María Castro pinta la creatividad
María Castro ha ido labrándose un estilo exposición tras exposición, unas señas de identidad que hacen que cuando se ve uno de sus cuadros uno sepa inmediatamente quién es la autora. Su larga trayectoria la ha hecho recalar en muchos puertos, pero encontró su camino cuando los ángeles entraron en sus cuadros y trajeron con ellos esa neblinosa luz hacia lo diáfano que se ha quedado como sello de una artista inconfundible. Su discurso se resuelve en dos planos que funcionan simultáneamente aunque a veces provienen de tiempos y dimensiones distintas. Si la anterior exposición de María Castro tomaba como tema la batalla de Trafalgar, con sus brumas marinas, el humo de los cañones y la frontera entre la vida y la muerte, ahora se engancha al espíritu de Mozart, pintando la inspiración del compositor, y extrayendo lecturas que van más allá de la música y que las hace válidas sin la figura del genio. Las curvas del río Salzach en la montañosa Salzburgo, las estribaciones alpinas y el bosque cercano de Kapuzinerberg son señales hacia la inmortalidad, lo mismo que la Viena a espaldas del Danubio, la luminosa Karlsplatz, con el palacio de María Teresa de Habsburgo al fondo. Los cuadros de María Castro captan el hálito de la creación en un paisaje en el que el talento se llama Mozart, pero también podría llamarse Herbert von Karajan, Thomas Bernhard, Paracelso o Stefan Zweig, personajes que hollaron aquellas tierras. Lo que pinta María Castro es le motivación del arte, la impregnación del aire alpino con la coartada de Amadeus.
Aquí se ha llegado a decir (Rodríguez Ibarra lo hizo, parece mentira) que él tiene derecho a disfrutar gratuitamente de una canción tomada de internet o de donde sea. Los artistas e intelectuales que componen canciones o sinfonías, que crean poemas, novelas o teatro, que realizan labores de indagación o que reflexionan y publican sus conclusiones deben hacerlo por amor al arte. Horas, años de dedicación no tienen fruto, pues los internautas consideran que la cultura es gratis, y al mismo tiempo la SGAE y el Gobierno crean un canon digital que es un asalto a cualquiera que compre un soporte o un aparato (CD virgen, grabadora, ordenador, fotocopiadora, reproductor…) Luego viene el reparto de ese canon, que alguno sabrá a dónde va, pues conozco a muchos socios de la SGAE (yo mismo lo soy) y nadie ha visto un solo euro por ese concepto. Alguien cobrará, supongo. Y ya veo venir las manipulaciones dando a entender que todos (los artistas, los intelectuales, los socios obligados de la SGAE) son lo mismo que los que cometen irregularidades. Si finalmente hay delitos (ya lo dirán los tribunales) los autores no son los delincuentes, son la primeras víctimas, porque esos delitos se cometen contra un dinero que les pertenece; luego están las cuestiones fiscales y de otro tipo, pero eso ya no es cosa de los autores, que simplemente dedican su tiempo a crear cultura. Si los intelectuales siempre han sido un referente social y moral, parece que hay muchos empeñados en convertirlos en indeseables a los ojos de la comunidad. Y la cultura española sufrirá por esto. Sin cultura, el embrutecimiento es cuestión de tiempo. Será eso lo que quieren.