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Los 132 años del poeta Tomás Morales

«Más generoso que el cañón, el tiempo,
y más artista.» (Tomás Morales).
El poeta Tomás Morales Castellano nació en Moya el 10 de octubre de 1884. Su voz es uno de los mojones en nuestra poesía, y aunque casi siempre responde al cliché abigarrado del modernismo más sonoro, evocador de sirenas, tritones, dioses marinos y mitos oceánicos diversos, hay otras vertientes del poeta, como la de su compromiso con los aliados en la I Guerra Mundial y contra el horror que cualquier guerra significa, que aunque conservan el eco de su verso alado, tratan asuntos más humanos y terrenales. Prueba de ello es este fragmento de su Elegía a las ciudades bombardeadas.

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(El poeta Tomás Morales (1884-1921) en los pinceles de Nicolás Massieu y Matos).

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Jorge Luis Borges, ¿un dios bíblico? (*)

Borges 111.JPGNada hay más borgiano que negar a Borges; no su obra, negar al supuesto Jorge Luis Borges Acevedo. Demasiado mítico para ser real. Sí, ya he visto que recientemente Mario Vargas Llosa ha dicho que es el único escritor contemporáneo de nuestra lengua equivalente a los grandes clásicos, y hay por todas partes fotografías en las que el tal Borges aparece junto a García Márquez, Severo Sarduy y muchos más, que se han publicado noticias sobre él en la prensa, que Joaquín Soler Serrano lo entrevistó hace 40 años para TVE, o que hay un amplio epistolario con el ensayista mexicano Alfonso Reyes. Incluso, he hablado con viejos escritores que aseguran haberlo conocido, y hasta hay quien tiene dedicado en la Feria del Libro de Madrid, con el número 333 (el último que firmó aquel día), el poemario Los conjurados (1985), que resultó ser también el último libro que Borges publicó en vida. Pues a pesar de todas estas razones que parecen evidencias, estoy convencido de que Jorge Luis Borges nunca existió.
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Novela y Pensamiento: Tramunt y Junco (y II)

Luis Juncoo.JPGHay distintas maneras de enfrentarse a la escritura de una novela. La más habitual es la que, siguiendo la expresión gráfica de García Márquez, trata de coger al lector por el cuello y no lo suelta hasta el punto final. En este caso, se trabaja con esmero el comienzo, tratando de sembrar la curiosidad. Hay, sin embargo, otras maneras de acometer una narración. Una de ellas es aquella en la que quien escribe no concede un milímetro a lo fácil, y exige (no solicita) la implicación del lector, anunciándole desde la primera frase que el proceso es cosa de dos, que quien lee debe poner de su parte. Cuando solo se pretende impresionar con arabescos, laberintos y regates gratuitos, el resultado suele ser pobre, porque el lector colabora cuando entiende que la estructura que se le propone responde a una necesidad argumental, y que la novela en cuestión no es un pedante ejercicio de estilo que lleva a ninguna parte. Continuar leyendo «Novela y Pensamiento: Tramunt y Junco (y II)»