El mito de Madrid
Canarias es una tierra curiosa que ignora lo propio a pesar de ese pseudonaciolismo que se da golpes de pecho una y otra vez. Está claro que para que reconozcan a alguien de aquí tiene que hacerse notar fuera, y si no siempre se quedará en la trastienda de lo que pudo haber sido y no fue.
La última muestra ha sido el grancanario Mateo Gil, estupendo cineasta que este año ha sido galardonado con dos Goyas, uno por su cortometraje y otro por su participación en el guión de Ágora. Rápidamente, todos se han apresurado a indicar que es grancanario, porque eso engorda el espíritu de tribu, pero mientras andaba por aquí no le hacía caso ni el pito del sereno, escondido siempre en la neblina del ninguneo. Yo me alegro muchísimo de que las cosas le vayan tan bien a Mateo Gil, pero habría que mirar también un poco hacia adentro. Ha pasado cien veces y me temo que seguirá pasando, porque por lo visto el mito de la conquista de Madrid sigue funcionando igual que siempre.
Hubo un grupo grande de personas, entre los que me cuento, que vivimos el renacimiento del Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria apenas este bajó de La Isleta de la mano de Manolo García. Fueron unos años memorables en los que la ciudad se disparataba en La Plaza de Santa Ana, en Schamann, en Guanarteme y en todas partes. Se generaron tradiciones como la verbena de la sábana o la noche dedicada al cine (recuerdo a Juan Rodríguez Doreste disfrazado de Greta Garbo o de Fred Astaire bailando claqué como es debido).