La radio en color
Anoche se entregaron los Premios Ondas, y eso siempre es una buena noticia. Tengo dos costumbres que practico a diario y simultáneamente la mayoría de las veces: caminar y escuchar la radio. Por las mañanas, me apabullan las tertulias apocalípticas y casi siempre acabo cambiando de emisora y me hago acompañar de música o de programas menos deprimentes. Con el dedito que se pulsa el cable de los auriculares, cambio de emisora y escucho tertulias en distintas cadenas, y es curioso ver cómo la tendencia de cada una de ella hace que uno sepa de antemano qué van a decir sobre determinado tema: el relevo en el PSOE, la reforma laboral, el Valle de los Caídos… Y en medio de tanta catástrofe aparecen los anuncios con campanitas que anuncian la Navidad: turrores, jamones, vinos, lotería, perfumes, relojes, viajes… Y resulta curioso el contrate, pues si unos minutos antes el país se iba hundir en el abismo, los anuncios festivos hacen que parezca que está uno en otro planeta. La radio es pura imaginación del oyente; decían que Matías Prats retransmitía los partidos en color, cuando en realidad el color lo ponía el oyente. Y también resulta curioso el ambiente de los programas deportivos, todo se enfatiza, porque gritan como si el gol fuese inminente, y si lo estás viendo por televisión ves que el jugador que lleva el balón está en la quinta puñeta y que no existe jugada que indique ese peligro que trasladan. Es ambiente, pero con tanta imaginación acaba uno sintonizando música, a ser posible sin letra.
Y, claro, el Banco Central Europeo colgado de un guindo, porque no se atreve a hacer lo que tiene que hacer (ya lo ha hecho el Tesoro norteamericano) porque eso no le conviene a Alemania, que parece jugar al «muera Sansón con todos los filisteos». Pero, tranquilos, Obama nos anima desde la otra orilla, y tal vez acuda al rescate de Europa como ocurrió en las dos guerras mundiales del siglo XX. Eso significa que su influencia será más y más agobiante. Lo malo es que esto no es provocar una tormenta en una bañera para filmar la batalla naval de Ben-Hur, y no estoy muy seguro de que tanta mediocridad gobernante sepa cómo detener la máquina que ellos mismos han puesto en marcha. Y ahora resulta que los especialistas dicen que ni Italia ni España son culpables de sus males, sino el tsunami financiero que Alemania ha provocado. Pero no se preocupen, sigamos haciendo cábalas sobre si el Barça es capaz o no de alcanzar al Madrid; es entretenido y lo otro ya no está en nuestras manos. Nunca lo ha estado.