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Alexis Ravelo, o el género pata negra

PARTE DEL SERVICIO DE URGENCIA


Alexis Ravelo acaba de publicar su nueva novela, Las flores no sangran. No es una novedad afirmar que estamos ante un texto sólido, que responde a todas las exigencias del género narrativo en sentido amplio y que es un reflejo de la sociedad que trata de representar. Hasta aquí, todo «normal», como cada vez que Alexis publica un nuevo título. La secuencia es por fortuna recurrente: buena acogida, excelentes críticas y un escalón más en la carrera literaria de un magnífico novelista. Una vez más, lo ha vuelto a hacer, escribir una novela que tiene como aval buenas novelas anteriores, lo cual es también una dificultad añadida porque los lectores no perdonan un paso atrás. Ravelo aguanta el pulso consigo mismo y sigue avanzando, y ya con una decena de libros está claro que llegó un día para quedarse y sigue aquí.

INFORME DEL NEGOCIADO DE FICCIONES


flores san 1.JPGAun a riesgo de repetirse, este negociado tiene que insistir en que la llamada Novela Negra es un género muy definido en el que los editores se empeñan últimamente en meter casi todo lo que tenga que ver actos delictivos contra las personas, contraviniendo las bases del género que tan estrictamente delimitó Raymond Chandler en su ensayo El simple arte de matar (1950). Desde que aparece un detective privado, un policía o una víctima etiquetan al texto de novela negra, y de ese modo funciona razonablemente bien el mercado editorial más allá de los bet-sellers que muchas veces ni siquiera son novelas, mucho menos literatura.
Este afán de englobar la narrativa en la que aparezca la más pequeña mancha de sangre en un género común perjudica a los autores de novela negra de raza incontestable. Este es el caso de Alexis Ravelo, que cumple las dos condiciones fundamentales exigidas a un buen autor del género: que escriba literatura y que sus narraciones sobre la parte oscura del ser humano sean espejo de una sociedad, un ambiente y una época. En este sentido, las novelas de Ravelo muestran una sociedad construida sobre la mentira de una bonanza económica tramposa, que se mueve a dos niveles de delincuencia, la de los poderosos y peligrosos popes del crimen (ahí entran también los de corbata y modales sofisticados) y la de los bajos fondos que trata, casi siempre inútilmente, de recoger las migajas del pastel, que empiezan desertando de la ilusión, suben a la montaña rusa de la supervivencia a cualquier coste y acaban llenado las cárceles o, peor aún, las cunetas y los vertederos. Algunos pueden gozar de una aproximación fugaz al yate, al Ferrari y al poder que ambicionan, pero ya metidos en el torbellino, entran en una espiral hacia afuera que acaba por expulsarlos al vacío.
Alexis Ravelo trabaja literariamente con los segundos, los perdedores, los que jamás lograrán ni siquiera el primero de su larga lista de sueños. En Las flores no sangran, que aparentemente es la historia del secuestro-exprés de la hija de uno de los Coerleone que, por supuesto, también tiene condecoraciones oficiales como gran patricio local, se dan todas las característica que hacen de una historia truculenta una magnífica novela, esta vez negra en el más preciso canon del género. Hay dos polos muy claros, que son los que antes reseñaba. Por una parte están los fracasados que también son víctimas de la desidia y la manipulación de décadas de abandono vendido como libertad. Aun así, tampoco son inocentes. Este mosaico de ilusiones rotas se compone de personajes tan «quemados» como Paco El Salvaje, El Zurdo, Felo el Flipao y siempre una mujer, que no es una femme fatale sino que también ha sido arrastrada por el maremoto de la creencia de que puede amanecer un día en el que todo ha cambiado de color. flores san 4.JPGEn esta novela hay dos mujeres con dos registros diferentes, una es Lola, la otra es Ruth, envueltas ambas por pasiones, buena fe, malos deseos y la pared de cristal contra la que siempre se estrellan. Hay una tercera mujer, Diana, la víctima del secuestro, que empieza siendo inocente y se acomoda hipócritamente al papel de cómplice supuestamente involuntario de su forma de vivir, que procede de ese dios oscuro que se vende como reluciente.
Es una tragedia griega porque todo ocurrirá como está previsto, no hay forma de alterar el resultado, perderán siempre los mismos, y para construirla Alexis utiliza otros elementos que también son reverberaciones de esta sociedad que viven en un presente turbio y continuo desde hace décadas y no tiene visos de cambio. Periodistas incalificables como Toñi Vidanes, policías difusos como el comisario Benavides, políticos que para nombrarlos hay que llamarlos como «el-que-te-dije», delincuentes internacionales sin rostro como El Ruso, y compinches de fechorías económicas como Perera, sirven de cohorte al gran sacerdote del dinero, un tipo que aparenta campechanía y canariedad pero que es tan duro como para que lo apoden El Yunque. Y ya está construido el retablo, el mosaico que es un destello fiel de una sociedad corrupta desde su base hasta su cima, mientras muchos se creen inmaculados pero que de alguna forma también están pringados por su silencio o, peor aún, por su miedo no confesado. Eso es exactamente lo que requiere una novela negra, y esta lo es con todas sus consecuencias. Lo más curioso y a la vez desalentador es que todos los personajes y posiblemente la mayor parte de los lectores se creen libres de esa espiral centrífuga.
Por otra parte, en la definición tradicional la literatura se caracteriza por primar la literalidad sobre la lengua común, esa frontera es cada vez más difusa, con antecedentes dentro y fuera de nuestra lengua en tipos de la calaña de Sánchez Ferlosio o James Joyce. El realismo sucio certificó definitivamente que a menudo esa frontera entre lo literario y lo coloquial se diluye, e incluso se borra. Pero queda la función poética que es la que diferencia la literatura de lo que no lo es, y entonces tendríamos que encomendarnos a tipos tan sospechosos como un tal Roland Barthes y otros de su ralea, y ya para hoy ha habido bastantes infractores. Y en esta frontera, Alexis tiene salvoconducto.

CONCLUSIÓN Y ADVERTENCIA


Si de verdad quieren leer una novela negra con denominación de origen, Las flores no sangran, de Alexis Ravelo, es una recomendación perfecta. Y desde este negociado podemos asegurar que las novelas negras strictu sensu no abundan, a pesar de lo que diga la publicidad editorial.

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(El autor de la fotografía es Ricardo Montesdeoca y fue publicada en Canarias7).

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El refranero, el pan y la narrativa

Acaba de incorporarse una nueva voz narrativa, la de Jonás Meneses, que nos entrega su novela Salacot como carta de presentación, y les aseguro que es una buena carta. Siempre se ha dicho que, literariamente, Canarias es tierra de poetas y es una evidencia histórica; pero no solo de poetas, porque la narrativa está presente desde los albores de nuestra literatura, incluso incrustada en renombrados poemas épicos. El caso es que se suele dar como fecha de nacimiento de nuestra narrativa los años setenta del siglo XX, y aunque es cierto que desde entonces la narrativa (especialmente la novela) ha tenido una continuidad que antes no tuvo, ya hubo narrativa anteriormente, fueran fetasianos, regionalistas y de otras especies, pues narrativa escribieron Millares Torres en el siglo XIX y hasta el mismísimo Viera y Clavijo en el XVIII, sin olvidar a los cronistas y otros contadores de realidades o ficciones.
DSCNrt64080.JPGEn los setenta hubo una nómina razonable que necesitaba los dedos de las dos manos para contarla, en los ochenta bastaba un manco para contar las nuevas voces narrativas. A filo de esta década y la siguiente empezó a nutrirse el espacio literario de la narrativa y continuó en el nuevo siglo hasta el punto de que ahora mismo es una catarata. Los que siempre buscan cinco pies al gato dicen que hay demasiadas novelas, y yo digo que esa lluvia es un momento como nunca lo hubo en Canarias, que ha hecho decir a Juancho Armas Marcelo que «algo está sucediendo en las islas del sur». Jonás Meneses, como otras voces, acaba de llegar para quedarse con su Salacot (ya hablaré concretamente de esta novela), y cubre otra vertiente, porque si por algo se caracteriza esta época es por su rica variedad en géneros y registros. El talento, el trabajo y el tiempo irán conformando jerarquías, y también la suerte, que funciona para bien o para mal en todos los órdenes de la vida. En todo caso estamos bajo una persistente y copiosa lluvia literaria que sin duda se convertirá un mucho pan, y dice el refranero que por mucho pan no es mal año.

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En la marcha de Osvaldo Rodríguez

Nos ha dejado el catedrático de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria Osvaldo Rodríguez Pérez, humanista chileno y canario, gran valedor de la literatura en nuestra lengua (su pasión era Pablo Neruda) y de la narrativa canaria, pues hizo acompañamiento crítico al nacimiento de muchas de las mejores novelas publicadas en Canarias en las últimas décadas. Su incansable labor como estudioso y como impulsor y organizador de muchos eventos lo convierten en una referencia. Además de su incontestable valía profesional, Osvaldo era un ser entrañable, abierto y generoso, y quienes contamos con su amistad y aprendimos de su sabiduría, en un día tan triste podemos considerarnos privilegiados por haberlo conocido.
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Descansa en paz, amigo.