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Se agotan las fuentes

 

Se ha muerto Jürgen Habermas, el último estertor de lo que significó la Escuela de Frankfurt en la evolución del pensamiento en lo que llamaríamos la nueva edad contemporánea. Y sí que parece que nos hayamos quedado huérfanos, porque todo el devenir del último siglo ha venido a desembocar en lo que, hace unos años, fue llamado pensamiento débil por su mentor Gianni Vattimo, el filósofo de la posmodernidad.  Mezclando lo que escucho por la radio, veo en la televisión y recuerdo cuando paseo la mirada por los lomos de los libros de mi modesta biblioteca, siento la sensación de que el tiempo me traslada al siglo pasado, más concretamente al segundo cuarto, el mismo que ahora acometemos en esta centuria que se oscurece cada día más. Es ese el tiempo en que se fraguaron las distintas líneas de pensamiento y creación que clausuraron el romanticismo político y nos metieron en la oscuridad del odio de una guerra terrible, y luego en un mundo en el que el miedo a la destrucción nuclear se mezcló con leves rayos de esperanza, que a veces nos parecieron relámpagos, pero que, a los hechos me remito, nos tiene ya en el filo del abismo físico y moral, pues ya parece que todo ha caducado.

 

 

En esos años veinte y treinta del siglo anterior, en el que pasamos de bailar el charlestón a encender hornos crematorios de exterminio, las artes, las letras, la música y el pensamiento iban arrastrados de una mano por una gran potencia creativa y de otra por un instinto de destrucción que parecía el pórtico del infierno de la Divina Comedia (“Perded toda esperanza”). Ese ahogo de cualquier vía mental de salida bloqueó a mentes tan lúcidas como las del filósofo Walter Benjamín y el escritor Stefan Zweig, que decidieron quitarse la vida porque no fueron capaces de enfrentarse a la posibilidad de que se pudiera pasar por encima del cartel imaginado por Dante.

 

Y en ese tiempo había plumas que pasaban por escribir ficción o hacían política pero que realmente hacían sociología, filosofía y rebeldía, aunque esta última palabra no sea un concepto intelectualizable (o sí). Había también voces femeninas muy poderosas, que es ahora cuando empiezan a ser escuchadas, y cuyo pensamiento también es válido ahora mismo, porque el mundo está en una encrucijada parecida a la de hace cien años. Hanna Arendt, Simone Weil, María Zambrano o la muy olvidada y ahora recuperada Ayn Rand, quien, para que nos hagamos una idea de la falta que nos hace el pensamiento libre, defendió siempre posiciones en las que lo primero es la libertad individual, y por eso dijo que la moralidad termina donde empieza la pistola, que los que niegan los derechos individuales no pueden pretender ser defensores de las minorías y, el remache: “»Lo más difícil de explicar es lo evidente que todo el mundo ha decidido no ver». ¿Les recuerda algo?

 

Grandes nombres reconocidos, incluso en su refutación, han marcado el pensamiento, con la mencionada Escuela de Frankfurt como uno de los puntos de salida. La psicología, la filosofía, la sociología, la economía, la historia y muchas de las artes han tratado de responder a las grandes preguntas que llevamos haciéndonos desde siempre, y casi siempre lo que han conseguido es generar más interrogantes. Y con eso hemos construido lo que hoy somos, incluso quienes nunca han leído una sola línea o visto una película o un cuadro que se ajuste a determinados conceptos, porque todo se va extendiendo como una mancha de aceite. La revolución sexual de los años 60, los grandes movimientos pacifistas, la preocupación por la ecología y el cambio climático o los movimientos musicales, artísticos o tecnológicos no sucedieron al azar. Nada se produjo por generación espontánea, todo ha sido consecuencia de la evolución del pensamiento, que también se expande desde la literatura, el rock o cualquier otra manifestación humana. Pero todo proviene de las fuentes del pensamiento, y siempre fue así.

 

Cómo no, muchas de estas ideas molestaban a quienes esos cambios podían restar poder, beneficios o simplemente comodidad, y, por supuesto, reaccionaron. Como en la tercera ley de Newton, el principio de acción-reacción también se cumple en el tratamiento de las posibles respuestas a esas preguntas que nos venimos haciendo desde que tuvimos como especie la capacidad de pensar. Pero las grandes fuentes se están secando, una de las más importantes ha sido la de Habermas, que acaba de partir, y si acaso queda la resaca de Noam Chomsky, que de lingüista devino en activista y ahora ya está de baja por la edad y el deterioro físico, y también por sus relaciones con Jeffrey Epstein, que ha resultado ser una especie de maldición que ensucia todo lo que toca.

 

Y en esas estamos, y algunos de los faros deslumbrantes que ahora nos quedan en pie provienen del campo en el que la ciencia se cruza con el debate de sus límites. Sigo pensando que hay que tener en cuenta a nuevas voces, como la española Victoria Camps, la filósofa de la bioética, o a Angela Davis, cuya voz sigue sonando fuerte. Desde luego, no debemos desestimar la obra de quienes ya no están físicamente, como seguimos mirando las señales que nos llegan de los clásicos o de los ejemplos de personajes como Giordano Bruno o Miguel Servet, porque el pensamiento es tan amigo de la ciencia como del arte.

 

Para no perder esa esperanza dantesca, hay que seguir agarrándose a estos asideros, y tratar de detener el tiempo, porque esa voracidad de las prisas del zapping o los mensajes de 140 caracteres no permiten pensar. La Inteligencia Artificial hace posible conjugar millones de datos en segundos, cosa que el cerebro humano no puede hacer, pero si queremos alcanzar algo que pudiera oler aunque sea de lejos, a pensamiento libre, debemos usar la demora, la maceración de las ideas, porque ya saben lo que dijo el clásico: “El tiempo no perdona lo que se hace sin contar con él”.

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