Se acabó el pastel
No hacía falta ser adivino para saber hace mucho tiempo que la tarta de las televisiones no iba a dar para que sobrevivieran tantos canales. Profesionales expertos del medio, como Manuel Campo Vidal o Juan Pedro Valentín, lo han dicho aquí y allá cada vez que han tenido ocasión. Y lo que se veía venir ya es una realidad, que empezó con el estampido de Vía Digital y ha seguido con las fusiones de las grandes cadenas. Con la TDT se ha tratado de hacer algunos canales de pago, pero son muy minoritarios; lo cierto es que el mundo audiovisual se mantiene en buena parte por los presupuestos públicos que alimentan las televisiones públicas.
Luego está el fútbol, que parecía la panacea para salvar al sector, con un mecanismo diabólico por el que pagamos todos. Esto fue el detonante de otra burbuja, la de los millonarios sueldos y traspasos de los futbolistas de élite, en el que enredaron los clubes con el sueño de que la televisión lo pagaría todo. Y la televisión cobra de la publicidad, que es un gasto añadido al precio final del producto anunciado, por lo que al final pasa por caja hasta quien nunca ha visto un partido. Y la burbuja audiovisual empieza a desinflarse, porque encima, con la crisis, los presupuestos públicos se recortan hasta en los canales autonómicos.
Ya están cerrando canales, y esto acabará trasladándose al balón, porque esos dos mundos, los de la televisión y el fútbol muy relacionados económicamente, se volvieron locos pagando a figuras deportivas y mediáticas salarios irracionales. No es sólo que Messi o Cristiano cobren 12 millones libres de impuestos, es que cualquier jugador de segunda división cobra un sueldo que ríete de los controladores aéreos (no he oído decir nunca que Casillas es un privilegiado). Y en la televisión igual: presentadores de tres millones, fichajes de damas de buen ver por un millón… Un disparate, y las pantallas empiezan a estallar.
En cuanto a Carlos V, no dejo de reconocer que nunca España fue más poderosa que en su reinado, pero casi todo le venía de herencia, y encima es el gran valedor del catolicismo en su guerra contra los luteranos. Fue en ese momento, a partir del Concilio de Trento y las guerras de religión, cuando España entró en un túnel del que muchos siguen empeñados en que no salgamos, y que nos condenó al vagón de cola de Europa, siendo como éramos un imperio. Si miramos bien, aunque los protestantes, anglicanos y calvinistas tampoco ataban los perros con longanizas, los avances científicos y de pensamiento tuvieron lugar fuera del ámbito católico, cuyo brazo armado era España. Estoy convencido de que momentos de cambio y esplendor del pensamiento, el arte y la ciencia como el Renacimiento o personajes como Leonardo Da Vinci no habrían podido prosperar en tierras católicas después de la Contrarreforma. Lo que ocurrió con Galileo es el paradigma de esa cerrazón, y a partir de entonces los grandes avances científicos, las rupturas artísticas o la filosofía fueron cosa de alemanes, ingleses, holandeses y franceses, estos últimos a contracorriente porque estaban en medio.