Coherencia y autoestima
Hay palabras que tienen muchos matices. Según el diccionario de la RAE, coherencia es «la actitud lógica y consecuente con una posición anterior». Se tiene por virtud mantenerse en sus ideas, pero sólo en los principios, porque las circunstancias pueden hacer cambiar la situación. Hay quien presume de coherente porque lleva 20, 40 año o toda la vida manteniendo la misma actitud ante algo, y eso puede ser muy admirable, pero a veces esa coherencia a marchamartillo está divorciada de la realidad y es como vivir en un mundo paralelo. Otra cosa es ser consecuente, que es obrar en consecuencia según lo que se piensa o se dice. Ser consecuente sí que es admirable, porque las acciones cuadran perfectamente con el discurso, y a veces consecuencia y coherencia se confunden, cuando son dos conceptos muy distintos. Se puede ser coherente con unos principios ajustados a la realidad, porque a menudo suele suceder que mantenerse en una posición, por muy coherente que sea, puede resultar negativo incluso para la idea que se defiende. Por eso hay que tener cuidado con algunos conceptos, como los mencionados, o con la autoestima, que es un concepto en principio positivo, pero si se lleva a extremos estamos en la antesala del egoísmo más disparatado. De manera que, autestima y coherencia han de ser tomadas con cuidado para ser consecuentes en la forma debida.
Este semana el Benedicto XVI ha dado dos campanzos. El primero es que acepta que se puede usar el preservativo en determinadas circunstancias especiales. Esto, en principio, es un cambio total a la política sexual de La Iglesia, pero al citar esas circunstancias aparece la prostituición, con lo que la confusión es evidente. Implícitamente entiende que la prostitución es una realidad y ello va contra la castidad, pero al aceptar el uso del preservativo en esta práctica esá legitimando el sexo fuera del matrimonio. Lo que no sé yo si esa protección profiláctica es para salvaguardar la salud de la prostituta o del cliente, con lo cual pudiera haber machismo y a la vez aceptación del sexo festivo de hombres casados. Como no se explica, todo queda al albur de las interpretaciones.
Es que parece que cuanto mayor sea el disparate más «lo que sea» es quien lo dice. Desde viejos verdes que afirman sin rubor que les encanta la carne joven de las adolescentes, a políticos que en campaña afirman sin medirse que «Madrid es una fiesta fiscal y en Andalucía no paga ni Dios», o que hacen videojuegos lanzando bombas a los inmigrantes (dicen que son bombillas), me recuerdan a los típicos rebeldes de pacotilla que tratan de ser más epatantes que nadie afirmando que Mozart era un mediocre, que Picasso no aporta nada al arte, que García Márquez es un escritor de medio pelo o que Einstein está sobrevalorado. El caso es llamar la atención. Entre la afirmación de que en España hay un laicismo agresivo similar al de los años 30 y la propuesta de dinamitar el Valle de los Caídos, no sé con qué quedarme, pues ambas dan idea de que el mercado del disparate apocalíptico está al alza. Por no ser menos, iba a decir la cancaburrada del siglo para remachar, pero desisto porque el nivel está demasiado alto, inalcanzable. Cualquier cosa que dijera se quedaría corta.