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El cansancio del poder

z2.jpgDicen que el poder cansa al que no lo tiene, pero también es verdad que va dejando marcas en quien lo ostenta. Lo vimos en Suárez, que envejeció rápidamente en sus cinco años de poder, y lo mismo le sucedió a Felipe González, que entró en La Moncloa como un mocetón pelioscuro y esbelto y salió 13 años después hecho un copito de nieve y con unos cuantos kilos de más. Precisamente vemos en González cómo no tener el poder le ha rejuvenecido, pues últimamente hasta se ha echado novia.
También es evidente este desgaste en Zapatero, y eso que no he encontrado fotos que lo delaten claramente, aunque se ve que en 2004 tenía menos frente, menos ojeras y ninguna cana. En 2009 sigue sonriendo forzadamente pero ya nadie se cree que duerma a pierna suelta cada noche.
Las excepciones son Calvo-Sotelo (tenía aspecto de mayor cuando llegó y no tuvo tiempo de envejecer en el poder) y Aznar, que parece que le ha vendido el alma a Bush (quiero decir al diablo), con su melenón, supongo que teñido, pero sin deterioro visible en su rostro. Debe ser que cuando se trata de una cara muy dura no hace mella el paso del tiempo. Como las esculturas de bronce.aZ.jpg

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El peligroso uso de la ironía

A la hora de escribir un artículo o un post para el blog, empleo distintos tonos. Generalmente hablo en tono medio, con granitos de esto y lo otro. A veces escribo desde la indignación y uso un tono muy duro, pero estas son las menos, porque creo que se pueden decir las cosas sin llegar a un lenguaje excesivamente agresivo.
cumbres].JPGY luego está la ironía, que desde el punto de vista literario es una atalaya que ayuda a guardar las distancias. En los artículos se refiere al lenguaje puro y duro, y es desde luego mi territorio preferido en estos espacios cortos, incluso llevada a extremos que rozan el sarcasmo. Y se me dirá que no la uso demasiado o que escasas veces piso a fondo el acelerador.
Es cierto, y esto sucede porque es un terreno muy peligroso. Si académicamente se entiende por ironía dar a entender lo contrario de lo que se dice, ocurre que a veces puede que se entienda literalmente. Puede ser porque el lector esté espeso ese día y no capte el matiz, o bien por un defecto en la construcción del discurso, porque al tener que funcionar como una máquina sincronizada, cualquier omisión, error o incorporación no deseada puede llevar al lector a confundirse.
Todo esto viene porque ayer leí en el Canarias7 que detuvieron a unos salteadores de caminos a los que se les incautaron dos armas de fuego falsas. Traté de ironizar sobre los asaltos a las diligencias del Oeste o el bandolerismo de Sierra Morena, diciendo que lo de estos bandoleros actuales era una chapuza, pues ya ni los salteadores de caminos son lo que eran. Al leerlo, me di cuenta de que alguien podría entenderlo como apología de la violencia, y opté por dejarlo y aplicarle la misma receta que suelo usar sin excepción: no usar ni una brizna de ironía cuando hay dolor, abusos, discriminación o sufrimiento de cualquier clase, y creo que las víctimas de estos asaltos deben haberlo pasado muy mal, e incluso pueden tener secuelas en el tiempo.
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La foto pertenece al archivo de la Fedac.

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Nadie la pifia como nosotros; somos los mejores

España nunca se ha distinguido por una brillante política exterior. Más bien por todo lo contrario. Desde que España es un solo estado, tratar con los de fuera no se nos ha dado bien. El asunto data del siglo XV, y aunque los Reyes Católicos, los supuestos unificadores, trataron de llevarse bien con media Europa a través de la política matrimonial con sus hijos e hijas, tampoco anduvieron muy finos, pues expulsaron a los moriscos y a los judíos, y no expulsaron a los jesuitas porque todavía no existían. Era el fanatismo religioso de aquella época ¿De aquella?
florencia.jpgLuego tampoco se hicieron mejor las cosas, y eso que casi siempre España era amiga del Papa, y ya sabemos que la diplomacia pontificia ha sido exquisita. Pero nunca aprendieron los dirigentes españoles y se especializaron en elegir mal a sus amigos y a sus enemigos, y si no recuerden la alianza con Napoleón que nos enfrentó a Inglaterra, y luego el Corso nos salió por peteneras.
En el siglo XIX, más de lo mismo, y en el XX otro tanto, pues pocos países de Occidente se han visto vejados, bloqueados, aislados e ignorados internacionalmente tantas veces por su propia torpeza. Somos especialistas en hacer el ridículo. De Primo de Rivera y Franco ni hablo, por obvio, y luego, en los gobiernos democráticos, cuando había un ministro como Fernando Morán, que sabía lo que había que hacer, le inventaban chistes.
Por eso no sorprende que el Gobierno de Zapatero meta la pata hasta donde casi es imposible hacerlo. Son las maneras. Es genético, y los del PP que no se vengan arriba porque después del pintoresco episodio de Perejil y sobre todo de los delirios de Aznar y su flequillo al viento en Las Azores, tienen para estarse calladitos un par de siglos.
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Ya sé que es llover sobre mojado, y por eso les remito al blog que publiqué el 3 de noviembre de 2008 con motivo de las negociaciones para poder estar presentes en las reuniones del G-20.
Política exterior.doc