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Capitalidad cultural


zaDSCN2774.JPGVoy a hacer de abogado del diablo, porque en este asunto el que se duerma en los laureles se lo lleva la corriente, y en Canarias somos muy dados a entusiasmarnos en el regocijo. Como decía Guardiola cuando el Barça iba embalado a media temporada y todo eran piropos, «aún no hemos ganado nada». Se ha pasado un corte importante, pero quedan enfrente seis candidaturas de mucho peso, y hay que volver a convencer para que en junio llegue el triunfo definitivo.
Y sigo haciendo de abogado del diablo. Pienso en el Ayuntamiento de Las Palmas, en el Cabildo de Gran Canaria y en el Gobierno de Canarias. La cultura es materia muy discutible, pero lo que no admite discusión es que, de momento, es una «María» en el currículum de las instituciones. Porque debe ser algo permanente, continuado, y no media docena de eventos lustrosos al año, que finalmente están destinado a un sector que generalmente está de vuelta de todo y ya sabe de qué va. La cultura ha de ser democrática, esto es, para todos, y no cosa de cuatro figurones que siempre son los mismos. Y me callo, porque si empiezo a hablar del trato de Capitán General que se da a los de fuera y el silencio a que están condenados los que hacen cultura aquí, cuento y no acabo. Las Palmas de Gran Canaria Capital Cultural, a ver si es verdad.

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Tebeto y el Proyecto Long

Mi gozo en un pozo. Yo, que soy coheredero de la montañeta de Embauca, una tierra yerma en las medianía, que apenas es capaz de sostener un zarzal y unas tuneras, estaba tratando de ponerme en contacto con el escultor británico Richard Long (Chirino no me servía porque al ser escultor canario nadie iba a hacerme caso), para proponerle que hiciera algo allí. Una fila de piedras como la que Long hizo en La Maladeta vendría bien, trazado de nordeste a suroeste (por aquello de la dirección de los vientos alisios), para fijar la posición de Venus en los crepúsculos veraniegos. z16[1].jpgLa moto se podría vender bien, argumentando que mirar el horizonte a través de la hilera de monolitos sería una experiencia única (igual de cósmica que verse en el centro del proyectado túnel de Tindaya), porque por un lado se puede imaginar (ver no se ve un pimiento) la cumbre nevada del Atlas, y por otro la inmesidad del océano hacia el Hemisferio Sur. Tenía programada una reunión con dos amigos, uno poeta y otro filósofo, para darle al argumento un contenido profundo, que nadie entendiera pero que todos explicarían con grandes palabras. Crearía la empresa Déniz S.L. y el Gobierno entraría al trapo poniendo media docena de millones. Como luego los ecologistas interpondrían un recurso porque por allí he visto anidar un par de cernícalos, la obra nunca se haría y al final tendrían que pagarnos cien millones por lucro cesante, que es mucho dinero para repartir entre tantos primos (lo de primos es por el parentesco, no va con segundas). Ya sé que no tiene lógica, pero como aquí ya se ha hecho, hacerlo una vez más es posible. El nombre estaba bien: «Proyecto Long».
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(¿Qué les parece la montaña de Embauca, de la cual poseo el 3,5714 %? Se puede apreciar el zarzal. Las tuneras no porque están por el otro lado)
Pero, ya digo, mi gozo en un pozo. La cosa es que esta sentencia del Tribunal Supremo sobre Tebeto sienta precedente, y pone en guardia a las administraciones. Así que me he gastado en balde las fotocopias y las llamadas telefónicas a Londres y tendré que ver con mis coherederos si me toca algún tuno o tal vez una cuantas moras salvajes. Qué desatre, con lo bien planteado que estaba…

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La cultura, parábola de vida

Lo que está sucediendo actualmente en el mundo tiene que ver con la cultura, porque cultura es todo. Es evidente que el comunismo (llamado también socialismo real) fracasó después de la Guerra Fría, con lo que el capitalismo lanzó las campanas al vuelo porque había ganado. Al poco tiempo de la caída del Muro de Berlín entrevisté al escritor argentino Abel Posse, que ha sido embajador de su país en muchas capitales del mundo, y debe saber mucho de lo que sucede detrás de la cortina, y me anunció entonces (principio de los noventa) lo que podría suceder, que finalmente ha sucedido. Y en esa conversación le comenté una antigua leyenda polinesia muy ilustrativa. Tanto le gustó que me dijo que era motivo de un relato. Escribí un texto que más que literario es una parábola al modo evangélico. Viene al pelo de la actualidad y de los recortes que se hacen en todas las manifestaciones culturales, lo cual nos llevará indefectiblemente a un embrutecimiento de la sociedad. Esa sociedad que habla a gritos y usa la violencia verbal y física de forma cotidiana es la antesala del bloqueo total. Este relato quedó perdido en un viejo fichero de ordenador y hoy lo rescato porque es muy corto y explica las causas de la crisis del capitalismo. Dice así:
zzzzNew7wonders-Rapa-Nui-01[1].jpg«Había una isla en un pequeño archipiélago polinesio que en aborigen se llamaba Kauasu, incomunicada con el resto de las islas porque en el tiempo de la historia que se cuenta sus habitantes desconocían la navegación. El mundo de aquellos polinesios empezaba y acababa en su isla, y las demás islas que veían en el horizonte eran mitos, sombras, recursos mágicos para los brujos de la tribu. Cuando veían humear un volcán en una isla detrás del mar, los brujos anunciaban tragedias, y cuando el Sol salía detrás de las montañas de aquella otra isla era tiempo de alegría. Era como habitar un planeta, Kauasu era una metáfora de La Tierra y la islas del horizonte otros planetas de aquel sistema, que se veían pero a las que nunca se podía llegar ni en sueños.
Y en Kauasu se fue imponiendo la fuerza, de manera que el Jefe Akuey era el dueño de casi todo. No había monedas, y lo que hoy entendemos como dinero se simbolizaba en un pedregal basáltico en el que había miles de grandes piedras que sobresalían de la arena. Desde tiempo inmemorial, cada familia se había adjudicado un número determinado de piedras, y cuando se pasó del trueque al cambio, se pagaba en piedras, esto es, en el concepto de piedras, porque las rocas basálticas seguían clavadas en el mismo lugar, sólo que teóricamente habían cambiado de dueño. Era como una cuenta bancaria, una tarjeta de crédito en la que el dinero es una idea, porque se muda de propietario sin que nadie lo tenga físicamente.
Poco a poco, Akuey fue haciéndose con la mayor parte de las piedras, y cuando las tuvo todas, hacía préstamos usurarios; como tarde o temprano iba ahogando a los prestatarios, se quedaba con sus cabañas, sus tierras y sus cocoteros. Llegó un momento en que Akuey era dueño absoluto de todas las piedras y de todo lo que había sobre la isla, fuese animal doméstico, caña de pescar, cabaña o vegetal. Nadie podía comprar porque no tenía piedras, ni pedir piedras con una cabaña, una res o un palmeral en garantía, por nadie tenía nada. Akuey era dueño de todo.
Y en ese momento Akuey se convirtió en un pobre de solemnidad como los demás habitantes de Kauasu. Nadie compraba porque no podía comprar, y nadie vendía porque nada tenía que vender. Akuey no podía comprar porque todo era suyo, y no podía vender porque los posibles compradores no tenían ni una sola piedra. La leyenda no dice lo que pasó después, pero a juzgar por cómo se sigue repitiendo de forma oral en Oceanía es de suponer que el bloqueo de la economía fue el principio del fin de aquella diminuta civilización, y se cuenta para que sirva de lección».

zzzla-polinesia-francesa[1].jpgY es que cuando se colapsa la economía porque todo el dinero y todos los bienes están concentrados, se acaba la normalidad y empieza el pillaje; primero se roba un coco para comer, luego otro para guardar y finalmente se instala la delincuencia como forma de vida. Los marxistas dirían que después vino la revolución, los seguidores de Popper que surgió una nueva forma de vida y los catastrofistas que hasta la isla coralina se hundió en el océano, porque no existe ningún registro cartográfico de Kauasu. Una leyenda.
La enseñanza es muy clara, y no hace falta ir a Harvard para entenderla. Se crean enormes terminales de venta y todo el mundo compra. Cada vez se produce con menos personal, porque la tecnología permite hacerlo con menos manos, y las pregunta son obvias: ¿quién va a comprar todo lo que se produce si los posibles compradores están en el paro? ¿Para qué quieren los bancos todo el dinero si no van a poder negociar con él porque todos los bienes van a estar hipotecados y ya no quedará nada por hipotecar? Es una regla básica de la economía que parece haber olvidado el capitalismo, que puede acabar por devorarse a sí mismo. Y, según algunos expertos, las medidas que se están tomando tratan solamente de reparar un sistema que es el causante de la crisis.
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(Este trabajo fue publicado en el suplemento cultural Pleamar de la edición impresa del Canarias7 el pasado miércoles).