Sigo tratando de amortiguar la locura mediática generada por la política, aunque no sé si tal vez sea al revés, porque los medios y las redes se utilizan a veces como no debieran. El caso es que para volver a lo esencial también me sirve la narrativa que ahonda en los comportamientos humanos. No soy inmune a Paul Auster y otros autores bien promocionados, pero aquí prefiero ceñirme a lo cercano. Y en esa cercanía, dos novelas de corte muy diferente pero igualmente inquietantes me llevan a la convicción de que somos seres imprevisibles y por lo tanto peligrosos. Ambas novelas son El canto de la raposa de Rafael Alonso Solís e Interregno de Roberto A. Cabrera. En medio, se me ha vuelto a colar el último poemario de Pedro Flores, Los versos del contramaestre del arca, que también ahonda metafóricamente en las miserias zoológicas que seguimos arrastrando los humanos desde la mítica refundación de la Humanidad en el Arca de Noé.
Pero, en estos días, lo que más apetece leer es algo que nos lleve a mundos distintos, a ser posible desconocidos y mejor si a veces son divertidos. Esto es lo que hace con mano segura Ramón Betancor en su trilogía El reino de los Suelos, un juego literario que empezó en un blog y fue creciendo hasta convertirse en todo un mundo a través de tres novelas, la última de las cuales es Camino del Suelo. Me ha sorprendido la originalidad del tratamiento que hace de las diversas historias que se entrecruzan, un juego sobre la identidad que envuelve con un tratamiento de misterio muy especial. No es fácil mantener el pulso en un recorrido tan largo, pero Betancor lo consigue, dando siempre una vuelta más de tuerca. Esto que digo son sensaciones de lector; podría entenderse como notas de lectura, y entiendo que esta novela pertenece a un universo literario ensamblado con las nuevas formas físicas que toma el mundo. También creo -es otra impresión- que haber terminado la trilogía libera las manos del autor para nuevas empresas literarias; claro, eso si le dejan tiempo las seis cuerdas de una guitarra rockera en el grupo Extática. Y para variar de géneros, he vuelto a un ensayo de los años 80 que ya es un clásico; me refiero a La invención de la tradición de Eric Hobsbawm y Terence Ranger, que puede dar un poco de idea de cómo se construyen de la nada fenómenos sociales como el que ahora nos inquieta.
(Tengo en canal la novela El conocimiento, de Jonathan Allen, que, como en él es habitual, será una propuesta interesante de la que hablaré cuando la haya leído).
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