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Los cuatro jinetes del Apocalipsis

No creo que haya nada que celebrar, ni siquiera conmemorar, este 18 de julio en el que se cumplen 80 años del comienzo de la guerra civil española, que extendió sus visibles tentáculos hasta 1975 y que en buena medida sigue latente en muchas conductas, situaciones y elementos que se empeñan en que no se apaguen las fuentes del odio. Es que a este paso vamos a cumplir un siglo sin que las heridas cicatricen. En estos días, por razones personales, he visto el resto del mundo desde la neblinosa distancia del cansancio, como una película filmada con vaho y sordina. Hoy saco la cabeza del agua y encuentro a los impresentables dirigentes de los cuatro partidos mayoritarios en el Congreso bailando la misma yenka que se les ha encasquillado desde diciembre. Veo que el Reino Unido se va de de la UE, con los consiguientes ajustes que eso necesita, que en Francia el terror empieza a hacerse dolorosamente cotidiano, que en Turquía están sucediendo hechos que ya no sabemos cómo interpretar, pero que son un elemento más de desequilibrio en el Mediterráneo Oriental, que en Bruselas aprietan las tuercas a España, que…

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¿Interesa «esta» política?

A menudo me pregunto si la política interesa tanto a los ciudadanos como para que sea a todas horas la estrella de los medios informativos. La respuesta es sí, la política interesa, pero no la que dan los medios, sino los resultados de toda esa gestión de la que se habla, se comenta y se emborrachan en un remolino que cada vez se parece más a los procedimientos de la prensa rosa, donde un gesto, una palabra o un equívoco hace correr ríos de tinta. ¿Quiénes hablan entonces de políticas? Creo que quienes se dedican a ella de manera profesional, bien sea como gestores públicos, funcionarios que trabajan cerca de los anteriores o periodistas que tienen la misión de informar y opinar. Es posible entonces que los medios de comunicación vengan a ser una especie de boletín múltiple y endogámico que nace y muere en los políticos.
criiiico.JPGQuiere el ciudadano saber qué sucede con la educación, con la sanidad, con las obras públicas que le afectan, con el sistema de pensiones, con las posibilidades que sus hijos jóvenes tienen de incorporarse al mercado de trabajo. Eso es en realidad la política real, pero no la ficción que se vive en los medios como en una gran representación escénica. Continuar leyendo «¿Interesa «esta» política?»

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La furgoneta enterrada en el barro

La furgoneta estaba atascada en el barro. Era una vieja Volkswagen de las que los hippies hicieron bandera en los años 70 y que en Canarias llamaban Cyrasa porque la solía usar una agencia de viajes con ese nombre. Tenía años, pero un motor que se refrigeraba por aire y no se rompía ni a martillazos. Eso sí, gastaba muchísimo, su carburador era un saco sin fondo, pero siempre seguía ahí, a pesar de los malos conductores, del exceso de peso y de las endiabladas carreteras de tierra por las que la metían. Y ahora tenía las cuatro ruedas enterradas en el barro. Sus ocupantes estaban cansados, nerviosos y hambrientos. No se llevaban bien, pero tenían que viajar juntos porque no había otro medio de transporte en muchos kilómetros a la redonda. Y ahora tocaba empujar, pero el tipo rubio no quería bajarse porque se le embarraban los botines nuevos, la chica pelirroja alegaba que si empujaba se le rompía la falda que le quedaba muy ajustada, el conductor se aferraba al volante y decía una y otra vez que la furgoneta era suya y que lo suyo era conducir, la muchacha de pelo castaño con coleta que había subido haciendo auto-stop argumentaba que ella no tenía que ver con los demás y que lo que había que hacer era cambiar de furgoneta. Pero no había otra, y estaba atascada. Continuar leyendo «La furgoneta enterrada en el barro»