Como una regadera
Hace unos días me corté el pelo. La barbería de mi barrio es eso, una barbería de las de siempre, con unos lugareños que la frecuentan a diario para leer el periódico y comentar, y un barbero amable, discreto y comunicativo a la vez. Ese es un arte muy difícil, pues siempre está en medio de los grandes temas que allí se tratan: la guerra de Libia, la vulcanología de El Hierro, la política a todos los niveles, la marcha de la UD Las Palmas y cómo no, el fútbol en todas sus dimensiones. Cualquiera no puede ser barbero, hace falta un don especial.
Cuando me iba, entró en el local un vendedor de la ONCE ofreciendo cupones. Le pedí uno y me dijo que escogiese. Uno cualquiera, le dije con frase machacada, todos entran en los bombos. Se negó, alegó que él no era un árbitro del destino, que si me daba un cupón premiado se lo estaba negando a otro, y viceversa. Insistí en que me diese uno al azar y volvió a negarse. Como no hice ademán de elegir uno, se marchó sin venta. Menos mal que el barbero intervino, lo detuvo y escogió dos iguales, una para él y otro para mí.
Me quedé perplejo. El barbero también, y entonces yo quise justificar la actitud del vendedor con unas consideraciones sobre el destino, el azar y las manos que influyen en nuestras vidas sin darse cuenta. El barbero, haciendo aspavientos para que parase, me dijo:
-Déjese de filosofías, don Emilio, esas las guarda usted para esas cosas que escribe en los periódicos y en Internet. Si este tío habla para impresionar, es un soplagaitas, porque encima deja de vender, que es su trabajo.
-¿Y si cree firmemente en lo que dice?
-Entonces, amigo, es que está como una regadera.
Pues será eso… O lo otro. Por cierto, el cupón tenía el reintegro.
En esto del Óscar los académicos de Hollywood son muy especiales y tienen costumbres que repiten, como otorgar premios a quienes interpretan a lisiados, disminuidos o deformes, o a caracterizaciones de personajes reales en films biográficos. En Estados Unidos y en Europa, la guerra civil española es casi una leyenda, similar a la Revolución Mexicana y por encima de la II Guerra Mundial en cuanto a la mitología del conflicto. Gustan mucho películas sobre la guerra, y hay una filmografía no española muy importante, realizada por mucha gente, desde el escritor y cineasta francés André Malraux (Espoir. Sierra de Teruel) y el más reciente británico Ken Loach (Tierra y libertad), hasta cintas norteamericanas ya legendarias como ¿Por quién doblan las campanas?, con Gary Cooper e Ingrid Bergman que sí se llévó el Óscar a la mejor actriz, Agente confidencial, con Charles Boyer y Lauren Bacall, y muchísimas más en las que intervienen actores y actrices del renombre de Dirk Bogarde, Ava Gardner, Henry Fonda, Claudette Colbert, Ray Milland… Billy Wilder escribió un guión para otra cinta, y la lista es interminable hasta nuestros días, que hemos podido ver Juegos de Mujer con Charlize Theron y Penélope Cruz. La guerra civil española es aludida muchas veces aunque no aparezca en pantalla en películas como Casablanca o Las nieves del Kilimanjaro. Es decir, a los norteamericanos, incluso a los de ahora, les gustan las películas sobre aquella guerra horrible que el cine y la literatura están convirtiendo en romántica (qué cosas).
Se habló no hace mucho de una posible erupción entre Gran Canaria y Tenerife, que si fuese lo suficientemente copiosa funcionaría como puente y arruinaría a las navieras. Eso es poco posible por la profundidad del mar en la zona, y desconozco qué profundidad hay en el Mar de las Calmas. Puesto a imaginar -novelista al fin- podría surgir del mar una nueva masa, construida capa a capa por lava humeante que haría hervir el mar y que poco a poco sería una nueva isla. Si seguimos imaginando, estaría unida por un istmo a la zona de La Restinga y podría duplicar o triplicar el territorio herreño, o bien establecerse sola, fundando un nuevo Sur geográfico para Canarias. Y, claro, emergen también las preguntas: ¿De quién sería la isla? ¿Quién obtendría beneficios especulando con las construcción de poblaciones, carreteras y servicios? ¿Quién viviría en Nuevo Sur? ¿Tendría ayuntamientos y cabildos? Y un problema añadido: se rompería la famosa triple paridad de diputados para el Parlamento de Canarias, y habría que buscarle representatividad en el Senado, con lo que habría que reformar la Constitución. La isla Nuevo Sur desencadenaría la avaricia económica, la voracidad política y concesiones a pioneros (no pongo la lista porque serían los de siempre) como cuando el Gobierno de Estados Unidos se hizo con los territorios de La Louisiana y La Florida y el presidente Jefferson repartió aquella nueva riqueza entre los tabaqueros de Virginia y las más preponderantes familias de la costa Este. Yo creo que, conociendo la cabras del rebaño, lo mejor es que el volcán no erupcione o que si lo hace solo construya una montaña bajo el agua y no funde un San Borondón para la discordia.