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Olores y canciones de un 25 de julio

 

Cuando se escribe para que cualquiera pueda leer lo que escribimos, se supone que hablamos de un asunto que es suceptible de interesar a todos. Sin embargo, hoy van a permitirme que esta entrada la escriba pensando en una sola persona, aunque los sentimientos finalmente son parecidos en todos los seres humanos. De otra manera nunca nos interesaría la poesía amorosa, que fue escrita por alguien pensando en otro alguien y no conocemos a ninguno de los dos porque, a menudo, ni siquiera se coincide en el tiempo.

 

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Hoy es 25 de julio, pero no es por eso por lo que es importante para mí este día, y si no les digo la razón de su importancia personal es porque en realidad estas líneas son solo para una mente sospechosa que guarda conmigo muchas complicidades y muchas mañanas de terciopelo. Cuando era niño veía pasar las parrandas camino de Tunte, y se me quedó grabado el olor a incienso de una romería en la que mis pocos años fueron presentados ante el Apóstol Santiago. El olor a incienso me recuerda siempre a un día lleno de cansancio físico, después de atravesar media isla a pie, en una nave lateral del templo parroquial de Tunte. Otro día de Santiago me vestí con traje y chaleco, y recorrí una interminable alfombra camino de un altar. Había una ola de calor como pocas veces se ha visto. El olor de aquel día era el de la granadina, que alguien me dio a probar en un combinado que se llama San Francisco. Había olido antes la granadina, y la he olido después, pero el olor que tengo grabado en mis neuronas es el del combinado que probé un día de Santiago en que yo me derretía dentro de un terno azul marino. Seguramente tiene que ver con quien me lo dio a probar.

 

Y es que ese 25 de julio despierta mi curiosidad, porque a uno le gusta saber qué cosas pasaban en el mundo en una fecha concreta. Es la versión al revés del «dónde estaba usted y qué hacía en el preciso momento en que sucedió tal hecho importante». La formulación que me hago es qué hacía el mundo mientras yo vivía uno de los tres días más importantes de mi vida. No consigo recordar qué pasaba en el mundo en aquella fecha, pero no olvido ni un segundo a quien  se agarró a mi mano para caminar juntos.

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El pensamiento social

 

El ensayista estadounidense afincado en Francia Thomas Chatterton Williams es hijo de un hombre negro (se niega a decir afroamericano) y una mujer blanca, está casado con una francesa blanca y tienen hijos que no se atreve a calificar de mulatos, mestizos o cuarterones, como se les habría llamado en la nomenclatura tradicional. Pone por lo tanto en solfa las categorías raciales, tal y como hasta hoy se han entendido, y por las mismas razones se posiciona como voz de la libertad de expresión absoluta en cuanto a las otras diferencias (sexo, religión, cultura, procedencia…), que suelen llamar minorías cuando a veces lo son y otras no, como es el caso de las mujeres, que suelen ser una población equilibrada por aproximación con la masculina, cuando no son directamente mayoría.

Pues Chatterton ha sido el artífice de una carta en la que se reclama la absoluta libertad de expresión y crítica, opiniones y argumentaciones de cualquier persona, especialmente de lo que vulgarmente se conoce como mundo intelectual.  La idea de que todos tienen que ir por el mismo camino es secular en las derechas conservadoras; ahora, la novedad es que las corrientes supuestamente de izquierdas están cayendo en ese mismo totalitarismo, y una sola palabra, incluso fuera de contexto, hace caer sobre cualquiera rayos y truenos, y así vemos cómo nombres siempre respetados en su diferencia son acusados de fachas, machistas o cosas peores, simplemente por tratar de argumentar matices de una idea general que suelen compartir. Pero todo ha de ser de una manera y solo de una manera.

 

La carta puesta en circulación por este ensayista ha sido respaldada por centenares de firmas, de personas tan prestigiosas como Noam Chomsky o Margaret Atwood, muy poco dudosas de ser racistas, ultraconservadoras o intolerantes. El propio Chatterton rechaza que los firmantes sean personas atemorizadas y resistentes al cambio. Ha dicho: “es gente preocupada por el clima de intolerancia, que cree que la justicia y la libertad están unidos indisolublemente. La gente asustada no firmó”. De hecho, algunos firmantes retiraron su apoyo cuando vieron la furia con la que fueron linchados en las redes sociales, tratándolos de traidores, y al fondo siempre la gran acusación: fascista. Resulta que es fascista quien que se separa un milímetro del pensamiento de un grupo o incluso una persona, o argumenta algo que no les suena paralelo a la idea imperante. Es decir, los pájaros contra las escopetas.

 

Tengo matices de opinión distintos a muchas voces e incluso ideas opuestas por el vértice, pero siempre que sean argumentos y no insultos creo que tienen derecho a manifestarse, y yo a rebatir esas ideas. Es el toma y daca del pensamiento desde los clásicos. Se atribuye a Voltaire la frase “estoy en desacuerdo con lo que dices, pero  defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”, aunque en realidad eso nunca lo dijo el filósofo francés, ya que se trata de una expresión de su estudiosa y biógrafa, la ensayista británica Evelyn Beatrice Hall, que, ya en el siglo XX publicó el libro Los amigos de Voltaire, y al poner esta frase en boca del francés quería dar a entender el inalienable derecho de expresar el propio pensamiento y de rebatir al adversario intelectual que siempre fue bandera de uno de los fundadores de la modernidad en la que hemos vivido durante más de dos siglos y que nos ha hecho avanzar en la democracia, el respeto y la justicia.

 

Por ello, en tiempos en que se descalifica sin argumentos y se insulta a quien simplemente no nos cae bien, es muy importante rescatar la libertad de pensamiento y debate, desde la derecha y desde la izquierda, porque constreñirlo todo a una opinión única (que a veces los es tanto que pertenece a una sola persona que incluso puede hablar por impulsos y no por reflexión) es como detener la máquina del pensamiento social. Desde la izquierda hay que ser más reflexivo y activista en la búsqueda del debate y el aislamiento del insulto, porque la derecha ultraconservadora tiene desde hace siglos el mismo discurso, y estamos cayendo en sus mismos vicios totalitaristas. No es clasismo si digo que no puede tener el mismo peso la opinión de alguien espontáneo que salta con una descalificación sin argumentos que un discurso elaborado; si no estamos de acuerdo, tenemos el derecho y a veces el deber de rebatir sus razonamientos, no a la persona.  Esta carta impulsada por Thomas Chatterton Williams es por lo tanto muy necesaria.

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Juan Marsé entre la realidad y la ficción.

 

Ha muerto Juan Marsé, el último de los grandes novelistas españoles del siglo XX. Como homenaje, rescato un fragmento de una novela inédita que todavía ni siquiera tiene título, que se mueve entre la realidad y la ficción, y que creo que define a una figura que, por su calidad literaria, por su generosidad y por su carácter, siempre me recordó a nuestro gran poeta Juan Jiménez, incluso físicamente, y no es raro que trabaran amistad en una época en que nuestro poeta paraba mucho por Barcelona. Este es el fragmento:

«Los santones tomaron al adolescente españolito como su grumete en sus interminables travesías intelectuales o burlescas, de las que él solo entendía un porcentaje muy pequeño, porque no estaba ni de lejos tan preparado como ellos y porque aquello parecía la torre de Babel, donde se hablaba inglés, rumano, gaélico, árabe, algo de español y, por supuesto, el francés que funcionaba de comodín, que encima él no controlaba en lenguaje coloquial. Juntarse con ellos fue lo que puso sobre él la atención del inspector Rosales, encargado de la seguridad en el embajada española, y por sus comportamientos con una segunda misión más específica: espiar a todo el exilio español en París, por si estuvieran tramando algo, cosa que era verdad, aunque las tramas se diluían siempre fuera de las mesas de las brasseries y los veladores de los cafés por la imposibilidad real de materializarlas.

Alguna vez se sumaba a aquellas comidas un novelista barcelonés de aspecto muy hosco, que siempre tenía cara de cabreo, y que había publicado un par de novelas que habían tenido éxito de crítica y de ventas, y bastante suerte al pasar la censura española a pesar de que exponía de manera muy cruda el modo de vida de la posguerra. Era una novedad cuando acudía, pero siempre acababa ofuscado por algo que se dijo o se dejó de decir. Se lo tomaba todo de forma personal. Pero era su carácter, y cuando se iba, sabiendo de las penurias del joven prematuramente exiliado, y teniendo él ingresos importantes por el éxito de sus novelas –cuyas traducciones ya estaban en marcha en la editorial francesa Galimard-, deslizaba algún billete en su mano al darle el saludo de despedida, y a veces era de cien francos, una cantidad importante  entonces. El novelista con expresión de rabia y que solo parecía pensar en él y las protagonistas de sus novelas resultó ser una persona que miraba a su alrededor y actuaba en consecuencia. Pero tenía que mantener el tipo, y cuando un día al joven se le ocurrió darle las gracias casi lo fulmina con la mirada; no quería que se rompiera su imagen de duro que era como su carta de presentación».

Cada día, su figura seguirá creciendo, como pasa siempre con los más grandes. Que la tierra le sea leve.