Hace apenas dos días nos conmovía la noticia del asesinato de una mujer. Ahora seguimos perplejos por la muerte de un joven en una reyerta. Da igual las causas, pero es terrible que la vida valga tan poco. Hubo un tiempo en que así era, incluso estaban permitidos los duelos de honor, y hombres tan cultos como Valle-Inclán llegaron a batirse (dicen que perdió su brazo en uno de estos lances), y el poeta ruso Alexander Pushkin murió en un desafío, y de manera menos glamurosa se mataban a tiros en el oeste americano durante los años de la fiebre del oro.
Con la llegada del siglo XX y la generalización de la democracia en occidente la vida empezó a estar más considerada, a tener un valor real, pues se trata de un bien único, y cuando ocurría un crimen era noticia durante años, y casi siempre se trataba de un asesinato, no de una pelea. El enfrentamiento a muerte dio para mucha literatura en el Martín Fierro y en la novela Don Segundo Sombra, ambas de ambiente gaucho argentino, pero estamos en el siglo XXI y hoy la vida no se pone en juego y menos por orgullo.
Por eso me preocupa cómo está evolucionando esta sociedad, en la que la gente va armada con cuchillos y navajas, y cualquier diferencia puede acabar dirimiéndose a puñaladas. No es este el mundo que hemos querido construir, con respeto a valores tan evidente como la vida y la libertad de los otros. El honor calderoniano es una antigualla, la vida vale más, pero no parece que esta sociedad esté en ese camino. Nos queda mucho por hacer a todos.
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