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A buen entendedor…

No es que no quiera dar nombres o decir las cosas claras, lo que pasa es que ocurre tantas veces que decirlo de una de ellas, y de una persona, es apuntar con el dedo a alguien que está haciendo lo mismo que todos. Pero no deja de ser grave irresponsabilidad. Me explico:
piedra.JPGEstar en la política u ocupar cargos públicos, de mayor o menor calado, tiene generalmente dos elementos. Por una parte está la gestión y por otra la representatividad. Un político no debiera olvidar nunca que cada uno de los actos, cada una de las palabras, cada movimiento en el ejercicio de sus funciones se hace en nombre del pueblo soberano, que es quien deposita el voto del que emana toda la legitimidad.
Por ello una de las cosas que hay que cuidar es la lengua, y últimamente parece que esta anda muy suelta. No sólo dicen tonterías sino que a menudo cometen torpezas de un calibre descomunal. Bla, bla, bla, como la lengua en España no paga impuestos, se habla a lo loco, y cualquiera puede hacerlo pero no un cargo público, y si arguyen la campechanía diría que tampoco, porque cualquier palabra está dicha desde la representatividad.
Como dijo aquel, y que se lo aplique, ¿por qué no te callas?

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El éxito abrumador e inexplicable

A propósito de la aparición en las librerías de la tercera entrega de Millenium, del sueco Stieg Larsson, lo que llamamos fenómenos literarios merece una reflexión detenida, puesto que yo no creo que se produzcan porque sí, sino que generalmente responden a una serie de circunstancias que confluyen y que no tienen por qué ser necesariamente literarias, sino de otra índole. También es cierto que, a veces, estos fenómenos vienen unidos a un buen libro, casi siempre una novela, pero este éxito arrollador que luego se prolongan en otros títulos suelen recaer en textos normalitos, cuando no realmente pobres, o bien interesantes, pero no más que otros miles que pasan sin pena ni gloria.

El primer gran fenómeno planetario fue El nombre de la rosa, una novela de Umberto Eco, que era conocido en círculos académicos, pero no por el público masivo que compró su novela en cifras millonarias y en docenas de idiomas. Aquello extrañó a todo el mundo, porque era un libro difícil, extenso en un tiempo en que estaban de moda libros más pequeños, y caro. Casi no tuvo publicidad y se fue extendiendo boca a boca.
Ya digo que no quiero establecer rangos literarios, porque esto sucede con libros buenos y malos, lo mismo que hay otros magníficos que no tienen ese éxito que multiplica por diez o por cien lo que se considera un libro bien vendido. Cuando un autor vende mundialmente dos o tres millones de ejemplares, como suele ocurrir con algunos novelistas consagrados, ya es un éxito. Lo que escapa a cualquier control o campaña publicitaria (la haya o no) es que se vendan 50 millones como ocurrió con El código Da Vinci o se llegue a los 80 millones como la serie de Harry Potter.
Estos son hechos a los que nadie puede poner explicación, porque es explicable que Ken Follet venda varios millones de libros de su novela Un mundo sin fin, amparado en la fama de su anterior éxito sobre las catedrales que fue Los pilares de La Tierra, pero ni siquiera la campaña más agresiva puede hacer que un libro como El mundo de Sofía venda una disparatada cantidad de ejemplares, pues se trataba simplemente de un repaso de la historia de la filosofía, que estaba muy bien y era muy didáctico, pero que no tenía novedad alguna, y parecía hecho por un grupo de profesores de filosofía de secundaria para hacer más amena la asignatura.
Lo que apoya mi tesis es que la segunda novela de Umberto Eco, El péndulo de Foucault, estuvo anunciándose desde un año antes de su publicación, salió simultáneamente en varios idiomas y se apoyaba en el éxito arrollador de la anterior novela de su autor. Pues fue un fracaso editorial, relativo, por supuesto, porque vendió mucho, pero no llegó ni a la mitad que El nombre de la rosa, que había salido a la buena de Dios.
Tengo para mí que en estos casos se hace verdad aquello de estar en el lugar exacto en el momento exacto. Dan Brown publicó su Código Da Vinci en 2003, un momento en el que el mundo andaba atribulado por el ataque a las Torres Gemelas y las subsiguientes guerras de Afganistán e Irak. Las religiones, y sobre todo los fanatismos religiosos, se pusieron de moda, y ahí aparece un texto que pone patas arriba la doctrina católica sobre Jesucristo, María Magdalena y las bases del Cristianismo. Daba como certezas cosas dudosas y opinables, y otras claramente falsas, como la famosa línea de la iglesia de Saint-Sulpice en París, con valores esotéricos, o el valor simbólico de la pirámide de cristal que levantaron en la entrada del Museo del Louvre. Para colmo, el Vaticano se opuso frontalmente al libro, lo que supuso una publicidad impagable. De alguna forma este es uno de esos fenómenos a los que puede suponérsele una lógica posible, pero ni siquiera así podría asegurarse que se van a vender 50 millones de ejemplares.
DSCN2355.JPGHa habido casos de éxitos fastuosos de la noche a la mañana, como el mencionado de Harry Potter, y el que antes tuvo la novela El perfume del alemán Patrick Süskind. En ningún caso se explica ese éxito desmedido, porque un libro que vendió muchos ejemplares fue Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, pero fue poco a poco, al cabo de años y traducciones, y contando con que su autora era una de las plumas más lúcidas de la lengua francesa y de la literatura mundial. Ese libro fue un éxito de ventas, como lo fueron Crónica de una muerte anunciada, de García Márquez, o La fiesta del Chivo de Vargas Llosa. Buenos libros, autores consagrados y gran publicidad. Resultado: cinco millones de ejemplares ¡Pero no cincuenta!
Lo que ocurre ahora con las tres novelas de Millenium es similar. Se trata de un autor muerto antes del éxito, que tenía prestigio social en Suecia por sus trabajos periodísticos anteriores, y que se descuelga con la historia de una saga truculenta que resulta entretenida y que despierta la voracidad del lector. Pero el hecho de que haya intriga, indagación policiaca y misterio tampoco explica el fenómeno, pues de eso tiene por arrobas Sherlock Holmes, que es una serie de más de una docena de libros, lleva un siglo en las librerías y ya Millenium ha vendido el doble que Sir Arthur Connan Doyle. No tiene explicación, porque mira que es conocido el detective inglés, que ha sido llevado al cine en incontables ocasiones.
Desconozco las razones del éxito de Millenium, pero seguro que las hay, y aunque los libros sean buenos, estoy seguro de que esas razones no son literarias.
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Este trabajo fue publicado en el último Pleamar de julio, en la edición impresa de Canarias7.

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La foto de Saúl Santos

Esta fotografía encabeza esta madrugada del 2 de agosto la portada de la edición digital de Canarias7. Aparte de su espectacularidad y su belleza plástica, es una fotografía que plasma todo el dramatismo de los momentos que vive La Palma, una isla que en la zona de Fuencaliente tiene una histórica y terrible relación con el fuego, sea el de sus montes ardiendo o de sus volcanes arrancando el fuego desde el centro de La Tierra.
saúl santos.jpgPara quienes amamos el patrimonio natural de una de las islas más bellas del mundo, lo que está ocurriendo es una gran tragedia, aunque acabe ahora mismo, y ojalá haya acabado cuando estas líneas lleguen a otros ojos. Pero más allá de esta importante consideración, es lo humano lo que más conmueve. Hay que pensar en lo terrible que es el fuego rodeando las viviendas, los cultivos, los lugares de trabajo. Me temo que estas serán unas imágenes que quedarán grabadas como símbolo del desastre en todos los que las viven directamente. Es como una guerra, un bombardeo destructivo e irracional.
Y aunque tiempo habrá de reflexionar, no entiendo por qué cualquiera puede comprar un volador o un petardo en unas islas que con el calor arden como yesca. La pirotecnia debiera estar sólo en manos de profesionales y con unas medidas de seguridad muy rigurosas. Y aunque sea una frase hecha, no se juega con fuego, nos va en ello la vida. Esta foto, en su esplendidez narrativa, debiera convertirse en un pasquín de aviso para siempre.