja de la puerta de una época con la muerte de Gorbachov, y el 8 de septiembre quedó certificado el final definitivo de los últimos estertores de un tiempo que empezó con la bomba de Hiroshima y falta por saber cómo acabará. Esa certificación fue el fallecimiento de la Reina Isabel II, último personaje que atravesó en su trono volador la época más próspera de Europa Occidental en toda su historia, de principio a fin, con los ecos del Estado del Bienestar que era solo un colchón para que los europeos creyeran que era mejor eso que el férreo stalinismo de la URSS. La llegada de Gobachov al Kremlin fue el principio del fin de la URSS y el comienzo de un proceso que entonces llamaron globalización y que no era más que el regreso a una economía desigual que ya creíamos cerrada bajo siete llaves.

 

Supongo que, salvo que alguien sea ciego, pocos han podido escapar al intento de hipnotización colectiva que es el dilatado ceremonial de la despedida y el entierro de La Reina, y la confusa y a la vez muy clara proclamación del nuevo rey británico. Horas y horas de televisión, ceremonias con mucho oropel y olor muy rancio que lucen como una película de Disney. El mundo virtual, que hoy lo domina todo, ha hecho posible llevar a la práctica una idea, que está entre lo futurista y lo apocaliptico, y que ya adelantó hace 2.500 años el pensador chino Confucio: “Aprender sin pensar es inútil, pensar sin aprender, muy peligroso”. Las redes son un instrumento que hace creer a los humanos que tienen el mundo en una sola mano, pero en realidad los ha convertido en fuentes de información que se utiliza para esclavizarlos sin que se den cuenta.

 

Lo que se está haciendo con la despedida de Isabel II en horas ininterrumpidas de retransmisiones, es dejar sentado quién manda aquí. En una democracia normal (incluso en la británica) las sucesiones se producen con un acto de nombramiento de los nuevos mandatarios frente a un parlamento representativo. En el Reino Unido, la sucesión monárquica se hace con los plazos y los ritos de hace siglos, algunos incluso medievales. Es cierto que el nuevo rey ha comparecido ante los parlamentos de Westminster y Escocia, pero ha sido casi una deferencia, porque quienes proclamaron rey a Carlos III fueron sociedades, la Iglesia Anglicana, órdenes y consejos que vienen de muy lejos y se mueven en torno a la monarquía, no a la democracia. Quien primero lanzó el esperado “Dios Salve al Rey”, que lo consagraba como monarca del Reino Unido, fue el máximo representante de la Orden de la Jarretera, que se compone de personalidades nombradas por el rey o la reina, y en cuya elección no participa el pueblo ni el parlamento. La pescadilla que se muerde la cola. Son muy espectaculares las casacas con pasamanería dorada y los gorros de piel de oso, pero en el fondo es un mensaje que dice: somos nosotros los que decidimos, y no se hable más.

 

Tener al nuevo rey y al cadáver de la reina difunta como cajas de turrón es una manera de legitimar por la vía del trágala algo que, por mucho protocolo y mucha traición que le echen, solo es aprovechar el pasmo de la mayoría del pueblo y confundir con una puesta escena entre fantasiosa y macabra. Todo muy vistoso pero rancio, muy rancio. Por aquí, y aprovechando que el Támesis pasa por Londres, nos siguen enviando el mensaje de Dante, y la constatación de que nos han hecho perder la esperanza es que el gran debate nacional es cómo se va a vehicular la presencia del rey Emérito en los funerales de Londres. Como no hay asuntos de los que ocuparse… Pues nada, ¡viva Dante!

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El imprescindible Yeray Rodríguez

 

Hablar de cultura popular de Canarias es materia para muchas tesis doctorales (algunas son ya realidad); pero si queremos fijar un punto de inflexión contemporáneo, tenemos que usarlo con nombre y apellidos, Yeray Rodríguez, que es el vértice del renacimiento de los, durante años, murientes romance, copla y décima popular, con sus últimos practicantes ya con edad muy avanzada y abocados a convertirse en arqueología una vez desaparecieran las últimas personas que improvisaban o que escribían para que circularan como los antiguos pliegos de cordel y cantares de ciego, y que la gente solía conocer de memoria después de mucho repetirlas. Hay que reconocer también que, para evitar tan terrible pérdida, ha sido fundamental la inmensa labor investigadora y difusora, con miles de kilómetros a su espalda, del  profesor Maximiano Trapero.

 

Foto tomada de Artenara Turismo

 

Sería muy largo explicar con detalle fenómenos como la repentización o el uso del verseado tipo romance, las coplas y, sobre todo, la décima espinela, estrofa de una musicalidad luminosa. A todo ello ha dedicado años y años Yeray Rodríguez, con la afortunada conjunción de que, a su gran talento creativo en el verso, une su dominio musical del género, y una voz con una capacidad de transmisión extraordinaria. Para mayor gozo, Yeray es doctor en filología, conocedor por lo tanto de los caminos de nuestra lengua, y un hombre con una sensibilidad muy especial para la poesía. Esto contribuye, además, a que los versos improvisados por este poeta singular, tengan una intencionalidad a menudo más profunda que el elemento narrativo o pícaro que es propio de estos géneros, concebidos como divertimento, pero que también pueden conciliarse con asuntos más serio, como cien años atrás hicieran La Perejila y, sobre todo, Víctor Fernández, el Salinero de Lanzarote, en sus afortunadamente muy conocidas Seguidillas, gracias a la edición que hiciera  hace más de cincuenta años Agustín de La Hoz, otro mojón en el camino, y que luego una selección fuese grabada por Los Sabandeños «pata negra».

 

Y es ahí donde está la ingente aportación de Yeray Rodríguez. Cuando hablamos de literatura popular o de verseadores repentistas, siempre imaginamos expresiones del campesinado iletrado y que muchas veces concentra su valor en conocer esas expresiones que reflejan un modo de vida ya extinto. ¿Es que las personas con instrucción letrada o los urbanitas no son pueblo?  ¿Es que el tiempo se paró cuando desaparecieron nuestros bisabuelos? Eso parecen empeñados en resaltar cuando se alude a las costumbres, cantos y ritos  que siempre tienen que ver con la agricultura, la pesca y si acaso el mercado de los intermediarios. Pues no, la cultura popular es mucho más que eso, se trata de raíces e identidad, que pertenece a todos los estamentos sociales.

 

Este recorrido, que empieza en los años treinta del siglo pasado de la manos de personajes como Los Huaracheros, Néstor Martín-Fernández de la Torre, Néstor Álamo y muchos nombre más es lo que hacían entonces en Andalucía Manuel de Falla, García Lorca y don Antonio Chacón, que dieron lugar a que el flamenco transcendiera y junto al rescate llevara la semilla de la renovación, por eso hubo un Camarón y el flamenco es esencia y evolución, porque cada generación aporta elementos a esas señas de identidad.

 

Es exactamente lo que hace Yeray Rodríguez, que, aparte de deleitarnos en los escenarios con sus prodigiosas capacidades, lleva años sembrando semilla de identidad, y la muestra estuvo, una vez más, en los niños y las niñas que pudimos ver en la romería del Pino hace unos días. Es un trabajo inmenso que tiene a Yeray como bandera, y hay que decirlo bien alto, porque no se le caen los anillos por confrontar su talento con el de un rapero como Arcano. De todo lo bueno que ocurra en el futuro, por su docencia incansable, mucha culpa tendrá un figura catalizadora, querida y admirada como es Yeray Rodríguez, que, encima, es sencillo y buena gente.

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La perversión de lo público

 

 

En los últimos dos años y medio, la Sanidad Pública ha estado en el disparadero y se han evidenciado las carencias que tienen muchas causas y casi nunca están en el personal sanitario, sino que tienen que ver con asuntos políticos, económicos y administrativos. De repente, se nos echó encima una pandemia que, al tiempo que dejaba en cueros muchos problemas en la atención a los enfermos, también servía para encubrir temas que posiblemente habrían estallado de no ser porque, con la avalancha se nos venía encima, se justificaban muchas cosas, y se siguen justificando, sean listas de espera, servicios de urgencias o el último eslabón de la cadena, la Atención Primaria.

 

 

No vamos a negar el estrés a que fue sometido el sistema en la pandemia, y la ciudadanía respondió a ello cuando salía a aplaudir cada tarde durante el confinamiento. Pero ese aplauso era un grito desesperado para que se tomaran medidas adecuadas, la principal, aumento del personal sanitario. Tampoco negamos el enorme desgaste de este personal, que, en la primera ola, se enfrentó a la pandemia con pocos medios y a pecho descubierto, porque, por no haber, no había ni mascarillas suficientes. Muchos, por torpeza de otros de más arriba, pagaron con el contagio, y tristemente también con la vida. Asimismo, hay que resaltar el esfuerzo y la eficacia en las distintas campañas de vacunación. Olvidarlo sería mezquino.

 

Ahora, que se trata la pandemia en pasado, y se hace “vida normal” hasta en los colegios, sigue muriendo gente, y tratamos de entender que hay que seguir adelante y aprender a convivir con el virus. Nos damos cuenta de que la gente también enferma y muere de enfermedades que no son la covid, e incluso vemos indicios de que se ha aprovechado el río revuelto para dar más pasitos hacia la privatización. No se han hecho los deberes prometidos y el panorama sanitario es aún peor que antes de la pandemia. Básicamente es por falta de medios y de personal, porque se han limitado a hacer santos a los y las sanitarios, mientras los revientan de trabajo. Y no fue lo que nos dijeron entonces. Otro problema de la Sanidad Pública es que se libran batallitas de poder entre los responsables de algunos servicios, y en medio pillan al personal sanitario y, sobre todo, a los pacientes. No es ningún secreto, salta cada día a los medios y lo vive quien tiene la necesidad de acudir a alguno de estos servicios.

 

Lo que digo puedo argumentarlo, incluso documentalmente, porque he vivido muy de cerca el trato que se da en algunas Urgencias a las personas mayores. Un anciano que tiene todas sus facultades mentales y con movilidad que le permite independencia, sufre un ictus cerebral, le hacen pasar 24 horas en un pasillo con la mínima atención (seguramente no se puede más), pero al cabo de ese tiempo ni siquiera se comprueba que es capaz de caminar y que el ictus tenía los parámetros que aconsejaban unas actuaciones neurológicas inmediatas, porque hay que acudir antes de que el daño esté hecho y sea irreversible. Nada se hizo, y al anciano lo enviaron a casa porque era un nonagenario por lo visto prescindible según una especie de triage propiciado para estos accidentes vasculares, en los que se valora únicamente la edad.

 

No es que se tomen decisiones erróneas, eso es humano, es que parece que cuando se cumplen determinados años no se tiene el mismo derecho a la vida, bajo la disculpa de que medicar o intervenir puede ser peor, cuando hay parámetros para saber cuándo sí o cuándo no, en una mujer de 32 años o en un anciano de 96. Esos indicadores se conocían, y determinaban que se podía actuar, pero pesó más la edad. La consecuencia es que le han quedado secuelas que le afectan al habla, y, según otros neurólogos consultados fuera de lo público, podría haberse evitado. No se actuó y me temo que esa decisión no es una negligencia puntual, sino un falso triage, porque este se aplica en otras circunstancias, no en un servicio de Urgencias normal, que no está siendo invadido por una avalancha debido a un hecho catastrófico. Y las demás enfermedades siguen ahí.

 

Tanto en Sanidad como en otros servicios públicos y privados, la cita previa marca una distancia tremenda y crea inseguridades. Y no son pocos los casos en que se ha viciado porque, si es la única manera de conectar con un servicio, estaría bien que cogieran el teléfono, o que sus páginas web estuvieran operativas en perfectas condiciones. Casi nunca ocurre.  Nos tienen entretenidos con un debate ruidoso sobre un grado más o menos de temperatura en el aire acondicionado, o la iluminación de un escaparate, mientras lo verdaderamente importante queda en manos de politiquerías sectoriales. Francamente, que reediten o no el llamado Pacto de las Flores empieza a importarme muy poco, porque al final, las dinámicas acaban siendo las mismas: desidia, abandono y muchos proyectos que nunca cuajan. Aquí lo único que se concreta con dinero y con medidas tangibles tiene que ver, directa o indirectamente, con lo mismo. Es lo que hay.