Caín y Abel
Dos grandes escritores acaban de publicar nueva novela. Uno de ellos es Saramago, que con su libro Caín reescribe el Génesis como en otra de sus obra hiciera con los Evangelios. El otro es Muñoz Molina, que ha escrito La noche de los tiempos usando como hilo conductor el exilio español a causa de la guerra civil. Un exilio determinado, no de forma general como veremos.
El protagonista de la novela de Muñoz Molina se llama Ignacio (fuego) Abel (efímero), y es curioso que en este otoño los nombres de Caín y Abel sean casi una moda, seguramente por su significado bíblico en la lucha entre el bien y el mal o por las interpretaciones interesadas que a esta historia mosaica se le ha dado durante siglos. Con Saramago no hay duda, él siempre ha invertido los términos y ha dicho que el hombre ha creado un Dios a su imagen y semejanza. Es Saramago en estado puro, y por eso la Iglesia portuguesa pide su excomunión y un diputado conservador lusitano afirma que siente vergüenza de ser compatriota del Nobel. Aquí iría aquello de solidarizarse con el Premio Nobel, pero creo que sería presuntuoso por mi parte, Saramago no necesita apoyos mediáticos puesto que se apoya en su propio argumentos y desde luego sabe defenderse muy bien. Pero si le hiciera falta, que no creo, tiene mi apoyo disponible.
Muñoz Molina por su parte es para mi gusto un escritor de matices. Cuando hablamos del exilio de la guerra civil española pensamos en quienes se tuvieron que marchar en el 39 al final de la guerra. Pero hay otro exilio, también ocasionado por la guerra, que se produce al comienzo de esta, en 1936, y es la de quienes, viendo que en cualquier caso lo que venía era un matanza, se quitaron de en medio y no volvieron nunca más, como Pedro Salinas , Arturo Barea y como probablemente habría hecho Lorca de no haber sido asesinado. No quisieron tener nada que ver con la sangre, y aunque muchas veces se les ha acusado de medrosos o de no estar comprometidos, lo cierto es que su compromiso no era desde luego con la violencia, la sangre y la barbarie que es toda guerra. Es otra forma de verlo, y de eso es de lo que va la novela de Muñoz Molina, para la que hay que tener gran potencia de brazos para sostenerla y mucho tiempo para leerla (1.000 páginas).
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(El cuadro Caín y Abel es de Tiziano)