Para los seguidores fervorosos de Gabriel García Márquez, la reciente edición de toda su cuentística en un solo volumen no es mucho más que una curiosidad editorial y en todo caso bibliófila. Literariamente es una certificación más de la enorme calidad de uno de los narradores más importantes de la historia en nuestra lengua. Como suele ocurrir con la mayor parte de los narradores, García Márquez comenzó publicando cuentos, el primero de ellos en el diario colombiano El Espectador, que tituló La tercera resignación. Otros relatos le siguieron, porque el cuento es más fácil de publicar, pues cabe en revistas, suplementos literarios de los periódicos y antologías compartidas.
Existe, además, la falsa creencia, de que alguien que quiere ser novelista debe curtirse primero en el relato breve, cuando es bien sabido que el cuento es un género literario muy difícil, y que es en sí mismo un mundo concentrado que no admite distracciones. Cortázar decía que la novela es una carrera de fondo, en la que puedes bajar el ritmo, mirar a la grada y hasta detenerte unos instantes a beber agua; el cuento es una carrera de cien metros lisos en la que no cabe el mínimo despiste, la más leve mirada a lo que no sea la meta. Abundando en esta diferencia, en una novela un personaje llega a su casa y pone música, cualquier disco, y se sirve una copa; la trama sigue con aquella música y el personaje tomando la copa a sorbos. Pero eso es importante en el decurso de la conexión entre autor y lector, porque finalmente son solamente artilugios para hacer descansar al lector de la tensión de la trama central. En un cuento, ese mismo personaje pondrá música, pero no una cualquiera, sino La Sonata K 212 en la mayor de Scarlatti ejecutada con clavicémbalo, y tomará un coñac concreto, porque si en el cuento aparece esa música y esa bebida es porque son determinantes para su resolución. Por lo tanto, nada queda al pairo, como sucede en todas las novelas con determinados pasajes.
Hay autores que han elevado el cuento a la cima literaria, desde Boccacio y Chaucer, a Maupassant y Chéjov. En España, el cuento literario empezó a decaer seguramente abrumado por el enorme peso de la novela, la poesía y el teatro de nuestro Siglo de Oro. Durante varios siglos, el cuento ha sido considerado un género menor, un aprendiz de novela, cosa que como hemos visto nada tiene que ver con la realidad. El cuento es el hermano pobre y el gran desconocido, aunque escribieran cuentos magníficos autores como Galdós o Clarín. En las últimas décadas ha empezado a valorarse más, con autores celebrados como Mateo Díez o Manuel Rivas, que incluso han alcanzado con libros de cuentos el Premio Nacional de Narrativa.
En Hispanoamérica, por el contrario, el cuento nunca perdió el prestigio literario que le corresponde. Autores como Rulfo, Cortázar, Arreola o Borges lo cultivaron con excelencia, y en el caso de los dos últimos nunca escribieron una novela, ni falta que les hizo. En esa línea, Canarias ha estado más cerca de América, y desde finales del siglo XIX con los Hermanos Millares hasta épocas más recientes, el cuento está entre lo más granado de nuestra narrativa: Isaac de Vega, Antonio Bermejo, Víctor Ramírez, Pedro Lezcano, Dolores Campos-Herrero…
García Márquez responde al patrón de narrador hispanoamericano, que alterna cuento y novela con igual maestría, sabiendo que está tocando dos instrumentos diferentes. Porque también se ha dicho que puede haber un cuento de cincuenta páginas y una novela de veinte, puesto que el tratamiento es distinto. Es verdad que, en general, la temática de los cuentos de García Márquez se mueve -como en sus novelas- en ese mundo nebuloso que llamamos realismo mágico y tienen como fuente la tradición y la vida cotidiana de unas sociedades muy peculiares, y la excepción son los Doce cuentos peregrinos, que al autor sitúa en Europa durante los años en que anduvo por el viejo continente ejerciendo sus corresponsalías periodísticas, aunque los escribió mucho después.
Cabe decir aquí que muchos de sus relatos breves son germen de novelas que luego unas se escribieron y otras no, como el Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo o Los funerales de la Mamá Grande. Otros nacieron desgajados de episodios novelescos, como La Increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada, que aparece antes esbozado en Cien años de Soledad. Como sucede con la mayor parte de los novelistas (y algunos poetas como Benedetti) hispanoamericanos, su faceta cuentística está a la altura de sus novelas, desde Horacio Quiroga y Miguel Angel Asturias hasta la generación de Boom y después, de lo que García Márquez es el paradigma, pues sus relatos se leen con la misma fruición que sus celebradas novelas, que en algunos casos son herederas literarias de grandes colecciones de relatos (Carlos Fuentes dixit), desde Las mil y una noches y Los cuentos de Canterbury hasta La Biblia.
***
(Este trabajo fue publicado el pasado miércoles en el suplemento Pleamar de la edición impresa de Canarias7).