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El fútbol y la vida

Lo que rodea al fútbol es tan volátil, que un milímetro en la dirección de un remate a puerta puede cambiar la percepción de todo. El Real Madrid estuvo toda la semana dando la sensación de ser una apisonadora, después de haberle remontado dos goles al Sevilla y haber tomado la cabeza de la liga. En la mente de los aficionados, el Barcelona aparecía cansado, herido y condenado a perder la preponderancia ganada el año anterior.
luna3.JPGLlega el Olympique de Lyon y deja al Real Madrid fuera de Europa, y dicho así parece tremendo, que es la losa que están sufriendo ahora los seguidores del equipo blanco. Ahora parece que ya ni siquiera hay fuerza para seguir delante del Barça. Pero fíjense qué caprichoso es el fútbol: cuando el Madrid ganaba 1-0, Higuaín tiró a puerta vacía, y el balón, encaprichado por el aire, por ese milímetro de giro angular de la bota del argentino o por el destino, se fue al poste. Habiendo hecho lo mismo, el gol pudo haber entrado, y ya nada sería lo mismo. Pero no entró, y de nada valen los 96 millones de Cristiano Ronaldo, porque cuando se plantean así las cosas, no ser campeones es un fracaso.
Esa es la gran tragedia del Madrid y del Barça, y el fútbol es así de caprichoso. De manera que tomemos nota con el Mundial, porque si bien España juega de lujo y es hoy la mejor del mundo, la pelotita tendrá que entrar, y ojalá entre para que al menos tengamos una alegría, porque, no lo olvidemos, antes que nada el fútbol es un juego, sólo un juego. Como la vida, y lo que le ha pasado al Madrid es una metáfora de nuestra existencia, cuando hacemos castillos en el aire y se desmoronan en segundos, porque la vida está llena de postes, de ráfagas de aire y de errores milimétricos, como el de Higuaín.

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¿La vida es sueño?

alugosi.JPGSus biógrafos afirman que Johnny Weissmüller acabó creyendo que era Tarzán de los Monos y que Bela Lugosi murió convencido de que era el mismísimo Conde Drácula. Pero eso no sólo pasa con los actores pues cada persona es a la vez personaje, y a menudo interpreta a más de uno, sobre todo si tiene presencia pública. De otra manera, ya lo dijo Calderón en el monólogo de Segismundo, de La vida es sueño: «…Y en el mundo en conclusión / todos sueñan lo que son…»
Y tal vez haya que creerse el personaje, porque no un corredor de Fórmula 1, una estrella de rock o una ilustre neurocirujana tiene que creer que lo son, porque si no fuera así no serían capaces de conducir a esa velocidad, salir a cantar ante miles de personas o abrirle el cerebro a un paciente. Creerse lo que uno es -o debe ser- da confianza.
Lo que pasa es que a veces el asunto se excede, y yo entiendo que un ministro tenga que creérselo para poder asumir esa responsabilidad, pero cuando ya no lo es no se cree ministro. Por eso me pregunto los ex-presidentes de Gobierno se creen en la obligación de intervenir públicamente cuando ya no ocupan el cargo, porque siguen creyéndose presidentes, o incluso más. O lo sueñan, como en la obra de Calderón.

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Leyes, normas, prohibiciones

Cuando hablamos de Estado de Derecho supongo que pensamos en un estado regido por leyes que son iguales para todos. Y es verdad que las leyes son iguales según la letra, pero luego vienen las interpretaciones, los prejuicios y los abogados de minutas carísimas. Pero es que, además, la mayor parte de las leyes aplicables a las personas son para prohibir algo, so pena de recibir una sanción.
apantal.JPGMenos mal que, desde la Revolución Francesa, todo el mundo es inocente de entrada, y es el ministerio público el que tiene que demostrar con pruebas que es culpable. Antes era al revés, eras culpable y tú tenías que demostrar tu inocencia, asunto muy complicado, porque a menudo sólo tienen coartada aquellos que la necesitan, porque, por ejemplo, no recuerdo dónde estaba yo y qué hacia la tarde del 17 de enero entre las 6 y las 7.
Pero este Estado se empeña en normativizarlo todo: lo que bebes, lo que fumas y un día de estos hasta lo que comes. Acabaremos vistiendo como mande un decreto, según las profesiones, como ocurría con los gremios en la Edad Media, que si eras panadero, aunque hicieras fortuna y fueses rico, no podías vestir seda, porque eso era un tejdo de hidalgos para arriba. Bien está que haya castigo para los criminales, pero es que estamos llegando a un punto en el que legislarán las recetas de cocina. Y tanta norma para nada, porque en el bar de enfrente montan una ruidosa juerga que no deja dormir al vecindario, y no pasa nada. Castigan lo más inverosímil y no actúan cuando va en beneficio de la mayoría.