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La inercia milenaria de la violencia machista

 

La violencia se ha enseñoreado del mundo. Lo más terrible de todo es que un ser humano no pueda sentirse seguro ni entre las personas que supuestamente conforman su familia. Y ahí está la violencia contra los niños o contra los ancianos, y sobre todo la violencia contra las mujeres, que es ejercida por hombres que se las tienen de muy hombres, cuando la hombría es inversamente proporcional al uso de la violencia. La expresión «crimen pasional» es un eufemismo y es mentira: quien siente pasión por algo no lo destruye. El viejo tango, machista y simiesco, dice «la maté porque era mía». Nadie es de nadie, y ese orgullo estúpido que se ubica en otra persona en el colmo del absurdo. En Turquía o en La India los propios familiares asesinan a mujeres que han sido violadas, porque esa violación es una vergüenza para el clan familiar y lavan su honor matando a la víctima.

 

 

Trasladado a Occidente es el estúpido honor calderoniano, el que hasta no hace mucho hacía que dos hombres se batieran en duelo porque habían sido ofendidos en otra persona (su esposa, su hermana, su novia). Estos tics ancestrales hacen que el hombre se comporte como los animales que pelean por su territorio o por la hembra en época de celo. Y ahora que conmemoramos el Día Internacional contra la violencia hacia las mujeres, los hombres deberíamos hacer piña, porque si nosotros no damos un paso al frente contra esta barbarie estaremos siendo cómplices con máscaras de buenas personas.

 

Inmediatamente surge un mantra que se repite hasta el cansancio: “es un problema de educación”, y se mira hacia la enseñanza. Es cierto que en las aulas la educación para la igualdad es muy necesaria, pero la vida también está fuera de las puertas de los colegios. Dice un adagio africano que para educar a un niño hace falta toda la tribu, y esa tribu empieza por la propia familia, pero luego están los estímulos externos que llegan a través de los medios de comunicación, y es ahí donde también hay que hacer una labor fundamental. Los medios audiovisuales tienen una penetración social tremenda, imposible de conjurar por una escuela, y los deslices machistas son continuos, cuando no conforman la columna vertebral de programas de televisión, en los que las mujeres son tratadas como objetos. El mundo de Internet merece espacio aparte, porque hoy la red preside la vida social, para lo bueno y para lo malo.

 

Y aunque esta educación fuera suficiente, la mayor parte de la sociedad ya no acude a la escuela.  Pero la educación dura toda la vida, y los adultos también reciben estímulos de todo tipo que inciden en sus comportamientos. Y en eso hay que ser muy cuidadosos, porque más de una vez ocurre que, tratando de concienciar en este asunto y obrando de buena fe, se mete la pata, como ocurrió hace unos años, cuando el ayuntamiento de Zamora, tratando de acabar con los chistes que degradan a la mujer, llenó la ciudad de chistes machistas.  No sé si esos vídeos institucionales con escenas muy realistas de violencia, que tratan de alertar sobre el problema, pueden generar en muchas personas los mismos efectos que se presume a los chistes machistas de Zamora.

 

Lo más terrible es que, en los últimos tiempos, está habiendo un repunte, y lo que preocupa es que esa violencia aumenta más en jóvenes e incluso adolescentes; aparecen con demasiada frecuencia distintas manifestaciones públicas, incluso algunas que se supone de resabido corte intelectual, en las que figurones que se sienten por encima del bien y del mal hablan sin freno y dicen tales barbaridades que hacen que uno viaje hacia atrás en el tiempo, como si estuviera leyendo las consignas de la Sección Femenina del franquismo. Y hemos de ser conscientes de que todos hemos sido educados en el machismo secular, y que hemos de estar muy alerta porque, desde que perdamos la centinela de la racionalidad, salen a pasear cinco mil años de inercia. También las mujeres. Ojalá muy pronto, por innecesario, podamos tachar de los días reivindicativos el que nos recuerda el horror machista. Mientras tanto, apliquemos la doctrina de que cada día es 25 de noviembre.

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De las castañas al macrobotellón

 

El olor a castañas tostadas hace que regresemos a tiempos pasados, cuando, en los últimos meses del año, la calle de Triana de Las Palmas de Gran Canaria y sus transversales eran un hervidero, casi no se podía caminar, porque todavía no era peatonal y los coches y las personas convivían entre el ruido,  las proclamas de los vendedores de lotería de Navidad y el ajetreo de idas y venidas de adolescentes que vendían números de rifa para recaudar fondos para los primeros viajes final de curso, que eran entonces la novedad.

 

 

Desembocabas en el parque de San Telmo y había puesteros de artesanía (casi siempre con un aire hippie que olía a pachuli). Cerca de la ermita solía ponerse el chiringuito de las muñecas Chochona, con su pregonero al micrófono, y al lado del quiosco (entonces se escribía con K) se ponía la vendedora de turrones La Moyera.  En cada esquina del parque se agolpaba la chiquillería en busca de los puestos de roscas o nubes  de algodón de azúcar, que funcionaban con un generador de gasolina que tenía un traqueteo característico. En medio, un poco más allá del gran árbol que preside y que es el eje de Belén municipal, había atracciones de feria para los más pequeños, que simulaban trenes, aviones o barcos, y por el otro lado el tiovivo con su música particular. Al fondo del parque, los cochitos de choque hacían las delicias de  jóvenes y no tan jóvenes, con música de actualidad como fondo y los pitidos habituales al empezar y acabar el tiempo de la atracción. Y en todas partes, calle o parque, puestos de castañas tostadas  servidas en un cucurucho de papel de periódico.

 

Queda en la memoria de generaciones pasadas, porque ahora no se vive ese ambiente, y no podemos echarle la culpa a la pandemia, porque hace años que ha ido desapareciendo, tal vez porque ya no están las tiendas propias de la zona y se multiplican las franquicias, o porque la burocracia lo hipercontrola todo. Lo que era habitual en los meses fríos se concentra en unos días estrictos en los que se montan carpas y casetas para vender artesanía, un esporádico puesto de algodón de azúcar en el parque y un tostador de castañas en una esquina de Triana, que es el que me ha hecho recordar y el único vínculo con aquella improvisada verbena popular que, ahora, en la Noche de Reyes, se ha convertido en un enloquecido macrobotellón.

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¡Ah! ¿Pero hay pandemia?

 

De repente, me he percatado de que sigue habiendo pandemia, que el dichoso virus no solo no se ha ido, sino que encima se ha inventado otra mutación, cosa que tampoco es tan rara porque siempre nos han dicho que los virus mutan. Cuando el suelo se abrió en La Palma, hace dos meses, casi coincidió con la relajación de las medidas covid. Las islas fueron bajando sus calificaciones y llegó el momento en que todas estaban en nivel 1. Ahora empiezan a subir los índices, aunque hay tercera vacunación para el sector más vulnerable de la población, y como el volcán empieza a ser cansino, los medios vuelven a meter informaciones, debates y titulares sobre la pandemia en sus espacios. Es decir, o esto ha sido muy mal explicado o la población entiende lo que le da la gana.

 

 

Cuando dijeron que ya no era obligatorio usar la mascarilla en espacios exteriores, eso llevaba coletilla, lo que en román paladino llamamos letra pequeña. Pero por lo visto, o la letra es diminuta, o no nos apetece seguir leyendo más allá de entender que podemos librarnos de la mascarilla. Se dijo que se podía dejar de usar en espacios abiertos, y siempre que no hubiera riesgo de romper la distancia de seguridad. Pero eso da igual, vas por las calles transitadas donde la gente se cruza y se apelotona y las mascarillas han ido desapareciendo; es más, si llevas una FFP2, la más protectora, algunos te miran con displicencia, con cara de perdonarte la vida porque supongo que piensan que el portador de la misma no se ha enterado.

 

Hasta hace un par de meses, en general se guardaban las distancias, se saludaba con el codo o con la mano en el pecho, como reverencian los civiles a las banderas, especialmente en las series norteamericanas. Ahora ya hay apretones de manos, abrazos y otras muestras de afecto social o personal, y no siempre con mascarilla. El gel hidroalcohólico es una leyenda del pasado que solo está en los establecimientos públicos (no en todos), y quiero suponer que las manos se sigan lavando con frecuencia.

 

Tomar conciencia de tener las pautas completas de la vacuna ha abierto una espita, y muchas personas se sienten invulnerables porque están vacunadas, y cuentan con el supuesto porcentaje de inmunidad que han adquirido. Pero queda un porcentaje, aunque sea pequeño, de contagiarse y de transmitir el virus, pue no se olviden que, si hay un hueco por el que entrar, el virus pasa. Es el principio de incertidumbre de Heisenberg, que viene a decir que finalmente las cosas suceden o no, y los grandes porcentajes pueden ser barridos a veces por ínfimas cifras. Si un poderoso equipo de fútbol, con presupuesto millonarios, juega contra un equipito modesto de tercera división, las posibilidades de ganar son altísimas, pero siempre hay un pequeño porcentaje a favor del débil, y de hecho rutilantes equipos han sido derrotados por otros que a veces no son ni profesionales. Ese es el espacio que ocupa la vacuna; grande, y por eso hay que vacunarse, pero no infinito.

 

No soy científico y por lo tanto no puedo decir por qué llaman vacunas a productos que tienen efectos distintos. Debido a sus características, las vacunas contra los virus han de repetirse con determinada periodicidad, porque van cambiando y nunca desaparecen. Por eso cada año hay que vacunarse contra la gripe. Cuando es contra otro tipo de patógenos, la inmunidad puede llegar a ser total y de por vida. Un ejemplo es la viruela, que no es producida por un virus, y es una enfermedad que la OMS ha dado por erradicada. Las vacunas contra el covid aumentan las defensas y hacen que la enfermedad sea menos grave en caso de contagio, porque su cobertura no es total ni en el grado de inmunidad ni en el tiempo. Por eso tendremos que convivir con el virus, no queda otra.

 

Por eso no entiendo la despreocupación que se palpa en el ambiente, acudiendo sin precauciones a actos masificados, y dejando que se relajen las medidas, ahora que vienen meses de aglomeraciones, festejos y compras. Si lo dejamos así, el virus nos aguará la fiesta, y al final volverá a atacar también a la economía, en nombre de la cual las autoridades miran para otro lado. Y ya que estamos, no veo que se refuerce el personal sanitario.