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El espacio y el tiempo de Jonás Meneses

Jonás Meneses es una nueva voz narrativa que se da a conocer con la novela Salacot, en la que juega nítidamente con el espacio y de manera más alambicada con el tiempo, usándolo hasta reducirlo a la nada en el instante que es el punto crucial de la novela. Luego lo fuerza para moverse en otros estadios difícilmente explicables en este trabajo, porque pertenecen a la lógica interna de la obra, y hacerlo es, además de complejo, destripar el argumento. La ciencia-ficción es un género en el que se puede jugar con la imaginación, y a veces de manera arbitraria se fuerzan leyes físicas que los ortodoxos no se atreverían a tocar. Jonás Meneses trata la conjuración del espacio con naturalidad, y aunque aparentemente es el espacio lo que a ojos vista se trangrede en la novela, es el tratamiento del tiempo lo que la hace realmente interesante, no el tiempo en la estructura literaria, sino como concepto moldeable a voluntad en la línea de la teoría de los agujeros de gusano.
imagensalacot5.JPGLas relaciones espacio-tiempo son fundamentales en la conciencia individual y colectiva, si bien han sido traspasadas desde siempre por dioses, héroes y sibilas que trafican con el pasado y, lo más fascinante, con el futuro. Kant retuerce la visión newtoniana de que el tiempo es una percepción; afirma que es al revés: no puede existir percepción si esta no se da en el tiempo. Es decir, nada existe sin el tiempo, y su relación con el espacio es primordial, pues determina velocidad, distancia y otros parámetros a partir siempre del tiempo y el espacio. Aunque ya la literatura jugaba con esas magnitudes a la buena de Dios desde finales del siglo XIX con Un yanqui en la corte del rey Arturo de Mark Twain o buena parte de Julio Verne, y, por supuesto, con La máquina del tiempo de H.G. Welles, llega Einstein y viene a decir con su muy nombrada y también muy desconocida Teoría de la relatividad que la literatura puede usar argumentos cercanos a la ciencia, y esa relación espacio-tiempo intrínseca a toda novela empieza a saltar por los aires desde los albores del siglo XX. Es palpable no solo en novelas que claramente apuestan por el género, de autores como Asimov, Sawyer o Leinster, sino también en la literatura en general, desde los juegos de flashback de Francis Scott Fitzgerald hasta la combinación de otras dimensiones que hacen autores como Juan Rulfo.
Jonás Meneses juega con todo eso, usando para ello su formación científica, y es probable que alguno de sus profesores de materias relativas a la física se habrán echado las manos a la cabeza al ver cómo él trata la ciencia, lógica por definición, precisamente para romper esa simetría clásica entre el espacio y el tiempo, y seguramente le pasará como a los científicos a los que alude Stephen Hawking, a los que no les agradó la idea de que el universo hubiese tenido un principio. Salacot es una lectura amena y desde luego inquietante, y si algún pero hay que oponerle yo diría que el autor estuvo más pendiente de no perder el pulso de su propuesta que de sus personajes, a los que tal vez debió dejarlo más sueltos, aunque también es cierto que cada uno de sus movimientos son tributarios de la idea central del relato; los conflictos latentes solo se esbozan, asunto que por otra parte agradecerán los lectores que se vean arrastrados por la intriga de lo que está sucediendo y no entienden porque rompe toda la lógica que consideramos normalidad.
Esta novela es muy recomendable. Plantea un argumento muy original y desarrollado con soltura, lo que significa que pone a su autor en la tesitura de un desafío, porque si Truman Capote decía que toda novela debe comenzar con un asesinato y de ahí para arriba, Salacot comienza con la aparición de un extraño objeto sobresaliendo de la tierra y sigue subiendo. ¿Qué asunto va a proponernos ahora Jonás Meneses? Puede incluso que su próxima novela no tenga nada que ver con las leyes físicas.

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¿También el dinero procede de Dios?

Ya es bien sabido que la deriva económica de Occidente -especialmente de Europa- se fraguó en los años 80 del siglo pasado por un entramado cuyas cabezas más visibles fueron Reagan, Thatcher y el papa Juan Pablo II, pieza fundamental para el primer gran paso, que era el desmoronamiento del sistema soviético, que empezó en Polonia. La secuencia se ha ido desarrollando ante nuestras narices, y cuando alguien advertía lo que se estaba maquinando lo acusaban de cualquier cosa que lo desautorizara o que oliera a azufre demoníaco. La idea era volver a tiempos pasados, acabar con el estado de bienestar que caminaba hacia un reparto más justo y apoderarse no solo de los medios de producción sino también de las vidas hipotecadas de las personas. Primero lo hicieron soterradamente, hablando de globalización, luego fueron un poco más claros y se habló de deslocalización y finalmente, al rebufo de unaimagentalento.JPG crisis económica inducida, dieron un puñetazo sobre la mesa para dejar muy claro quién manda aquí. En esas estamos, porque la crisis visible surgió en 2008 pero el proceso empieza a enseñar las orejas desde la huelga de mineros ingleses (1984-85), que curiosamente coincide en España con lo que llamaron reconversión industrial, y que no era otra cosa que la preparación de los sectores públicos para que pudieran ser privatizado, cosa que sucedió en las décadas siguientes.
Todo lo que un estado debe garantizar a favor de la ciudadanía, como la energía, el transporte, las finanzas y las comunicaciones, ya está en manos privadas, y ahora tratan de privatizar sanidad y educación, como ya sin careta expresó ayer mismo el presidente de la patronal española. Y no se ruborizan personajes como Aznar cuando se arrogan méritos económicos, que seguramente son aplaudidos por quienes se llevan los beneficios de esas subidas del PIB, pero que condenan a la inmensa mayoría al paro o a salarios casi de esclavitud. Con estas premisas, tendríamos que mirar con lupa a quien votamos en los diferentes comicios de este año, porque hemos visto que en el último cuarto de siglo los gobiernos y la política en general han estado al servicio de quienes hacen su fortuna profundizando en la desigualdad. Van tan sobrados, que mienten a sabiendas de que conocemos sus mentiras, pero siguen por ahí, amenazado a quienes les echan en cara sus abusos («Me he quedao con tu cara», dice una candidata a una ciudadana que le niega la mano) galopando una corrupción que hasta creo que les parece legítima, porque ellos son el poder y cualquier intento de equilibrar la sociedad lo consideran una blasfemia económica, porque por lo visto, como los tronos medievales, el dinero también proviene de Dios.
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(La Ilustración está tomada del blog Empleo & Talento)

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Hermida, el hombre que nos contó La Luna

Los años finales de la década del sesenta y los primeros de la del setenta pillaron la metamorfosis completa de mi generación, y empezamos a entender que el mundo tenía entonces en los Estados Unidos su centro de gravedad. Aunque en España había una dictadura que ni siquiera olía las urnas democráticas, las informaciones sobre lo que sucedía en USA llegaban sin trabas, fueran elecciones (no importaba, votaban muy lejos) y sobre todo los hechos que configuraron toda una época, de la que buena parte se fraguó en aquel país del que hasta entonces, y por obra del cine, llegamos a creer que fue fundado por John Wayne y Gary Cooper a pique de espuelas y golpe de revólver. Pero ya había nacido el Rock -y antes el Jazz-, y aquellas cosas se nos transmitían en primera instancia con la voz de Cirilo Rodríguez a través de Radio nacional, y casi al final de la década quedaban fijadas por las imágenes que nos anunciaba Jesús Hermida, un tipo con un peinado muy peculiar, y una manera de hablar más peculiar aún, pues era en sí mismo una contradicción periodística, ya que quien tiene que transmitir datos no debería andarse con circunloquios a menudo exaperantes.
zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzimagenhermida.JPGDetrás de tan personal flequillo aparecían siempre los rascacielos neoyorkinos, y luego las imágenes de aquello que nos marcó, fueran hechos políticos de gran impacto como la escalada en la guerra de Vietnan, y el final de esta, los asesinatos de Bob Kennedy y Martin Luther King o el escándalo Watergate, o bien eventos que dividieron las aguas como el macroconcierto de Woodstocks o el que dieron en California los Rolling Stone en el que encargaron a los Hells Angel (Los Angeles del Infierno) la seguridad a cambio de cervezas; así acabó como acabó. Las primeras imágenes en movimiento de Bob Dylan, Janis Joplin o Jimmy Hendrix nos llegaron precedidas por un comentario interminable de Hermida. Pero sobre todo, Jesús Hermida es el hombre que nos comentó por televisión la primera imágenes de la llegada del hombre a La Luna. Aunque al principio fuera en diferido (a Canarias, las emisiones vía satélite llegaron en los años setenta) todas aquellas informaciones nos dieron una imagen de un país convulso y a la vez influyente, y con esa tendencia que tenía a contar y recontar, fue creando imágenes colectivas sobre los hippies, o sobre hechos que sucedieron antes de que él fuera corresponsal (muerte de Marylin, asesinato de Malcon X, crisis de los misiles). Hermida ejerció durante décadas de experto oficial sobre cualquier asunto norteamericano, y es curioso cómo nuestra memoria nos regatea y se le relaciona más con John Kennedy que con Nixon, cuando la realidad es que vivió de pleno la presidencia y caída del segundo y que llegó a Nueva York cinco años después del magnicidio de Dallas. Tengo la impresión de que el propio Hermida quedó atrapado en ese ejercicio; tal era su fascinación por Estados Unidos, que parecía que no acabó nunca de creer su propia corresponsalía. Aplicaba en cualquier tiempo sus conocimientos de una sociedad que dejó de existir justo cuando llegó Reagan a la Casa Blanca y él regresó a España. De lo que no hay duda es de que, por oportunidad y por estilo, desde siempre fue un mito de la televisión. Como todo lo intangible, no era bueno ni malo, era Jesús Hermida, el hombre que nos contó La Luna y el Watergate (Neil Amstrong y Richard Nixon eran solo personajes de sus relatos).