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Parece que se ha quedado buena tarde

 

El mundo está tan complicado, las pieles están tan finas y a la vez los cuchillos tan afilados, que casi mejor callarse porque, aunque opines lo mismo que alguien sobre un asunto, te pueden crucificar porque una de las palabras de tu discurso le ha parecido a alguien que es homófoba, sexista, xenófoba o simplemente al nombrar dos ejemplos de algo has colocado uno antes que el otro y ahí se choca con la diversidad de criterios, porque se puede pensar que el más importante debe ser el primero, o, por el contrario, que debe ser el último y el otro va antes, de telonero. Por lo tanto, aunque uno vea disparates gigantescos o dé datos comprobados sobre algo, que no convengan al otro, lo mejor es hablar del tiempo, y eso con cuidado, porque nunca se sabe si los calores de este otoño alguien los achaca al cambio climático o a ciclos, porque en no sé qué año por lo visto también hizo calor.

 

 

Uno opina sobre lo que cree conocer, pero nunca acabamos de saberlo todo sobre nada. Diciendo o rebatiendo se van formando opiniones que pueden desembocar en ideas provechosas. Así fue siempre (salvo en sociedades tiránicas), pero, por lo visto, hasta aquí hemos llegado. De modo que, hoy, pensando que estamos a un mes del sorteo de lotería de Navidad, tampoco hablaré de él porque, aunque no es debatible que sea el 22 de diciembre (es un dato), tienes muchas posibilidades de que te corran a gorrazos, bajo la argumentación de que es una incautación del fisco en los bolsillos de la ciudadanía, porque jugar con el azar es de supersticiosos, pues lo que vale es el fruto del trabajo de cada persona, o yo qué sé con qué pueden salir. Atrincherado en que no quiero entrar en ese juego, he decidido que voy a tomarme una cerveza, yo solo, en una terraza, mientras veo pasar a la gente.

 

Pido una cerveza fresquita para contrarrestar el sofoco del camino, y “algo para acompañar”; dejo la elección en manos de la camarera, porque no sé si es defensora de los anacardos, opositora acérrima de las papas fritas de bolsa, teórica de las propiedades de las nueces, y a saber qué relación apacible o tormentosa habrá tenido con los pistachos, las aceitunas o las almendras. Pues que escoja ella y así no hay posibilidad de encontronazo. Se va la camarera a buscar la comanda y yo me relajo viendo pasar a parejas de compras, otras con bebé en un carrito, caballeros hablando a gritos por el móvil, señora paseando un perro de pedigrí rarísimo, y mujeres solas, pero sin fijar la vista para que no haya malentendidos.

 

Llega la camarera con la cerveza, tomo un sorbo y detecto que está tan fría y apetecible como esperaba. Se ha olvidado del acompañamiento y vuelve a buscarlo. Aparecen en ese intervalo dos conocidos, que se dan por invitados a la mesa y se sientan. Mi gozo en un pozo. Vuelve la camarera con una bolsa de papas fritas (yo me lo busqué), y mis conocidos piden sendas cervezas y aplauden mi elección de la marca que yo tenía casi intacta. Piden frutos secos variados para picar, mientras estrenan sin compasión mi paquete de papas. Cuando, unos minutos más tarde llega su pedido, entiendo que mi propósito se ha truncado; uno de ellos se muestra muy molesto porque por lo visto las nueces le producen no sé que malestar, y menos mal que en el popurrí no hay pipas de girasol, lo que sin duda desataría una oda a la valentía ucraniana, una crítica severa a Putin, un cabreo por el papel de Europa, lo bien que le está viniendo a Biden en su reflotamiento de la OTAN o un mitin poniendo a caldo a Zelenski, que todo puede ser.

 

Aunque no soy aficionado a la tauromaquia, tengo que hacer uso una y otra vez del capote para desviar conversaciones que llevan directamente al barrizal: que mira tú qué ley hizo la ministra esa (se expresa como si la ministra de Igualdad se hubiera levantado un fin de semana aburrida, y se puso a redactar una ley en una libreta, se la llevó el lunes al ministerio y ya está hecha la ley, ella solita).  El otro no lo desmiente, pero alega que la ley es buena pero que, según su cuñado que es un lince, los jueces están haciendo lawfare (¡toma ya!). Y capotear tanto agota.

 

El momento crítico llega cuando me aconsejan que el artículo que yo debería escribir tendría ser sobre lo que hablaban (dos artículos claro, y contradictorios), y es cuando digo que mejor hablábamos de fútbol, y ahí arruino definitivamente la tarde, porque sale lo del Mundial de Catar, los cantantes que iban a cantar, pero no fueron, los estadios llenos a la fuerza, como una representación teatral retransmitida al mundo. No opino sobre nada, y cuando digo aquello de “pues parece que se ha quedado buena tarde”, se quejan de que hace viento y se van sin pagar. Pido la cuenta y me voy a casa. Me encierro en la cocina, desconecto el móvil y me sirvo una cerveza helada, porque la de la terraza perdió el frío, ocupado en hablar sin decir. Se me ha despertado el reptil individualista, pero les juro que en legítima defensa. Ha costado, pero al final sí que ha quedado buena tarde. Solo.

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Confunde que algo queda

 

Sigo sin entender el ritmo y los argumentos de la politizada sociedad en que vivimos. Se supone que, cuando se está al frente de las administraciones de un territorio, hay que tomar decisiones y explicarlas, para que la gente sepa qué ha de hacer. Esto se puede hacer mejor o peor, depende de las circunstancias, pero es impresentable que, en lugar de ponernos la cabeza como un bombo con lugares comunes, frases hechas y promesas que casi nunca se cumplen, dijeran claramente qué van a hacer y por qué; cuando hubiera que aventurarse en grandes proyectos o cambios que afectan a todos, hay que abrir un debate, explicar al detalle y, si fuera el caso hacer un referéndum con toda la información sobre la mesa.

 

 

Pero, claro, eso sería encomendarse a movimientos como el Foro de Sao Paulo, ejercer la democracia participativa y otras menudencias de las que nunca se ha oído hablar por aquí, o se habló, pero lograron acallar el ruido desde que se dieron cuenta de que la caída del Muro de Berlín (1989) les dejaba manos libres para hacer el mundo a su medida. Democracia sí, pero de la que nosotros controlamos, que para eso somos neoliberales y hay algunas conquistas de las clases medias y del mundo obrero que nos obstaculizan ese control que necesitamos.

 

Es decir, hace más de treinta años que están dándole vueltas a esta peonza, aprovechando crisis sobrevenidas o provocándolas cuando es necesario, y en ese listado entran las dos guerras de Irak, el atentado de las Torres Gemelas, las dos guerras de Afganistán (una fortaleciendo a los talibanes contra la extinta URSS y otra contra ese monstruo que Occidente creó), las hambrunas, los tsunamis, el cuento de las energías y, ya puestos, la hipocresía, la confusión generada o el silencio impuesto que ha rodeado todo el proceso del covid-19 a nivel planetario. Ya, lo de la guerra en Ucrania es el hervor que faltaba.

 

Sé que todos estos hechos que enumero parecen muy grandes para que podamos hacer algo contra ellos con nuestras leves fuerzas. También ocurre que, como la mayor parte de ellos ocurren supuestamente muy lejos de España, y Canarias es el último confín del Estado, se puede pensar que no influyen en nuestra diaria vida en la que nos enteramos de lo que pasa en el mundo por lo que nos cuentan los gigantes mediáticos, mientras se deja que se consuman en su propia salsa los desaparecidos Derechos Humanos que tanto dicen defender. No hay que ir muy lejos para comprobar esta desidia generada por no se sabe quién, pero que está tan bien organizada que sería imposible que todo surgiera por casualidad y a la vez. Hace unos días, escuché por la calle cómo un ciudadano decía a otro que un pañuelo o un burka de más o de menos en Teherán o en Kabul no iba a afectar a su vida personal, y que si las mujeres de esos países son privadas hasta de la escuela es asunto de ellas (ya sabemos qué fácil es que miles de niñas afganas se levanten contra el fanatismo hipermachista de los varones, incluso sus propios padres o hermanos).

 

Pero sí que nos afecta, y seguimos con las políticas de la ocultación y el engaño, tratando de aparentar que todo está bien, que se avanza en esto y lo otro o que quienes no están en el poder, cuando lleguen, van a arreglarlo todo de un plumazo. ¿Qué van a arreglar, si el mundo actual lleva trabajándose desde que, hace 30 años, se decidió el cambio de dinámicas, con el cuento del desarme nuclear y la colaboración con el Tercer Mundo, que poco después empezó a llamarse Globalización?

 

Por aquí no he encontrado a dos personas que me digan exactamente qué es lo de Chira-Soria, porque el otro problema es que para apoyar u oponerse a un proyecto debiera haber información y debate, lo mismo que en el tren del sur de Gran Canaria, que es una declaración de intenciones de que aquí solo se va a trabajar en asuntos cercanos al negocio turístico. Cuando alguien dice que han cambiado el trazado en el proyecto nuevo, y ahora necesita más territorio y se harían expropiaciones, uno se pregunta qué tenía de malo el trazado anterior que aprovechaba la mediana de la autopista, o qué necesidad hay de montar un pollo urbanístico considerable para que llegue a Santa Catalina.

 

Claro, por supuesto, nosotros somos simples mortales que nada sabemos, ni lo entenderíamos si lo supiéramos, a nosotros no nos ha revelado el futuro una voz sobrenatural proveniente de una zarza ardiente. Por eso no nos dicen cómo va de verdad el asunto de la divisoria con Marruecos de las aguas territoriales, cuándo va a entrar en funcionamiento la Metroguagua, qué trapisonda entreguista se han montado para que los puestos de trabajo fijos en Educación vayan a recaer en manos de personas de otras comunidades, porque aquí algo se ha hecho mal o no se ha hecho, en qué proyecto demográfico racional para el futuro se está trabajando… Pero, tranquilos, que ya empieza el supermundial de fútbol de los Derechos Humanos.

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Los humanos y los perros

 

Leo casi cada día que van apareciendo exoplanetas, que estás a miles o millones de años luz y que, aunque las condiciones fuesen similares a las de La Tierra, es imposible que lleguemos a tener contacto son ellos. Hay algunos que están más allá de donde podría llegar un objeto a la velocidad de la luz; es decir, que, con la duración estimada de supervivencia de La Tierra, llegaría a ese exoplaneta cuando ya el nuestro lleve millones de años atomizado contra el Sol; o que ese planeta lejano ya no exista porque lo único que veíamos era su luz mucho después de que desapareciera. De hecho, muchos de los puntos de luz que vemos en el cielo son de astros tan lejanos que ya no están, y lo que nos llega es su luz.

 

 

A mí todo esto del cosmos, la antimateria, los agujeros negros y demás me da vértigo, porque hace que cuando hablamos de dimensiones tan descomunales nos planteemos asuntos de mucha enjundia filosófica. Creo que avances como los conseguidos por Copérnico, Galileo, Newton, Kepler, Einstein, Hawking o Higgs sitúan al hombre en su justa medida, una pequeñez casi inapreciable en la inmensidad del Universo. Por eso mismo no entiendo muy bien esa fiebre por encontrar planetas habitados, que, de existir, serían inaccesibles para el hombre sencillamente por un problema de medios, distancia y calendario.

 

Mientras tanto, parece que no nos impresiona que la gente se suicide porque le arrebatan su casa, o que millones de niños mueran de inanición en África. Ya tenemos idea de nuestra diminuta humanidad en el inabarcable cosmos, y si habitantes de otros mundos (que puede haberlos, yo no lo sé) pueden llegar hasta nosotros por medios que aun los humanos somos incapaces de atisbar más allá de la teoría (Einstein), pues vale, ya nos dirán cómo se hace, aunque no lo creo, porque cuando dos civilizaciones entran en contacto generalmente la más avanzada engulle a la otra.

 

Lo mismo que nuestros astronautas van a conocer y dominar La Luna, y dicen que van a intentarlo con Marte, que dicho sea están deshabitados, si hubiera selenitas o marcianos sería como cuando una nación invade a otra, y eso de los extraterrestres buenos de la ciencia-ficción es poco creíble, y me creo más las historias de los que vienen a invadirnos. De modo que, como está el patio, no me produce efecto alguno que me digan que a no sé cuántos años luz hay un planeta habitable, e incluso me quedaría igual si dijeran que tiene sus gobiernos, sus diversiones y hasta su liga de fútbol, porque no significa nada en la fugaz vida del hombre sobre La Tierra. Y menos en su felicidad.

 

En nuestra sociedad actual se dan situaciones muy contradictorias. Dentro de la buena fe de proteger a los animales, se está tramitando una ley muy estricta, hasta el punto de que exige que, antes de tener un perro, haya que hacer un curso. No es que vea mal el bienestar animal, pero me sorprende que se camine en esa línea y no haya una vigilancia meticulosa y con capacidad sancionadora en su caso para las residencias de mayores y discapacitados, de manera que en estas se dan a menudo historias que son casi de terror, y generalmente no pasa nada o muy poco. Porqué esa fiebre para proteger a los animales mientras es pura desidia la protección de los sin techo, de las familias muy pobres o, simplemente, se pone en la calle la gente sin medios, o nada se hace para acabar con el chabolismo. ¿Por qué es muestra de insensibilidad y hay castigo para ello cuando la victima es un animal, y nada ocurre cuando dejan abandonados a los mayores en los hospitales o, peor aún, en una gasolinera para no llevarlo de vacaciones? ¿Qué puede haber en la cabeza de quien hace eso?

 

Insisto en que me parece muy bien que se proteja a los animales contra la brutalidad e insensibilidad humana; de hecho, es necesario hacerlo, y me alisto con los que aman a esas criaturas tan cercanas que nos transmiten un cariño insobornable; pero una sociedad sana y madura debiera tener esos mismos cuidados con los humanos desvalidos, sea por infancia, vejez, pobreza o enfermedad. Parece una paradoja, pero es una triste verdad.  Por eso, cuando me hablan de que existe un planeta habitable al que llegaríamos dentro de miles de años (y eso, contraviniendo las leyes de la física hasta ahora conocidas), pienso en los desfavorecidos que cada día buscan un refugio para dormir, o un plato de comida, y me pregunto si tal vez sería posible que tratásemos a los humanos como dice la ley que hay que tratar a los perros.