Con Blake Edwards desaparece uno de los grandes maestros artesanales del cine, que a la vez tenía un talento creativo enorme. Es de la estirpe de Billy Wilder y Satanley Donnen, que conformaron una generación de oro heredera del maestro Ernst Lubitsch, que lo mismo transitaba la comedia con maestría que se internaba en el musical, el drama o en cualquier otro género, y siempre con solvencia y un estilo propio.
Para que Blake Edwards estuviese con letras muy grandes en la historia del cine bastaría mencionar Breakfast at Tiffany’s (Desayuno en Tiffany’s), donde Audrey Hepburn se convierte en el icono de la elegancia que hoy conocemos, una obra maestra. Si quisiéramos inscribirlo en la comedia del absurdo, su mascarón de proa sería la película de culto El guateque y lo más popular la desternillante saga de La Pantera Rosa; en la mejor comedia sin duda inscribiríamos La carrera del siglo y Víctor o Victoria y en películas inolvidables Días de vino y rosas, con Lee Remick y Jack Lemmon en la cima de su arte. Tal vez su última etapa no fue tan brillante, pero él mismo no pudo superar el listón, que se había puesto tan alto en los años sesenta. Se va uno de los grandes, nos queda Stanley Donen.
Un comentario en “Uno de los grandes”
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Blake Edwards era uno de esos genuinos hombres de Hollywood que convivían con igual deportividad y saludable sonrisa con los éxitos más rotundos que con los sonoros fracasos. Saboreó los dos extremos de una industria que conocía al dedillo porque se crió correteando de estudio en estudio a los pies de su padre, un pionero de Hollywood, J. Gordon Edwards, que había llegado con su familia a principios de los años veinte desde Tulsa para probar suerte en la nueva tierra prometida.
Hollywood recuerda la lealtad del maestro de la comedia
Tan sólo un Oscar de honor reconoció la gloria de Blake
Para él, el humor mantenía su salud mental en un mundo disparatado
Peter Sellers fue la histriónica máscara de sus mejores películas
Él achacaba a la comedia, el género por el que Edwards pasará a la historia del cine, el poder de mantener su salud mental en un mundo tan disparatado como el que describió en una de sus mejores y más corrosivas películas: El guateque (1968), en la que hizo gala no solo de su don para el chiste fácil sino también para una mordaz crueldad gracias a ese patético, torpe y entrañable personaje interpretado por un explosivo Peter Sellers, actor al que dirigió en su serie de La pantera rosa y con quien mantuvo una relación de amor-odio que rozaba lo patológico. «No, Peter no era un excéntrico. Oía voces, hablaba con Dios, tenía conversaciones diarias con su madre, que estaba muerta. Eso es locura», señaló en una ocasión Edwards sobre el actor británico.
Si Sellers fue la histriónica máscara de sus mejores comedias, Audrey Hepburn fue el dulce rostro de su gran comedia romántica: Desayuno con diamantes (1961). Basada en la obra de Truman Capote, Edwards dulcificó el triste relato de aquella chica que se curaba de los malos días (los rojos, que en relato de Capote eran casi todos) fantaseando de madrugada frente al escaparate de la joyería Tiffany’s. Si las piernas de Marilyn Monroe abiertas de par en par a las tripas del metro de Manhattan forman parte de la iconografía del cine, el melancólico arranque de Desayuno con diamantes en una despoblada Quinta Avenida, también.
Edwards llevó a su propio terreno un género que bebía tanto del slapstic como de Preston Sturges o Leo McCarey y que él consideraba infravalorado artísticamente (sólo logró un Oscar honorífico en 2004 y una candidatura al mejor guión en 1981 por Victor/Victoria).
Sus primerizas incursiones en el drama (Días de vino y rosas) o en el thriller (Chantaje contra una mujer) se vieron eclipsadas por la gabardinas del inspector Clouseau y el solitario gato de Holly Golightly. Aunque esos personajes lastraran su carrera también le salvaron del chaparrón de millonarios fracasos, como Darling Lili o La carrera del siglo, una película difícil de olvidar (gracias a Peter Falk y Jack Lemmon) pero que fue un fiasco económico.
Edwards, que fue actor en sus primeros años, se acabó casando en 1969 con su musa: la actriz Julie Andrews, cuya bondadosa sonrisa le acompañó hasta ayer mismo.
Del Pais.com