No hay duda, soy un sentimental

 

 

Por si ya no tuviera suficientes datos sobre el asunto, con esto queda claro que soy un sentimental, como un Bogart haciéndose el duro ante el comisario Renault mientras se pierden entre la niebla del aeropuerto de Casablanca. Y es que me he vuelto un tifossi futbolístico del Levante. Siempre he tenido tendencia a ponerme de parte de los pequeños, los perdedores y los pobres frente a los poderosos, triunfadores y ricos. Y es porque en la mayor parte de las ocasiones los débiles tienen la fuerza de la razón, que suele ser aplastada por la razón de la fuerza. Para mí el Levante era hasta ahora un nombre más entre las docenas de equipos segundones con los que la UD Las Palmas de mi niñez se enfrentaba en 2ª División.

 

 

Recuerdo una pancarta en el viejo estadio Insular en la que aparecía un jugador amarillo con un pie en Málaga (creo) y otro en Valencia (por el Levante), que eran los dos partidos que faltaban y que si se ganaban significaría el ascenso. Debió suceder así (o perdieron los rivales directos, no lo recuerdo) porque ese fue el año del ascenso de la UD Las Palmas a Primera en los años sesenta, con Vicente Dauder como entrenador. Luego el Levante se difuminó en la vieja memoria, en un trastero de equipos que nunca alcanzaban la gloria (Alcoyano, Indauchu, Eldense, Ferrol o el propio Levante). Y ese Levante segundó, en tiempos de pobreza de la UD Las Palmas, ha llegado hasta ser líder de Primera (una jornada, algo es algo). Es la venganza de los fracasados, esa justicia poética que raramente ocurre, pero que se está produciendo. Ya sé que va a ser muy difícil que este año alcance la permanencia. Pero seguiré siendo del Levante, que un día, hace unos años, fue líder de Primera durante una jornada, porque es una metáfora de lo que sucede alguna vez en la vida real. Lo dicho: soy un sentimental.

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