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Desde mi libertad

Estos días, ha habido un señor que en  redes sociales, me ha tomado como objetivo de su ira incontrolable por mis opiniones. Opiniones emitidas en mi muro, mi espacio, desde la libertad, esté errada en ellas o no. Ayer, sobrepasaba los límites, utilizando mi imagen sin mi autorización, (acto penado por ley) compartiendo (mediante captura de pantalla) mi publicación con mi imagen en su muro. Pensaba que no me enteraría, pero facebook, con su reconocimiento de imagen, me avisó. Le pedí que no utilizase mi imagen sin mi consentimiento, que respetase la libertad de los demás para opinar, sin insultar. Además, le aconsejé que no era saludable visitar muros de personas que no eran de su agrado, que ahora esas energías que perdía, eran muy necesarias. Así como que mejorase su comprensión lectora: mi post iba más en la dirección de su línea de pensamiento que otra cosa. Me dijo que le estaba amenazando (de nuevo, problemas de comprensión lectora), que yo era una fascista y que solo merecía desprecio, además de que “no me tenía miedo porque era muy poca cosa”.
Es la primera vez, en los años que llevo en esta red social, que me ocurre algo así. Pero, curiosamente, lejos de enfadarme, me ha hecho ser más tolerante. Comprender, que esto es a lo que te expones cuando estás en la red porque, por desgracia, no podemos pedirle a todo el mundo un uso correcto de las mismas, basadas en la educación y el respeto. Tampoco podemos pedirlo, cuando no todos contamos con las mismas herramientas: educación, respeto, inteligencia, tolerancia…
Voy a seguir dando mi opinión, compartiendo lo que quiera compartir, artículos de periódico, fotografías, relatos, canciones, etc. Lo que mi libertad me permita, asumiendo que, a veces, la libertad es un concepto que no es respetado, precisamente , por aquellos que se proclaman como estandartes de la misma.

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Grandes mentirosos

Muchos habrán acudido llamados por el título y deseando averiguar a quién llamo mentiroso. Siento decepcionarles, pero el calificativo, que no insulto, empieza por mí y de ahí puede derivarse hasta donde alcance la humanidad.
Yo miento, tú mientes, él miente…todos mentimos. Y lo que es peor, nos pasamos el día haciéndolo. No es necesario mentirle a alguien. No. Nos mentimos. Cuando lo hacemos, quizá lo hagamos buscando esa “mentira noble” a la que nos acercaba Platón, siendo nosotros mismos a la vez, gobernantes y gobernados. Los primeros, autorizados a mentir “por nuestro bien”; los segundos, castigados por hacerlo.
Con esa mentira noble, queremos eludir las frustraciones que nos causa nuestra realidad. Nos preguntamos y entre las posibles respuestas, elegimos aquella que nos evite enfrentarnos a la verdad que nos contraría. Como gobernantes de nuestra propia vida, nos mentimos constantemente en ese intento de que nuestro “mundo” sea como esa “ciudad buena” de Platón. Podemos jugar a ser tramoyistas y por un instante, que a veces hacemos eterno, bajar las tramoyas que más nos convienen para decorar nuestra mentira, y como decía Ibsen, no quitarnos la ilusión que nos privaría de la felicidad.
Quizá no seamos tan mentirosos y solo seamos astutos, como la zorra de Fredo, que al intentar coger un racimo de uvas saltando con todas sus fuerzas y no lograr alcanzarlo, decidió marcharse porque, en realidad, las uvas estaban demasiado verdes.

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Sapere aude, atrévete a pensar

Creo que todos tenemos un recuerdo positivo de nuestros estudios de Historia y Filosofía en cuanto a la Ilustración se refiere. Recordamos frases que, a una edad adolescente, impactaban de tal forma que quedaban grabadas para siempre, al menos a mí me ocurría así. “El hombre es bueno por naturaleza”, “Todo conocimiento parte de un principio básico: la razón”, “Aquel conocimiento que no sea racional debe ser rechazado”. Y yo, tan inocente todavía, me lo creía todo. Lo empollaba y lo soltaba en los exámenes de una forma tan bien redactada, con los apuntes que yo misma elaboraba y con tal pasión, porque me gustaban mucho las dos asignaturas, que mis sobresalientes en ambas materias eran lo común, así como salir “ al encerado” como se decía en Asturias, a leer mis exámenes que los profesores ponían como ejemplo de excelencia.
Con el tiempo, he pensado mucho en esas clases, en lo que me hubiese gustado volver a ellas habiendo desarrollado mi pensamiento crítico. Habiendo leído más. Haber podido, no solo empollar. Haber podido dar mi opinión. Haber sido una ilustrada de verdad. Pero tan jóvenes, es casi imposible ser ilustrado. Y más, siendo una niña ‘educada y responsable’ no me hubiese sido fácil liberarme de “mi culpable incapacidad” para servirme de mi propia inteligencia sin la tutela de otro. Padres, profesores, autoridad. Y por más alto que la Ilustración, Kant y antes que él, Horacio en el s. I a. C., me gritasen ¡Sapere aude! ¡Ten el valor de servirte de tu propia razón!, era demasiado joven y puede que también perezosa y cobarde para emancipar mi libertad.

Y en estos días de elecciones, de críticas al CIS por su presunta manipulación de los resultados de las encuestas y que tanto enfadan a los ciudadanos porque les ha llevado a engaño, ¿a qué engaño? ¿Necesitan saber de verdad qué dicen los otros para tomar sus propias decisiones? Porque esto es lo que parece. Esto que tanto se aleja de lo que sí deberíamos conservar de ese pensamiento generado en el siglo XVIII, me hace gritar en silencio ¡Sapere aude! Silencio y grito que quedan en mi intimidad porque si otro precepto primordial estamos perdiendo de la Ilustración es, precisamente, la Libertad, por la que tanto lucharon los ilustrados.
“Si puedo pagar no me hace falta pensar: ya habrá otros que tomen a su cargo, en mi nombre, tan fastidiosa tarea” (Kant)

Aunque fueron muchos los legados que nos hizo la Ilustración, como la idea de diferencia y particularidad, la idea de una ciencia humana, la realidad es que casi trescientos años después, podemos comprobar que las mejores conquistas del pensamiento no son estables y permanentes. Al contrario, cíclicamente vuelven a ser amenazadas.

Rousseau, afirmaba que “el hombre es bueno por naturaleza”. Un siglo antes, Hobbes, habiendo tomado la frase de Plauto, nos dice que “Homo homini lupus”, “el hombre es un lobo para el hombre”. Y precisamente de hombres es de lo que quiero hablar. De un hombre en concreto. Un hombre cuya razón podía pasar por ilustrada, si adaptamos los principios de la misma a su propia interpretación. A la de Pedro Sánchez. Lo racional: mantenerse como sea en el poder. Espíritu crítico: mantiene una postura crítica ante ‘su irrealidad’. Búsqueda de la felicidad: prosperidad privada. Creencia en la bondad del hombre: tan bondadoso que puede incumplir todas sus promesas y siempre va a ser perdonado, a costa de solo unos escaños.

Nunca he hablado de un político. Tampoco de mi ideología. Ni de a qué partido voto. Y hoy tampoco voy a hacerlo. Como decía, solo voy a hablar de hombres.
Me pregunto qué pensarán sus votantes. Yo le preguntaría muchas cosas. ¿Por qué parece que lo único que hace es romper una y otra vez sus promesas, que su palabra carece de valor y que redirige su discurso hacia lo que sea que le permita mantenerse en el poder? Poder que se quiere asegurar definitivamente buscando ya su investidura sin prestar la menor atención a que esta dependa, (y luego se lo deba, porque hasta los menos preparados en el tema sabemos que en política nada es gratuito), de las abstenciones de ERC y Bildu. De Junqueras. De Otegi.

Le preguntaría si de verdad piensa que somos tan buenos por naturaleza o más bien, tan tontos por naturaleza, que nos creeremos sus falsas justificaciones para entender la negociación relámpago que le permite firmar un acuerdo en menos de cuarenta y ocho horas, cuando no pudo hacerlo en seis meses.
Ciento cuarenta millones de euros después y lo que se ha dado a llamar un próximo gobierno frankensteiniano, Sánchez podrá dormir bien. Su mejor somnífero, hacerlo en Moncloa.

“Tú, mi creador, quisieras destruirme, y lo llamarías triunfar. Recuérdalo, y dime, pues, ¿Por qué debo tener yo para con el hombre más piedad de la que él tiene para conmigo?” (Frankenstein o el moderno Prometeo, Mary Shelley, 1818)