Publicado el

Historias de Tokio: Nezumi I (Ratoncitos)

Había sido un duro día de trabajo. Llegaba cansadísima y serían casi las once de la noche cuando volví a casa. Era martes. Lo sé a ciencia cierta porque era el único día que trabajaba hasta tan tarde. Me quité los zapatos y entré en el tatami, fui hasta el teléfono y casi me desmayo cuando vi una bolsa de millos (kikos, traídos de mi último viaje a España) abierta en la mesita y todos desparramados por el suelo. Cogí el teléfono y, con la bolsa en la mano, llamé a Jin, que estaba en la universidad en medio de una entrega: ¡¿cómo has dejado todos los millos tirados por el suelo?! ¡nos van a comer las cucarachas! ¡que yo no fui! ¿no? ¿y entonces quién fue?…Y de repente toda la escena pasó como una película delante de mis ojos: bolsa cerrada con una pinza hermética, millos derramándose por un pequeño agujero de la parte posterior con huellas de dientes finitos….ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh ¡ratones! Ahhhhhhhhhhhhh….
-¡Han sido los ratones! ¡Ven! ¡por favor!
– Lo siento Guada, estoy en plena entrega no puedo irme…
– Buaaaaaaaaaaa, buaaaaaa, ¡que vengas!¡por favor!, que pueden estar en cualquier sitio, me voy a la calle, yo no voy a dormir aquí…
Continuar leyendo «Historias de Tokio: Nezumi I (Ratoncitos)»

Publicado el

Karasu. Los cuervos tokiotas.

Entre los millones de japoneses que pueblan la ciudad de Tokio se encuentran otros habitantes más pequeños, pero no por ello menos numerosos. Unos han tomado el cielo y otros el suelo y subsuelo de la ciudad: cuervos, ratones y cucarachas. A estas alturas alguno ya habrá puesto cara de susto. Y no es para menos. Al principio, como estás tan sorprendido con todo lo que ves a tu alrededor, casi no te das cuenta de esos pájaros gigantes, negros azabache, que te miran desafiantes apoyados en una barandilla, a tu lado en el suelo o desde una farola dispuestos a caer en picado no sobre todo lo que brille, como suele decirse, sino sobre todo lo que sea susceptible de llevarse a la boca.
Y un día, mientras caminas maravillado ante todo lo desconocido y bombardeado por los flashes de las luces de Neón (ahora Leds), caes en la cuenta de que estás siendo observado y de que, como abras mucho más los ojos, quizás pierdas alguno de un picotazo. Y los ves. Suelen aparecer temprano, cuando las basuras esperan a ser recogidas. En Tokio no hay contenedores. Las basuras se depositan en puntos fijos en unas bolsas blancas que colocas debajo de unas redes azules, en un intento de que no puedan ser picoteadas. Pero nada les detiene. Continuar leyendo «Karasu. Los cuervos tokiotas.»

Publicado el

Historias de Tokio: El comienzo II

Sí recuerdo la entrada a mi primer hogar. Nunca antes había salido de la casa de mis padres. Por eso, aquellos quince metros cuadrados, aquel baño oriental, aquel tatami, aquel frío infernal, aquella…falta de casi todo a lo que estaba acostumbrada, me pareció maravillosa.
Lo que más sorprende al extranjero en Tokio, por lo menos fue lo que me ocurrió a mí, es que te imaginas viviendo entre rascacielos y casi con coches volando y circulando por autopistas celestiales. Y sí, existen esos rascacielos y falta poco para esos coches voladores, pero a no ser que seas un alto ejecutivo americano enviado a Tokio con todos los gastos pagados o un directivo de Sony, los rascacielos los ves desde abajo, o si te permites un día el lujo de ir a comer a uno de esos restaurantes de la planta 55, en Shinjuku, en un ascensor que tarda tres segundos, y desde donde ves toda la ciudad si dejas volar tu mente e imaginación más allá de las luces que se van difuminando en el horizonte. En un restaurante como ese fue decidido el nombre de Yui.
Continuar leyendo «Historias de Tokio: El comienzo II»