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¿Qué no hay cambio climático?

 

Los que no acaba de creerse lo del cambio climático debieran tomar nota de los que está sucediendo. Los especialistas hablan de inviernos exageradamente frío y veranos irrespirables, pero quienes tienen capacidad para influir en que ese cambio se detenga no mueven un solo dedo. Es cierto que aparecen decretos, acuerdos y pactos a 10 o 20 años, pero lo cierto es que la incidencia inmediata en el clima es muy pobre, porque lo que prima, como en la pandemia, es el capitalismo enloquecido e irracional.

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Hace unos 20 años, estuve unos días es Madrid en enero. Hubo mal tiempo, y se consideraba espectacular que hubiera alguna dificultad en la carretera de El Escorial. Sobre el mediodía comenzó a nevar sobre el centro, Plaza de España concretamente, y la nieve aguantaba unos minutos sobre el suelo y luego se desvanecía. Pero se consideraba una rareza que, aunque fuese durante unos minutos, la nieve cuajara antes de diluirse en la lluvia siguiente. Alguien con años me decía que nunca había visto la Plaza de España blanca. Es decir, contar entonces que en la calle Fuencarral iban a acumularse 50 centímetros de nieve podría considerarse un disparate. Pero ha ocurrido ahora, y en toda la ciudad, hasta el punto de bloquear transportes de trenes y aviones. Los automóviles es que ni los encuentras, enterrados en nieve.

Claro, ahora, quienes niegan el cambio climático dirán qué es eso del calentamiento global con el frío que hace. Ya este argumento lo utilizó Donald Trump durante una tormenta de nieve importante que hubo en el Este de Estados Unidos. Y tiene su explicación, se han roto los equilibrios climáticos de siempre, y las grandes sequías empiezan a ser tan habituales como las inundaciones, las olas de calor sofocante o las tormentas de nieve como Filomena, con consecuencias que no recuerdan los más viejos del  lugar. Y ahora toda esa nieve se volverá agua, y esperemos que no haya una especie de veranillo en el que suban rápidamente las temperaturas, porque toda esa nieve acabará en los ríos, que si deshiela muy deprisa puede ser otro gran problema, porque habrá zonas en las que el agua desborde los cauces.

Otro de los detalles que hemos visto en estos días es el centralismo informativo. Media España se congela bajo la nieve y el frío, pero por lo visto el gran problema es Madrid. Cuando sigue la pandemia, cuando hay pueblos aislados, carreteras intransitables y problemas incluso de suministro, la noticia es que había una guerra de bolas de nieve en el centro de Madrid. En Canarias, Filomena ha dejado agua que está entrando en las presas, heladas y nieve en las partes más altas, y derrumbes en las carreteras de cumbre. La gente está contenta, pero el frío especial de estos días tiene algo de mágico, porque te estás congelando y resulta que los termómetros callejeros marcaban 17 grados. Frío de nieve que dicen los campesinos. Ojalá se tome conciencia de que realmente hay un cambio climático, que finalmente también tiene relación con las pandemias. El futuro depende de nosotros como Humanidad.

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UNA LLAMADA A LA CORDURA

 

Cada vez está más claro que quienes llevan el timón de esta sociedad han decidido apostar por la economía, y no quisiera ser tremendista, pero pudiera ser que hasta hayan calculado el coste que tiene en vidas humanas. Como cuando los norteamericanos decidieron entrar a saco en Vietnam, y calcularon los muertos, incapacitados y heridos que iba acostarles y su traducción en dólares. Pero había que hacerlo porque detrás había una industria que empujaba.

 

Si no es así, no se explica la locura continuada y por capítulos que comenzó con al Black Friday, siguió con el puente de diciembre, y luego Navidad, Nochevieja, Reyes.  Ahora dicen que amenaza una terrible tercera ola de contagios. Vamos a ver, eso se sabía desde finales de noviembre. Los dirigentes discutían si en las cenas y almuerzos familiares se sentaban 10, 6 o los comensales que fueran. Luego se ha visto que en esas reuniones familiares se han producido muchos contagios, pero nadie paraba, ni las autoridades ni los medios, que si tales productos para la cena, que si puede haber dos burbujas de convivientes, que si… Y la solución básica es que, lo mismo que no hubo fiestas de La Rama, El Pino o El Charco, dadas las circunstancias se para Halloween, el Black Friday (que a ver de donde salen) y todo hasta el siete de enero. Se pueden mantener los juguetes para la ilusión infantil y poco más. Hay un adagio popular que dice que en tiempos de guerra no se oye misa.

 

Pero no, lo que podría pararse con un confinamiento estricto mientras se hace la campaña de vacunación, queda al albur de los caprichos de este o aquella, pero siempre está la espada de Damocles de la economía. Me pregunto si hacerlo todo de una vez no resulta menos ruinosos que ir haciéndolo a cuentagotas y alargando sin rumbo. Por lo que veo, algo se les ocurrirá para San Valentín, para carnavales y todo lo que sigue detrás, que ya están protestando porque se ha dicho que este año en Sevilla no hay Semana Santa ni Feria de Abril.

 

Si a todo esto le sumamos las cabezas locas irresponsables que se creen invulnerables, ya está la tercera ola y todas las que quieran, que es burlarse de las ciudadanía responsable que trata de seguir las normas, y una desconsideración a las víctimas de esta pandemia, que ya empieza a sumar como una guerra. Así que lo único que se me ocurre por enésima vez es hacer una llamada a la cordura, de la gente y de los dirigentes, que hay prioridades vitales sobre las que no se debería pasar. Y pasan.

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¿Somos especiales los isleños?

 

Estamos tan saturados de una actualidad repetitiva, que ni el nuevo año parece que sea una gran novedad. Por ello desbarraré hacia la literatura, que es al mismo tiempo una manera de entender la insularidad. Es lugar común que la realidad supera siempre a la ficción, y el desafío que tiene todo novelista a la hora de contar algo basado en la realidad es que sea verosímil, y pudiera ser que el plano de consciencia absoluta no fuese el mejor aliado de un novelista. Y ese es el territorio de la ficción novelística que fabrico a menudo a mi pesar, a causa de esta enfermedad terminal -la escritura- que es común en toda persona que padece la neurosis de llenar páginas, con la pretensión no exenta de vanidad de que lo que escribe puede interesar a otras personas.

 

Durante las tres últimas décadas, hemos asistido muchas veces al debate de si existe realmente una literatura canaria. Y este es un debate que se resuelve con una paradoja (parajoda, que diría Carlos Fuentes): cada pueblo está mediatizado por su historia y su geografía, y debo reconocer que nuestra historia está llena de hechos e influencias que necesariamente han determinado una forma de ser colectiva, distinta incluso en unas islas que en otras, e incluso diversa dentro de cada isla.  Decir que existe una literatura canaria específica frente al resto de la literatura, como concepto especial y unívoco, es algo que no acabo de entender.

Los canarios, por historia, geografía y sociedad, escribimos bajo esa influencia. Es cierto, pero también lo es que bajo esas mismas influencias escriben los extremeños, los islandeses y los nigerianos. Y se produce entonces la mencionada paradoja: precisamente porque tenemos nuestras propias coordenadas, porque somos distintos -como todos-, somos iguales a los demás. Seguramente este argumento puede ser usado al revés, y ese doble uso es el que me hace pensar que nuestra literatura es simplemente literatura sin más apéndices que los de la lengua en que se escribe. Por lo tanto, no encuentro qué diferencias notorias hay entre un escritor canario y otro que no lo es. Además, a la velocidad que avanzan la tecnología y la comunicación, cada día es más difícil ser canario, lituano o neozelandés. Siempre sabemos exactamente donde empieza y acaba nuestra tierra, que crece y disminuye en superficie dos veces al día en razón de lo que suben y bajan las mareas. No hay un hecho geográfico más influyente que la insularidad.

Pero esa insularidad que nos hace especiales no es exclusiva de los canarios. En nuestro planeta hay más de cien mil islas habitadas, todas ellas con su geografía, su historia y sus costumbres; por poner un ejemplo, solo en Filipinas hay más de siete mil islas, por lo que es matemático que los filipinos son mil veces más isleños que nosotros. Así que, tampoco la insularidad es un valor tan raro. ¿Es que en el caso de que se estime que existe o no una literatura canaria específica voy a cambiar mi forma de escribir? No lo creo, ni yo ni nadie. Por lo que se respira por ahí, ser escritor canario parece implicar una especie de nacionalismo literario. Soy escritor y canario, y sin embargo no sé qué significa todo eso; debo ser un caso perdido. Es frecuente que, cuando alguien tiene noticia de que escribo novelas me suelta la pregunta de imposible respuesta: “¿Escribe novelas canarias?” No sé a qué se refiere. Supongo que, si son escritas en Gran Canaria por alguien nacido en la isla, las novelas serán canarias. No sé qué gentilicio merecerá la parte de mi obra que transcurre en el vecino territorio del Sahara Occidental, o las secuencias que tienen su escenario en Latinoamérica, Madrid, París o Barcelona. ¿Y las partes de algunas novelas que fueron redactadas fuera de Canarias son literatura canaria?

Por lo tanto, creo con otros muchos que la literatura no tiene más patria que la lengua en que está escrita. Sería entonces un componente de un mundo literario, el castellano-español-hispanoamericano, en el que han hecho y hacen su obra autores y autoras que carecen de complejos. Porque complejo es pretender instalar siempre la obra fuera del territorio que uno conoce para intentar eso tan repetido de la universalidad; o, por el contrario, rayar en el localismo más radical. Y me molesta que alguien diga que es más canario porque compró acciones de la Unión Deportiva Las Palmas. A decir verdad, no conozco a nadie más canario que otro canario. Es una cuestión geográfica, no una virtud teologal. No intento demostrar nada, no escribo contra nadie, ni para ser más universal o más canario. Escribo en español porque esa es mi lengua; si Ben Farroux, Don Diego Perestrello, Van Der Doez o Lord Nelson hubieran colonizado Canarias en lugar de los castellanos, hoy escribiría en hassaní, portugués, flamenco o inglés. Pero sería escritor, y canario, y habitante de este planeta. Y eso es escribir: preguntar, opinar, contar, comunicar y contestar sin que nadie haya preguntado.