¿Para cuándo la desclasificación de la vergüenza del Sahara?

 

Ha sido una semana complicada, porque al disparate que era ya la política mundial, se une ahora el desaguisado imprevisible de Oriente Medio. Parece ser que ya no merece la pena estudiar ciencias políticas ni meterse en la Escuela Diplomática, pues solo sirve para teorizar, porque a la hora de la verdad es la fuerza lo que se impone. Es como volver a las cavernas. Y en política nacional, bote y rebote del 45 aniversario del 23F, con desclasificación de unos documentos que no dicen más allá de lo que sabíamos, y solo me surge la pregunta que siempre ha estado ahí: ¿por qué de la trama civil -que fue quien financió la fiesta- sentaron en el banquillo a una sola persona? Digo yo que revelar las conversaciones telefónicas de la esposa de Tejero con su hijo y con su misteriosa amiga Herminia es darle tres cuartos al pregonero, puro chismorreo de corrala para entretener las lenguas.

 

 

Pero hay otro febrero que nos sigue avergonzando, el de 1976, hace ahora 50 años, en el que, pasando por encima del acuerdo de la ONU de 1974 de celebración de un referéndum de autodeterminación del territorio, que el gobierno español aceptó celebrar en 1975, y saltándose la sentencia de Tribunal Internacional de La Haya de Octubre de ese mismo año, se firma la pantomima del Acuerdo de Madrid de 14 de noviembre, por el que, de facto, se entrega a Marruecos el Sáhara Occidental. Sabemos que, en la sombra de ese asunto se movieron aqueos, frigios y troyanos, coordinados por Henry Kissinger, el inefable Secretario de Estado del presidente Nixon. Los civiles y las tropas españolas tendrían que abandonar el territorio antes del último día de febrero, lo que se realizó bajo el nombre de Operación Golondrina. De paso, se condenaba al pueblo saharaui a errar por el desierto. Y ya va medio siglo.

 

Da mucha tristeza ver cómo España sigue siendo igual de valleinclanesca que hace ya más de un siglo, cuando vio la luz y los escenarios la obra Luces de Bohemia, pues las esperpénticas proclamas de Max Estrella, su protagonista, siguen definiendo el aire cainita, tramposo, clasista y vengativo de la actual política española. Por ello, como recuerdo de nuestra vergüenza con el Sáhara, aireo palabras propias que llevan más de 30 años agazapadas en una novela:

 

“El nordeste soplaba como una maldición helada sobre la última fila de dunas. El Aaiún quedaba atrás con ese aire definitivo que tienen las huidas. Los últimos meses podían medirse como años de sufrimiento, esperanza e incertidumbre. La maldición helada del nordeste azotaba en el febrero sahariano de 1976 los costados de los calcinados camiones Pegaso del ejército español, imperial durante años y monárquico de reestreno. Los oficiales de menor graduación, sentados en las cabinas, junto al conductor, mantenían los rostros severos, como si se viajara hacia el combate.

 

Y el maldito nordeste helado, viento que permanece en soplo infinito indicando en sesgo el camino del océano, puebla de arena el intermitente asfalto que une El Aaiún con Cabeza de Playa. Los camiones con equino nombre mitológico braman entre el silbido del viento mientras rechina en las llantas El Sahara hecho cuarzo molido. Se avista entre el tul arenoso la línea difusa del mar, interrumpida a la izquierda por las torres que sostienen la cinta transportadora de fosfatos de Bucraa. Se acaba el imperio, el ejército español hace cola para embarcar, en un Dunkerque incruento al que solo azota la maldición helada del viento del nordeste.

 

Los camiones iban reuniéndose en los alrededores de la Compañía del Mar, cerca de Cabrerizas. Un comandante del Tercio de la Legión daba gritos intentando poner orden en la marabunta de soldados, armamento y enseres. Las tropas iban subiendo a los anfibios que les trasladaban pausadamente hasta los navíos anclados allá donde el mar comienza a tener calado suficiente. El embarque del 28 de febrero de 1976 es como un último gesto imperial; los militares lo sabían, pero hacía mucho tiempo que no se albergaba en sus cabezas la falsa idea de imperio que el general recién muerto había proclamado durante cuatro décadas. Atrás quedaban los impulsos de rebelión, las conspiraciones no cristalizadas para que la palabra de España prevaleciera por encima de otros intereses que nadie quiso explicar. Embarcar en Cabeza de Playa, dejar El Sahara, era para los militares una vergüenza al tiempo que un deber elemental en un soldado.

 

Este sentimiento no era solo privativo de los militares profesionales. Los soldados de reemplazo, que un día fueron destinados por la suerte o el castigo a realizar el servicio militar en Africa, los mismos que durante meses desearon acabar lo más pronto posible su polvoriento servicio militar, también embarcaban con rabia. Otros soldados, los que llegaron de refuerzo y estuvieron en El Sahara durante unos meses, partieron con mayor tranquilidad, como si todo aquello no fuera con ellos, puesto que habían sido requeridos para defender Segovia, Sevilla o Santander. La ese de Sahara no era la suya.

 

Pero aquellos que llegaron al desierto vestidos de civil, que palearon arena en el campamento de instrucción de Cabeza de Playa y fueron asumiendo poco a poco  la húmeda sequedad del Sahara, lloraban por dentro porque habían aprendido a amar una tierra que no era la suya, pero a la que habían entregado un trozo muy importante de vida, y lo más terrible era que embarcaban descorazonados porque su corazón, el corazón del soldadito africano del cuplé, se había quedado para siempre entre las arenas del desierto. Aquel sentimiento no era militar, sino humano, pues habían aprendido a sentir al son del constante y a veces terrible viento del nordeste.

 

Junto a la playa donde se realizaba el embarque, soldados marroquíes vigilaban la operación. Miraban con desconfianza, y los españoles, que habían llegado al desierto contra su voluntad y aprendieron a amarlo y a comprender el sentimiento de libertad de sus habitantes, pensaban que tal vez aquellos soldados marroquíes, también llegados al Sahara empujados por una orden, acabarían como ellos amando el sabor reseco de la arena y comprendiendo a los hombres azules de la Saguia El Hamra. Había recelo en sus miradas, pero los fusiles no dispararían.

 

Cuando pase aún más tiempo y se agrande desproporcionadamente la Historia, se sabrá si el drama del pueblo saharaui tiene un final honesto, si para siempre la vergüenza española seguirá dando la espalda al sol, o si las volátiles palabras de arena empeñadas un día quedaron a merced del viento del nordeste”.

 

Esa sí que sería una reveladora desclasificación de documentos; íbamos a enterarnos de algunos sorprendentes enigmas cuya estela llega y hasta nuestros días, y los sobrepasa. Y eso, si han sobrevivido a las cenizas del olvido interesado

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