Por desgracia, la muerte es casi siempre la noticia, porque hay quien dice que son las malas nuevas las verdaderas noticias. Lo bueno casi siempre está previsto, o es previsible, pero la muerte siempre es sorpresiva, aunque parezca que la barca de Caronte siempre está lista.
Esta semana hemos tenido demasiadas noticias de muerte, y termina con tres igualmente tristes. El fallecimiento de Vicente Ferrer y el de la viuda de Salvador Allende nos entristecen, porque él era un hombre necesario y ejemplar para este mundo insolidario y egoísta, y ella fue la campañera leal de otro gran hombre y ella una mujer firme y con una entereza que ha servido de espejo a los demás.
La tercera muerte, la del inspector Eduardo Puelles, además de entristecernos, nos indigna, porque es consecuencia del terrorismo de ETA, un cáncer social que se alarga en el tiempo. Aparte de la condena más enérgica, ya nada nuevo puedo decir, pero sí apuntar que ETA no debe dictar la agenda de la democracia, y por ello no estoy de acuerdo en que Zapatero y Patxi López hayan suspendido su normalidad por una bomba. No podemos hacerle el juego ni en eso.
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