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El mito de Kennedy

zzzzFoto014911111.JPGJohn Kennedy estuvo en la Presidencia norteamericana menos de tres años, casi nos mete en una guerra nuclear, abrió el frente de Vietnam y sin embargo se le recuerda como una especie de Mesías. He leído en alguna parte que el día que mataron a Kennedy -23 de noviembre de 1963- se perdió la última oportunidad para un mundo mejor. Yo creo que con él se cumple lo que decía James Dean y que fatalmente se cumplió en él mismo: «Vive a tope, muere joven y harás un bonito cadáver». Pero hoy aquellos años, que parecen toda una época y apenas fueron un suspiro, se recuerdan como la corte de un Camelot con Cadillacs y Ginebra vestida de Valentino. Y aunque se haya visto con los años -casi medio siglo- que todo era oropel, que llegó a la presidencia con apoyos de la mafia, que hay dudas sobre la implicación de su entorno en la muerte de Marilyn, que aquella apostura sonriente y bien peinada era la máscara de un hombre enfermo que sufría fuertes dolores, aunque su propio asesinato demostró que era mortal, la gente lo sigue viendo como un semidiós. En realidad, John Kennedy es el hombre que ansiaban las multitudes, y se empeñaron en inventarlo. Al morir de forma trágica, ser creó el síndrome de la usurpación, pero el verdadero Kennedy era un hombre como los demás, y no precisamente de los mejores.

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Elecciones en diferido y más de lo mismo

La noche electoral de estos comicios ha sido como el que ve en diferido un partido de fútbol en televisión conociendo el resultado. Ha sucedido casi exactamente los que se esperaba, aunque unos hablaban de una marea de votos del PP que rozaría los 200 escaños, y se las prometía muy felices todos lo demás, excepto el PSOE, porque el éxito nunca visto de los demás se basaba en un cataclismo socialista que algunos llevaban por debajo de los 100 diputados.
zzzzFoto0149.JPGPero para quien husmeara un poco en la trayectoria de las elecciones desde 1977 nada de eso iba a ocurrir, por muchos puntos de ventaja que dieran las encuestas a este o al otro. El PSOE tiene un tope electoral por debajo, que funciona como un dique, y si no hay catástrofe socialista lo demás queda muy desvaído. Lo demás era previsibre: que IU subiera exponencialmente porque recoge votos de la izquierda decepcionada del PSOE, que los nacionalistas subieran un poco, con la curiosidad de si sería Amaiur o el PNV el que se llevase el gato al agua en Euskadi, que la UPyD subiera moderadamente con Vargas Llosa de pregonero (Me refiero al partido de Rosa Díez, que es una fuerza nacida en torno a una sola persona, como en su día lo fue el CDS de Suárez o ahora la Nueva Canarias de Román Rodríguez).
Como norma general, la suma de los diputados conseguidos por el PSOE y las fuerzas de centro-derecha ha estado en 300 diputados (diez arriba o abajo), dejando alrededor de un 12% para el resto de las siglas que lograron escaño. Es decir, PP y PSOE tienen siete partes de ocho en la representación popular. Así sucedió en todas las elecciones desde 1977 hasta 2004, año en que los dos partidos mayoritarios sumaron 323 diputados, lo cual llevó el bipartidismo a su máxima expresión. Ahora, con los actuales resultados (suman 306 con las posibles leves fluctuaciones de última hora), lo cual indica que en estas elecciones se ha dado la paradoja de que, cuando más parecía que todo iba a decantarse abrumadoramente hacia un lado, se ha vuelto a la normalidad de siempre, aunque ese 12% restante se ha repartido de distinta forma y aparecen nuevos grupos parlamentarios y un varipinto grupo mixto. Pero lo importante es que, al final, gana el PP como estaba previsto, y, como predijo mi oráculo, la noche electoral Mariano Rajoy lanzó el discurso de Churchill envuelto en el celofán de la buena educación.

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El 20-N y la sombra de Churchill


Durante años, el 20 de noviembre fue una conmemoración del anterior régimen, que recordaba el fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera en la cárcel de Alicante. Luego fue el aniversario de la muerte de Franco, y ya es tiempo de que sea una fecha normal, que tiene asideros históricos, zz20nnn.JPGpero no más que el descubrimiento de América o la batalla de las Navas de Tolosa. Y los medios, para abreviar y fijar, han cogido la costumbre de convertir fechas casi en diseños, número, guion, letra. En España empezó con el 23-F, y desde entonces se fijan las fechas importantes de ese modo, sea por elecciones, sea por desastres. Y el 20-N ya no significa una sola cosa, por lo tanto ha perdido su valor como marca. Relacionamos el 6-J con el desembarco de Normandía, el 23-N con el asesinato de Kennedy, el 11-S con el ataque a las Torres Gemelas, el 11-M con el horror de los atentados de Madrid, el 15-M con Los Indignados, y así muchas otras muchas referencias, como si solo hubiera un 11 de marzo o un 6 de junio. Ahora, al ver 20-N ya no estamos seguros de a qué se refiere, y eso finalmente es bueno, porque parecía un día maldito, hasta el punto de que hace un par de años mucha gente se extrañó de que yo presentase uno de mis libros en esa fecha. Pues hoy es 20 de noviembre como el del año pasado y el del año que viene, y casualmente es día de elecciones generales. Nada más.
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Nota aparte: Me comentaba alguien muy cercano -no es idea mía- que se estaba preguntando si Mariano Rajoy, en caso de que gane estas elecciones, lanzará el discurso de Churchill («Solo puedo prometeros sangre, sudor y lágrimas») la misma noche electoral, en el discurso de investidura o cuando ya ocupe físicamente La Moncloa.