Rafael-José Díaz, tan raro que es poeta
La presencia de Rafael-José Díaz (RJD) en el espacio literario se ha ido imponiendo sin estridencias desde que en la arrancadilla del siglo XX comenzó a publicar. Poeta por definición, no ha vuelto la cara a otros géneros, siempre con el cuidado casi obsesivo de cada palabra. Está en lo que los clásicos llamaban la edad del esplendor, esa que no medían en años, sino por la evidencia de que alguien está en el momento en el que la fuerza vital y la experiencia se juntan para generar el gran momento de un artista, que puede prolongarse tanto como alcance la vida y el talento. En el caso de RJD el segundo ya está más que certificado, la primera como en todos, es un arcano.
Después de un camino de poemas, relatos, memorias, una novela y hasta una antología, nos entrega un nuevo libro de poemas, que intitula Un sudario, creo que con deliberada provocación, porque aunque la palabra remite a la mortaja, también es el lienzo con que se limpia el sudor. Cierto es que en el poema que da nombre al libro juega a hacernos creer que se da por muerto, o que lo finge o lo imagina, pero está «oyendo los lamentos de unos pájaros / en el alegre balanceo de estas ramas», y esa no parece una ocupación habitual de los difuntos.
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Pero por encima de todo Alberto Omar es un escritor, que ha sido englobado en la Generación del Boom que en los años setenta revitalizó la novela en Canarias, hornada a la que queda fijado cuando en 1972 publicó su primera novela, La canción del morrocoyo. Después han venido varias docenas de publicaciones en distintos géneros, puesto que cultiva la poesía, el relato, la literatura dramática y la novela sin solución de continuidad. Por decirlo en pocas palabras, es un clásico vivo de nuestras letras, que ha estado presente y activo durante más de cuarenta años en los que casi no ha habido silencios.