Nos inundan de datos a los que la mayor parte de las veces no les hacemos caso, o al menos no los estudiamos en profundidad. Son cifras, estadísticas, y muchas de ellas tienen que ver con algo tan importante como la línea que separa la vida de la muerte.
En estos días he visto que cinco millones de personas mueren al año en la UE, lo que equivale a una media del 1%, y en España algo menos, el 0,9%, unas cuatrocientas mil. Es decir, muere una de cada cien personas vivas. Este es el dato desnudo, los números que son manejados entre otros por las funerarias como perspectiva de negocio.
Al ver esta información, me sorprendí, porque mi impresión es que muere mucha más gente, y cuando hablé de esto con varias personas a todas les pareció una cifra muy baja. Vemos cada día esquelas, asistimos a tanatorios, entierros y funerales casi siempre como acto social, y como todos los días la muerte está presente nos parece que los muertos son más.
Pero como a todos la muerte nos toca de cerca alguna vez (un día nos dará de lleno) su amenazadora presencia nos la hace más grande, más numerosa, más visible. Y esa persona de cada cien dejará de existir, lo cual es una lección para que cuando veamos este tipo de informaciones pensemos que detrás de esos números hay seres humanos: nosotros.
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