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El triunfo de Galdós

Los días transcurren en Los Llanos de Aridane, casi, casi, a la misma velocidad con la que nos explicaban, en el Observatorio Astrofísico, que nos llega la luz que recibimos del Cosmos.  Estrellas, planetas y galaxias que situados a miles de millones de años luz, emiten una radiación que puede durar menos de un minuto y que los telescopios Cherenkov intentan captar desde lo alto del Roque de los Muchachos mientras, a sus pies, un grupo de escritores escuchaba atentamente, o eso creo, porque ante la imagen imponente de esos espejos apuntando al universo, de aquellas cabezas alzadas al cielo parecían estar bullendo las siguientes páginas a escribir. Porque muchos de nosotros descubrimos allí, que no hay nada más cerca de las palabras  que la búsqueda de respuestas y  que en este caso llegaban en forma de luz.

Compartir días con escritores es tener una libreta siempre a mano. Repaso mis notas y me encuentro con las palabras de Alberto Ruy, cuando antes de bajarse de la guagua nos dijo con una amplia sonrisa que “haber olvidado el móvil le había dado más seguridad para seguir viviendo.” O la respuesta de Alonso Cueto cuando me preguntó si leía poesía: “La poesía te vacuna contra el lugar común”. Y mientras, una joven ingeniera nos explicaba que aquella masa metálica de más de 400 toneladas tenía como misión proteger a  un pequeño espejo de 300 gramos. Al igual que la atmósfera nos protegía a nosotros, pensé.

Y tras ese encuentro con el universo y  miles de curvas encaradas con gran maestría por nuestra conductora, llegamos a Los Llanos a encontrarnos con otro universo, valga la redundancia, un universo llamado Galdós. Los ponentes nos acercaron a Galdós, desde su propia experiencia personal, todas diferentes pero definitivas para convertirlos, primero en grandes lectores y después, en escritores.

Fue una mesa llena de emoción porque nunca serán suficientes las veces que se hable de él. Pero que se hable de verdad, con cocimiento de causa y no como se hace estos días en los que se acerca su centenario y por arte de magia, sin una sola lectura de sus libros, todos se dicen  Galdosianos.  Así lo hizo Yolanda Arencibia que sacará dentro de muy poco una biografía del escritor. “Galdós miraba, y sobre todo lo que pasaba hacía una novela”. Y Santiago Gil, que siempre  dice que si no han empezado están a tiempo y que lo hagan por “La desheredada”.  También Fátima Martín, premio Torrente Ballester con su primera novela “El ángulo de la bruma” y que nos contaba que su primer encuentro con Galdós fue el de una niña de catorce años que leía Trafalgar, y cómo aquel libro y muchos otros más de la biblioteca de su abuelo, le abrieron la puerta a un mundo alternativo.

Manolo Gutiérrez Aragón, director de cine y también escritor, habló de Galdós y Buñuel, de los listo que era este al escoger para llevar al cine las novelas menos conocidas del escritor. Habló de la ‘animadversión’ de la Generación del 27 y que para explicarlo él tenía el secreto: había una cosa insoportable para los otros escritores, él era un escritor de éxito.

Y llegó José Esteban o Pepe Esteban, hoy le preguntaré cómo prefiere que le llamen, y nos contó que había empezado siendo barojiano para pasar a ser, poco después, galdosiano. Cómo Buñuel una vez que se encontraron en México, no le hizo ‘ni puto caso’ (tiempo después la cosa cambió) y nos terminó diciendo con una amplia sonrisa, alzando los brazos “Hoy celebro el triunfo de Galdós. Y no sé qué más decir ¡Estoy tan contento de estar aquí!

Y así estamos todos estos días en Los Llanos de Aridane. Contentos de estar aquí. Los que escriben. Los que leen. Los que escuchan. Los que aprendemos. O, simplemente, los que pasaban por allí.

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