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Ramón del Pino, otra forma de mirar

La fotografía es la última de las bellas artes en llegar a ser considerada como tal, pero no por ello es menos importante que otras. La cámara tiene el plus de que es un ojo imparcial, ya que al pintor su ojo humano puede jugarle malas pasadas. El objetivo de la cámara dice siempre la verdad, y por ello a veces los retratos fotográficos son temibles, porque muestran sentimientos que los humanos no somos capaces de captar con una mirada.
Ramón del Pino expone en la Fundación Mapfre Guanarteme una serie de piezas que utilizan las técnicas fotográficas, pero son algo más, un discurso que se vale para expresarse del alfabeto de la imagen. Manolo Rodríguez en el catálogo evoca a Paul Éluard cuando asevera que «hay otros mundos pero están en este». Y esa es la idea que se desarrolla en la obra de Ramón del Pino, en la que el tiempo es factor fundamental, no el tiempo técnico que está abierto el obturador, sino el cósmico, la realidad paralela de las cosas. No aparece la figura humana, pero nos muestra al hombre a través de sus objetos.
zramon1.jpgAunque bebe del surrealismo y las vanguardias históricas, la modernidad de la obra de Ramón del Pino está justamente en que se coloca en las antípodas del automatismo, nada queda al azar, es en cierto modo la fotografía del pensamiento. Y se apoya en un soporte visual porque a veces las palabras no llegan a expresar en toda su dimensión lo que queremos mostrar. La cámara sí, porque es un animal indiscreto que nunca miente, y el artista ha sabido embridar toda esa información para dárnosla en toda su limpieza, manifestando así una novedosa manera de mirar.

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Jennifer Jones, el final de una época

La muerte de Jennifer Jones remacha el final de una época dorada en el cine de Hollywood. Ganó un Oscar y tenía fama de guapa, aunque otros suelen afirmar que no era muy buena actriz y que más que guapa era resultona. Pero está en la lista de las grandes, y si no lo está yo la tengo, porque me encantaron películas como Adiós a las armas, La colina del adiós o Jennie. Creo que en su rostro había algo mágico que transmitía a sus personajes, y eso se tiene o no se tiene.
z333333333333.jpgCuentan que Gary Cooper exigía en los contrato no morir en la pantalla, pero Jennifer Jones es probablemente la actriz que más veces hemos visto morir en el celuloide, y son especialmente dramáticas las escenas de su muerte en La canción de Bernardette, Madame Bovary y Duelo al sol. En Jennie ya estaba muerta antes de empezar, era un espíritu. Y tengo también un asunto personal con ella porque conocí al personaje de Madame Bovary en la pantalla antes que en la literatura. Es decir, cuando leí la novela de Flaubert, el rostro imaginado de la protagonista era el de Jennifer Jones, y lo mismo me pasó con Anna Karenina, que siempre la imagino con la mirada lánguida de Greta Garbo. Ya quedan pocas figuras de aquellos años dorados, y se está cerrando la segunda edad de oro del cine americano. Pero todavía nos quedan Kim Novak y Kirk Douglas.

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Los derechos de autor

Vivimos un tiempo nuevo en el que los antiguos esquemas se han venido abajo, porque el vuelco que ha dado la Sociedad de la Información es sólo comparable al de la invención de la imprenta e incluso al de la escritura. Y con este nuevo mundo no sirven los viejos sistemas, con el agravante de que los cambios ahora son muy rápidos, y en diez años la sociedad ha cambiado el equivalente a lo que antes mudaba en siglos. Por ello es necesario establecer nuevas reglas para esta nueva forma de jugar, y los internautas han declarado la guerra a todo aquel que pretenda limitar su derecho a tomar cualquier cosa que esté disponible en la red. Pero esto choca con otros derechos, y el más claro es el de que un autor reciba un beneficio por lo que ha creado. Esto siempre ha sido así, y que yo sepa no ha cambiado el derecho a la propiedad, y a la intelectual tampoco.
a10.JPGPor lo tanto, hay que entrar en ese nuevo mundo con el Derecho en la mano, y para ello hay que legislar, porque quienes fabrican la cultura son trabajadores que si no cobran dejan de producir. Y eso sí que sería una catástrofe. No confundir los derechos de autor con la gestión de la SGAE, porque hay derechos, como lo de los libros, que no pasan por ahí, sino que se gestionan directamente entre autor y editor. Y se meten en el mismo saco muchas cosas. La gente está que trina con la SGAE, pero ese es otro tema, pues quienes deberían cabrearse son los socios, porque todo ese dinero que entra por el canon en los aparatos de reproducción es un agujero negro que los propios socios no entienden porque nunca reciben un solo euro, aunque hayan fotocopiado o grabado una canción, un libro o una obra de teatro suya en un lugar recóndito.
La idea de la ministra de Cultura de cerrar sin orden judicial una web es un disparate, pero no cojamos el rábano por las hojas, porque esto no significa que quienes bajan contenidos con autoría puedan hacerlo sin pagar por ello. Lo de que la cultura es de todos suena muy bien, pero quienes la hacen realizan un trabajo y debe ser compensado. También son de todos los hospitales públicos, las carreteras y los colegios, y lo son porque los pagamos entre todos. Por lo tanto, la cultura también. Y es tremendamente demagógico todo esto, porque quien pretende bajarse películas, libros o canciones gratis paga su línea ADSL, ha pagado el ordenador, la electricidad con que funciona y la mesa que lo soporta. Lo paga todo sin rechistar, pero no quiere pagar al autor de los contenidos que consume.
Y todo esto hará que cambie mucho la industria cultural, pues con el libro digital pasará lo mismo que con los discos, y se verán afectados distribuidores, libreros, impresores y personal de las editoriales. Así que, sentémonos a pensar en soluciones justas porque tirarse al monte sólo conducirá a ahogar la cultura libre que se pretende defender.