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¿Se acabó la fiesta?

zjjoo2222.JPGNunca me alegro de los males ajenos y mucho menos de los que de alguna manera me atañen. Me refiero a las glorias deportiva de España, una especie de contrasentido, pues mientras las vitrinas de muchos deportes rebosaban de trofeos, el país no iba muy bien. Decían que ganar animaba y que incluso dinamizaba la economía, pero eso debe ser en otros países; aquí no. Resulta que, de golpe, los Juegos Olímpicos empiezan a bajarnos de la nube. No están Nadal y otros posibles medallistas por lesión, la selección de baloncesto tiene a medio equipo tocado o en recuperación física y el remache: la selección de fútbol, la gran favorita, no ha sido capaz ni de ganarle a Honduras, que como sabemos tiene un potencial futbolístico más bien cortito. ¿Es que se ha acabado la fiesta y todo ha sido flor de un día? La verdad es que no podemos fiarnos mucho por los resultados de estos Juegos Olímpicos, porque Londres parece que nos trae mala suerte; la cosa empezó mal, cuando la adjudicación de los Juegos y Londres le birló la sede a Madrid por la «gracieta» del príncipe Alberto de Mónaco. Queda esperanza en vela y poco más, porque las posibles medallas que se esperaban en ciclismo, remo, natación o judo se han volatilizado. Mirémoslo por el lado positivo y pensemos que la pesadilla de Londres acaba el día 12 y a lo mejor cuando seamos menos gallitos en deportes empieza a recuperarse la economía. El que no se consuela es porque no quiere, y si no hay copas de las otras, nos quedan los chupitos.

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Un estroncio para el Estadio Insular

Desde que tengo uso de razón, Gran Canaria es la isla de los debates inacabables que a menudo abortan proyectos que tal vez fueron interesantes. Esto ocurre elevado a la enésima potencia en su capital. Incluso durante la dictadura franquista, cualquier cosa que fuera a moverse era objeto de discusiones infinitas, como sucedió con la Ciudad del Mar -que salió adelante- o con el tren aéreo -que se atragantó-. z765gest.JPGMover una piedra cuesta una letanía de argumentos a favor y en contra, y casi siempre ocurre porque el espacio es breve y hay que aprovecharlo, o protegerlo, o utilizarlo, o salvarlo… Qué sé yo. El Auditorio hizo correr ríos de tinta antes de ser una realidad, y me pregunto por qué tanto debate si al final no deja de ser un edificio que ocupa menos espacio que cualquier mamotreto de viviendas de los que hay por la misma zona y que nadie ha debatido. La circunvalación, más de lo mismo, el Guiniguada ni te cuento. Hubo un tiempo en que se debatió si el nuevo estadio llevaría o no pista de atletismo, la pusieron y nadie ha hecho allí una carrrera. Del rockódromo ya ni se habla, La Gran Marina se disolvió y aquí lo único que parece normal es el Puerto, seguramente porque tiene vida propia. Todo lo que uno enrama viene otro después a desenramarlo, no porque no le guste sino porque no lo ha hecho él. Ahora el objeto de deseo es el viejo Estadio Insular de Ciudad Jardín. Como puede producirse un debate sobre si poner alli un borulo o un estroncio, yo me inclino por lo segundo. Se preguntarán qué es un estroncio; ni idea, pero ya nos iremos enterando si lo instalan. Pasa siempre.
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(Esta es la única foto que he podido conseguir del estroncio. ¡Bonito artilugio, eh!)

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En la muerte de Esther Tusquets

zzetpic[3].jpgLa Gauche divine catalana tomó carta de naturaleza en los años sesenta del siglo pasado, cuando Carlos Barral capitaneaba a una serie de vástagos de la alta burguesía que se había vuelto rebelde contra su mayores, aunque finalmente siguieron su estela de dominadores de la sociedad catalana. Esther Tusquets forma parte de esta larga nómina, que como un designio desembocó en los diversos frentes políticos, sociales y económicos para hacer real el aserto de Lampedusa: cambiar algo para que todo siga igual.
En los años sesenta lo que cambiaron fueron las formas, y esto lo ha contado Esther Tusquets en uno de sus libros más celebrados y más castigados, El mismo mar de todos los veranos. Los niños de la alta burguesía se repartirían primero la clandestinidad y luego la democracia en todos los frentes (Solé Tura en el PCE, Maragall y Serra en el PSOE, Pujol en CIU), el caso es que, ganase quien ganase siempre gobernaban ellos, y así sigue siendo. Hace un siglo se repartieron hasta los equipos de fútbol, los laneros del Vallés crearon el Sabadell, los sederos de Sarriá el RCD Español y los algodoneros del Ensanche el Barça. Entre todos construyeron el gran modernismo catalán, el Palau de la Música o el Liceu.
zzpalaumusica[1].jpgEsther Tusquets cifraba en poco más de veinte las familias que llevan dos siglos controlando Cataluña. Ella pertenecía a una de ellas, y aunque díscola en las formas, finalmente encontró dinero familiar para fundar Editorial Lumen, y se hizo de oro cuando esta editorial compró a precio muy bajo los derechos de El nombre de La Rosa que nadie quería. Fue escritora comprometida con el feminismo y con la izquierda, buena prosista en castellano, como todos sus congéneres de clase y algunos que venían de abajo y que se sumaron al club, como Vázquez Montalbán y Terenci Moix.
Su papel como editora a menudo se relaciona con la editorial que lleva su apellido, pero no, esa es otra historia, porque Esther Tusquest es el alma y el motor de Lumen. Fue innovadora y se marcha cuando coge al sector en pleno cambio, cosa que en lugar de crearle problemas a ella la estimulaba. La digitalización de los libros pudo haber tenido en ella un adalid, pero se ha ido, y las letras catalanas en castellano y el pensamiento postmodernista catalán han perdido a una de sus grandes valedoras. Fue una gran mujer, una gran escritora y una osada editora. De esas ya casi no quedan. Descanse en paz.
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(Este trabajo fue publicado el martes 24 de julio en la edición impresa de Canarias7)